Traslasierra: donde el aborto no alcanza

Traslasierra: donde el aborto no alcanza

Esta historia no incluye biografías meritocráticas ni tiene remates concluyentes o moralejas edificantes. Es una historia pequeña, de pueblo chico, con gente inmensa que trabaja en silencio hace más de una década, con resultados contradictorios y conquistas parciales y precarias. Como la vida misma.

Por Pate Palero

Yo no elegí trabajar en violencia

María Bohmer es médica psiquiatra egresada de la UBA. Se radicó junto a su familia en San Javier hace más de 15 años y actualmente coordina “Jakairá Traslasierra”, un proyecto financiado por las Fundaciones Kaleidos y Children Action para acompañar paternidades y maternidades adolescentes.

Mientras en el Congreso se debate la legalización del aborto, y se habla en nombre de las “mujeres pobres”, la experiencia desarrollada al pie del Champaquí nos advierte sobre mandatos, falacias y ausencias que siguen intactas obstruyendo derechos sexuales y reproductivos.

– ¿Qué buscabas cuando te radicaste en Córdoba?
– Nada en especial. No huimos de la ciudad, disfrutábamos mucho la vida urbana. Pero queríamos estar más cerca de la naturaleza. No queríamos llegar a viejos diciendo: ‘Uy, hubiera estado bueno…’.

No había un proyecto pre-definido. Pero en Buenos Aires, con Kaleidos, había trabajado con maternidades y paternidades adolescentes. Cuando llegué a Traslasierra, me reencontré con la vocación por la medicina rural que me llevó a estudiar en la UBA. Y una curiosidad permanente por lo que le pasa a la gente: qué piensa, qué hace, qué siente.

Aquí conocí a Adriana Potel, y juntas recorrimos escuelas y vimos que el embarazo no planificado era algo que preocupaba. No había -ni hay- políticas de salud para abordar el tema. No hay consultorios para adolescentes, porque no hay ninguna mirada a la adolescencia como tal. En algunos centros de salud hay experiencias aisladas de consejería, pero en la mayoría no.

Lo propusimos el proyecto a Kaleidos y empezamos a trabajar con un esquema similar al que conocíamos, donde las chicas iban con sus niños a una sala. Luego evolucionamos a algo más ambulatorio, entendiendo que éramos nosotras las que debíamos movernos a donde las chicas estuvieran. Entendimos que para estas jóvenes era difícil que se permitieran asistir a un lugar “a pasar un rato con sus hijos”, “a charlar de la crianza”.

Desde ahí empezamos a visualizar las casi permanentes situaciones de violencia que rodeaban esos embarazos. Yo no elegí trabajar en violencia de género. No era un tema que me llamara la atención. Pero la realidad me lo impuso.

– ¿Cómo empezaste a “ver” la violencia?
– Una va escuchando y mirando de otra manera. De pronto, cosas que no veías, irrumpen. Me acuerdo de una vez que le pregunté a una piba de 16 años por qué no se quedaba a un almuerzo. Y ella me contestó: “Porque vuelve mi marido de trabajar”. Y yo, como no entendía, le pregunté inocentemente, con curiosidad: “¿Y qué le pasa?, ¿tiene algún problema, está enfermo?”. Sorprendida, porque para ella era muy natural, me respondió que simplemente tenía que ir a hacer la comida, servirle, atenderlo.

Y después vas registrando las muchas historias más o menos explícitas de abusos, o algunas que simplemente desconocen la noción del consentimiento. Ahora se está hablando de esto, pero nosotras debimos empezar preguntándoles si sabían qué era consentir o no una relación.

Además, por supuesto, de la violencia institucional. Acá existe una situación de aislamiento geográfico, pero la mayor barrera es cultural. Si un/a joven va a pedir un anticonceptivo a un dispensario, no tiene garantías de que esa información se maneje con la privacidad y el cuidado que requiere. “Estuvo la hija de tal, que ahora anda con tal…” son comentarios frecuentes y naturalizados en estos lugares.

La ligadura tubaria es casi imposible de autorizar. Profesionales de la salud inventan respuestas como: “Sos muy chica”, “el cuerpo te va a cambiar, ya no te va a servir…”. Hemos escuchado cosas surrealistas.

De la anticoncepción de emergencia, ni se escucha, nadie la ofrece. Las realidades que escuchamos en medios de Buenos Aires o Córdoba son de otro mundo, otras pibas, otras realidades.

Y eso en el caso que se animen a concurrir al dispensario. Porque muchas acceden al sistema de salud por primera vez cuando llegan a parir.

