Raíces afro: “La vida de mi bisabuela transcurrió dentro de cuatro paredes”

Raíces afro: “La vida de mi bisabuela transcurrió dentro de cuatro paredes”

El testimonio de la cordobesa Griselda Manzoli, quien buceó entre las ramas de su árbol genealógico hasta descubrir sus verdaderas raíces, expone la trama de ocultamientos y silencios que pesan sobre aquellos antepasados que ponen en cuestión la ascendencia blanca y europea. Una historia sobre ser negra y convertir la alteridad en bandera de lucha.

Por Griselda Manzoli*

Una no nace siendo negra, llega a serlo. Desde el inicio, en las relaciones que mantenemos fuera de nuestra familia, la sociedad nos hace sentir cuál es el lugar que debemos habitar. En mi caso nací mujer, negra y pobre; tres estereotipos que determinan un conjunto de mandatos a cumplir para transitar la vida social.

Mi nombre es Griselda Manzoli y pude aclarar mi historia hace muy poco tiempo, cuando completé una parte de mi árbol genealógico que se encontraba vacía: la que corresponde a mi bisabuela paterna.

La inquietud por comenzar esta búsqueda existe desde que tengo uso de razón. Yo me sentía diferente y quienes me rodeaban también me lo hacían sentir. Debo decir que siempre me autopercibí como una mujer negra aunque sin saber muy bien por qué; si esa era realmente mi identidad o si se trataba de lo que otros me hacían sentir.

La mujer oculta

Por casualidades de la vida, hace seis años mi prima Claudia, gracias a un curso de raíces afro que realizó con un historiador de Córdoba, comenzó a indagar sobre los antepasados de la familia y así fue como conocimos la identidad de nuestra bisabuela afro.

La historia que se relataba en las mesas familiares siempre fue la de mi bisabuelo, un italiano que al llegar a la Argentina puso un almacén de ramos generales donde le fue muy bien. Pero nunca se supo, y nadie preguntaba, de la bisabuela. Había como un acuerdo implícito de silencio y todos suponían que ella había venido desde Italia junto con él.

Sin embargo, la realidad era otra. Cuando comenzamos a indagar en la historia familiar, una tía nos contó -a mi prima y a mí- que nuestro bisabuelo formó familia con una mujer afro con la que tuvo cuatro hijos.

La vida de mi bisabuela transcurrió dentro de cuatro paredes. No era presentada en público como la esposa de mi bisabuelo sino como quien cuidaba la casa y los niños; estaba condicionada por el color de su piel a ocupar un lugar invisible.

Recientemente pude encontrar antiguas fotos en las que mi abuelo aparece en primer plano, como un héroe que vino a hacer la América; a ella apenas se la ve sentada en una silla, escondida en un rincón. A medida que fui conociendo esta parte de la historia familiar, hice carne la estigmatización de mi bisabuela. Me sentí identificada en la exclusión social que ella atravesó, ciertamente mucho mayor que la mía, ya que en aquel contexto histórico los estereotipos estaban aún más marcados.

Tan grande fue el ocultamiento, que mi papá ni se acuerda de su abuela; quien más la recordaba era mi tía, mayor que mi padre, aunque ella tampoco profundizaba y todo lo que conseguíamos eran frases sacadas a cuenta gotas. Mi tía Niní creía que negando esa parte de la historia nos estaba protegiendo a nosotras mismas de la discriminación social.

La ilusión del blanqueamiento

Me costó mucho hablar con mi familia para que llegaran a reconocerse como afrodescendientes. Hubo incluso algunos parientes que manifestaron que solo lo aceptarían con un certificado o partida de nacimiento que lo comprobara. Creían en mantener el silencio como recurso para no repetir la historia de mi bisabuela.

Hoy puedo reflexionar, gracias a los años de militancia junto a mis compañerxs de la Mesa Afro Córdoba, acerca del discurso de blanqueamiento que persiste hasta la actualidad en la Argentina, donde se sigue negando cualquier herencia que no sea la europea.

Este reconocimiento de mis raíces es tanto personal como colectivo. Yo me asumo como una mujer descendiente de una africana esclavizada, reforzando mi identidad individual y mi transitar a partir de esta identidad, pero también reconozco la negación y el ocultamiento de la comunidad afro en los discursos históricos que conformaron el Estado argentino.

La construcción de la idea hegemónica del argentino como descendiente de europeos tiene que terminar y, para eso, necesitamos repensar la historia desde la crítica, desde la empatía y desde el respeto hacia las diversidades.

Con dueño y sin apellido

En este camino de reencuentros pude conocer a fondo acerca de la lucha de la comunidad afro, la historia de esclavitud que nos marca y que llevamos en la sangre, razón por la cual hacemos propia esta lucha constante por ser reconocidos como una gran parte de la población argentina y no una minoría. En Córdoba, según algunos estudios demográficos, un 40 por ciento de la población local tiene ascendencia afro.

Por esto, una práctica como pintar con carbón la cara de los niños para los actos del colegio, es totalmente racista y exotista. Esto debe ser erradicado, sobre todo de aquellas instituciones que deberían promocionar el respeto por las culturas, como lo son las escuelas.

Fue tal la falta de reconocimiento de derechos a nivel estatal que a nuestros ancestros esclavizados les cambiaban el nombre, poniéndoles el apellido de su “dueño”, por eso me fue tan difícil encontrar a mi bisabuela en los registros. A ella –incluso- hasta le habían cambiado el nombre de pila. Así como también hay documentos donde se registra la subasta de afrodescendientes esclavizados en nuestra Plaza San Martín.

En aquella época, parte de la comunidad afrodescendiente cordobesa pudo escapar hacia la zona de San Carlos Minas y construir asentamientos de “refugiados”; allí es donde obtuve información sobre el paso de la familia de mi bisabuela.

Descubrir la propia historia

Transitar como mujer afro no me ha sido fácil; a lo largo de mi vida tuve que lidiar con discriminaciones de todo tipo: la directa o la que se oculta en chistes o frases arraigadas como “negrx de mierda”. Tuve que lidiar con personas que pretenden encajarte en los patrones hegemónicos diciéndote que te planches las motas, que te queda mejor la tintura rubia, o aquellas que te dan consejos sobre cómo disimular el ancho de las caderas.

Prácticas como las detenciones por portación de rostro y/o por merodeo, que se llevan a cabo por el estigma que pesa sobre la piel negra, tienen que terminar mediante la concientización de la sociedad. Pero, si desde las mismas fuerzas del Estado, se siguen cimentando y perpetuando estos discursos, siempre será como remar contra corriente.

De manera global creo que la discriminación no solo es hacia el colectivo afro sino hacia cualquier alteridad no hegemónica. Por eso, cuando comencé a militar me di cuenta de que el problema de fondo radica en lograr concientizar sobre el respeto hacia la diversidad cultural, logrando una inclusión real y absoluta de todas las personas.

Como reflexión final quiero invitar a los lectores a que indaguen y conversen en familia acerca de sus raíces, de sus identidades y de su árbol genealógico. Quizá descubran ancestros que protagonizaron luchas y puedan tomarlas como bandera para militar la empatía y el respeto por otrxs.

Quiero dejar testimonio acerca del poder del autorreconocimiento de nuestros ancestros y de cómo completar la propia identidad nos puede ayudar a deconstruir nuestra mirada histórica individual y tornarla en lucha colectiva.

* Diseñadora gráfica; 43 años

Producción periodística: Bárbara Maidana