– ¿Cómo viven sus embarazos las jóvenes que asisten a Jakairá?
– Las estadísticas nacionales hablan de que el 70% de los embarazos adolescentes no son intencionales. Yo me preguntaba ¿cómo se releva ese dato? ¿en qué condiciones? ¿se animarán las pibas a contestar que no tenían intención de embarazarse? Nuestra experiencia es que el 99% dice que no esperaba tener un bebé.

En general la preocupación máxima y primera es la reacción de la familia, el enojo que puede producir la noticia en sus padres o madres. Ese enojo muchas veces se hace presente, pero es más frecuente la indiferencia y naturalización: “la hermana ya tiene, yo tuve…”.

Está tan invisibilizada esa violencia que incluso las instituciones que debieran, no reparan en situaciones evidentes. Nos ha pasado muchas veces. Por ejemplo, durante la pandemia nos enteramos de una chica escolarizada de 18 años, que fue al Hospital por un dolor de panza y terminó pariendo. Ella asegura que no sabía, que no sintió, ni notó nada. Que como muchas veces sus ciclos menstruales eran irregulares, y todo este tiempo era tan raro, aislado… no reparó en los cambios de su cuerpo. La mamá tampoco se dio cuenta. Su explicación fue: “Yo pensé que era porque todos engordamos en la pandemia…”.

Si eso es muy loco, mucho más es que después de parir nadie en el Hospital se preguntara cómo sería el futuro de esa joven, de ese bebé, de ese vínculo… Una amiga de ella, que había pasado por Jakairá, nos llamó y nos dijo: “Yo estoy preocupada porque si para mí fue difícil y yo estuve muchos meses pensando, no me quiero imaginar cómo puede ser que te aparezca un bebé de un día para otro”.

Son situaciones muy frecuentes. Llegan chicas muy chicas a parir, y les dan el alta como si nada, sin preguntar, sin seguimiento, sin protocolos nada. Algunas veces, con suerte, algunos equipos tienen el reflejo de llamarnos, para avisarnos: “Vino una piba chiquita, de 14”.

– ¿La comunidad o el entorno familiar registra las violencias que representa un embarazo no planificado?
– Hay repeticiones casi mecánicas de la historia familiar. La mayoría de las mamás de las pibas con las que trabajamos, también fueron mamás muy jóvenes. Hay un mandato implícito de repetir, con un relato condenatorio.

Hay mucho discurso culpabilizante. Las propias madres dicen: “Si yo lo pasé, vos también podés pasarlo”. Mucha represión de lo sexual, del placer. Y eso se repite en las familias, en la escuela y en lxs operadorxs de salud: “te tenés que aguantar”, “si la pasaste bien, ahora bancate las consencuencias”.

Por otro lado, la responsabilidad de la crianza está puesta exclusivamente en las madres, no en la comunidad, ni en la familia. Chicas de 16 o 17 años se convierten de un día para otro en mujeres adultas, que deben criar y ser responsables de ese niño o niña que llegó. Lo hacen a costa de posponer su vida, su proyecto, su educación. No hay conciencia de nuestra responsabilidad como adultxs, como Estado, como escuelas de esa situación.

Como decía antes: está naturalizado. A una piba de 14 años, una psicóloga de SENAF le dijo: “Tu hijo no es un paquete, no puede estar yendo y viniendo, tienen que hablar con el papá, ponerse de acuerdo”. Cuando la joven me contó, la llamamos a la profesional para preguntarle cómo esperaba que una chica de 14 años “haga acuerdos”. “Ah, claro, se me pasó. Es que parece tan grande”, respondió.

– ¿Y las parejas, qué lugar ocupan?
– Muy pocas veces están presentes. Muchos les piden ADN de los bebés porque no les creen que sean de ellos. Casi nunca eso prospera, queda en la nada y la mayoría de las veces los que reclaman ADN se borran.

Algunos, sin embargo, están presentes, como pueden. Y es muy interesante generar un proceso con ellos. Un pibe de 18 años nos decía hace poco: “A mí nunca nadie me preguntó cómo estaba con esto de ser papá”. Y advertimos que le costaba organizar siquiera la respuesta, era una pregunta que tampoco se la había hecho él. A los pibes también les quedan marcas. Saber a esa edad que tuviste un hijo, y no estar presente, no es gratuito.

Ahora, para ellas, la vida se les da vuelta. Y es muy distinto pasar un embarazo acompañadas, o solas. El desafío siempre es cómo invitar a los varones a participar de ese proceso, sin culpabilizarlos, y ayudarles a ambos a separar el tema de la pareja con el de la mater/paternidad. Con ellas, trabajamos mucho el tema del vínculo con el papá, de que ese bebé tiene derecho a un vínculo con él, más allá de lo que ella sienta o desee.

En general son situaciones complicadas, porque ellos también conviven en contextos de vulnerabilidad y violencia.

Serás lo que debas ser, pero inexorablemente serás madre

–  ¿Cómo hablan con estas chicas de autonomía, de elección?
– Con alguien que tiene instalado que un hijo es una “bendición de Dios”, hablar de libertad, del placer, es algo que se instala muy de a poco. Hay todo un universo simbólico a construir.

Un juego que solemos hacer es que piensen en qué se quieren parecer y en qué no a sus papás o a sus mamás. Es una pregunta que nosotras y nosotros también podríamos hacernos.

Con los chicos y sus papás aparece mucho que no quieren repetir la violencia. Y sí quieren heredar la capacidad de trabajo, entre otras cosas.

A ellas les cuesta mucho expresar lo que no les gusta de su mamá. Hay una gran carga de culpa, mucha sacralización de la abnegación, la dedicación a sus hijos… A mucho andar empieza a aparecer críticamente la sumisión de las mamás.

No debiera sorprendernos, porque esto es lo que se refuerza cada año con eventos institucionales por el día de la madre y tantas otras ocasiones similares. Cuesta mucho ir contra eso.

En eso, la escuela es clave para abrir otros horizontes, otras formas de construir familias, otros relatos sobre la maternidad… Ese solo efecto de mostrar otra cosa, otra forma de vincularse, ya les abre horizontes.

Me acuerdo que en un taller una de las chicas nos dijo que le llamaba la atención que nosotras nos saludemos cada mañana con un beso y un abrazo. Ese gesto era para ella algo muy distinto a lo que vivía cotidianamente. Muchas veces también se asombran de cómo nos enganchamos jugando con lxs chicos, cómo nos divertimos…

La escuela tiene esa posibilidad: que conozcan formas distintas de vivir la vida. Por eso es tremendo cuando la escuela tiene gestos expulsivos. Porque estas pibas, si dejan la escuela, no tienen nada. Se quedan solas en sus casas, cuidando sus bebés, sus hermanitos, sus abuelos… cuidando, cuidando, cuidando. Nos impresiona la cantidad de veces que las llamamos a sus casas y nos dicen que están lavando, limpiando… Nos preguntamos mucho por eso. ¿Qué hay en esa tarea infinita de la casa? Se excusan de todo porque “tienen que trabajar en la casa”. Las tareas domésticas representan un cúmulo de demandas domésticas impostergables, imposibles de reprogramar, de modificar e interminables.

Por eso, nosotras no podemos hablar como se habla hoy en Diputados o en los medios. A veces queremos hablar en los territorios con el lenguaje del Congreso, de la barricada. Si realmente queremos ayudar a que las jóvenes que viven en las sierras puedan construir opciones, elegir, pensar la maternidad como una opción que amplíe sus libertades, que puedan decidir si quieren o no ser mamás, tener más hijos, lo más importante es que las podamos escuchar.

– Pero, el aborto en esos contextos, ¿es una opción?
– Cero. En todo este tiempo hubo tres situaciones de chicas que dijeron “me hubiera gustado poder pensarlo”. Y una sola piba con la que intentamos coordinar un acompañamiento con socorristas, la derivamos a Córdoba, pero no llegó.

Estos cuatro casos, sobre cientos, en más de catorce años en donde la opción del aborto no apareció. Cuando preguntamos, responden: “No, mi mamá me va a ayudar”, “Ella también tuvo siendo chica”, “Ahora ya está”.

Yo escuchaba que en los debates se afirmaba: “que se apruebe no significa que vaya a haber más abortos”. ¿Y por qué no?, ¿cuál sería el problema? Estaría muy bien que estas chicas contaran con esa posibilidad, que hasta ahora no tienen. Porque muchas de las que deciden no abortar no tienen siquiera la posibilidad de pensarlo. No está en su repertorio, en su horizonte, aún cuando en su mayoría los embarazos son productos de situaciones de violencia.

Mi preocupación es esa: si se aprueba la ley, deberemos sortear un montón de barreras más para que el aborto en sus imaginarios sea una libertad posible.

En ese sentido, el debate permitió que tengamos más libertad para hablar del tema. Si bien, aparecen en primer lugar todas las cuestiones negativas, también algunas empiezan a decir: “yo antes pensaba que no, pero ahora pienso que sí”. Y lo más interesante es que aparece la pregunta sobre qué opinamos nosotras. Varias nos preguntaron. Eso nos da la pauta de haber generado un contexto de confianza, donde ellas perciben que no venimos a bajarles línea de nada, que respetamos lo que piensan y sienten, sus tiempos, sus procesos. Creo que es en ese marco donde lo que les decimos es escuchado y valorado.

Leer más
Hijxs que llenan ausencias
¿De qué proyecto de vida me hablás?
Articular es la tarea