¿Quién cuida a las mujeres que consumen sustancias?

¿Quién cuida a las mujeres que consumen sustancias?

Aunque la ingesta de sustancias crece entre las mujeres, son pocas las que hacen tratamiento. El miedo al estigma y la obligación de garantizar las tareas de cuidado limitan la búsqueda de ayuda. Las que lo hacen, llegan solas, sin redes de apoyo.

Por Jimena Massa

Aunque existe un aumento sostenido en el número de mujeres con consumos problemáticos, eso no se traduce en un aumento de la demanda de tratamiento por parte de la población femenina. “Y esa desproporción está atravesada transversalmente por el patriarcado. Porque ¿quiénes tienen posibilidad de acceder a un tratamiento?”, plantea Eugenia Decca, integrante del Módulo Mujeres y Disidencias del Programa del Sol, que trabaja en la prevención y asistencia del consumo problemático de drogas. La pregunta de la trabajadora social refiere a dos cuestiones: por un lado, ser mujer y consumir sustancias implica un doble estigma, lo que interfiere en la decisión personal de hacer visible el problema para pedir ayuda; y por otro lado, las mujeres tienen dificultades materiales muy concretas para salir de sus casas y separar un tiempo para sí mismas.

“Ser una mujer que consume significa no sólo que sos ‘una drogona’ sino que, además, hay un montón de roles de género asignados – maternar, entre otros – que no estarías en condiciones de cumplir”, señala Eugenia, que desde su experiencia en el acompañamiento con perspectiva de género cuenta que las mujeres llegan al Programa mucho más solas; en general, han sido expulsadas de sus casas y, en relación a los vínculos, están lastimadas.

“Las mujeres vienen mucho más a acompañar a sus parejas, hijxs u otros familiares que por demandas propias. En ese sentido, ese rol naturalizado de la mujer como cuidadora acá se verifica con mucha claridad. Pero cuando alguien tiene que cuidar ese cuerpo femenino, no hay nadie”, agrega la trabajadora social, que también detalla historias de familias que han iniciado un tratamiento y que, llegado el caso de que algún integrante deba abandonarlo, la primera que deja es la mujer; “porque tiene que cocinar, cuidar al padre o atender a lxs chicxs”.

Actualmente, en el Programa del Sol hay 60 personas en tratamiento, de las cuales sólo 6 son mujeres. Sin embargo, sorprende el fuerte crecimiento de la demanda femenina a través del teléfono. “Este contexto de pandemia, paradójicamente, le ha dado una posibilidad a mujeres que, de otra forma, no se hubieran acercado a buscar tratamiento. Entonces, hoy tenemos muchas que están a punto de ingresar al Programa”. Este aumento en las consultas telefónicas responde a que hay situaciones que “estallan” durante el aislamiento de la cuarentena, pero también al hecho de que las mujeres pueden pedir asistencia desde sus casas, sin que nadie se entere ni juzgue, y a que no necesitan buscar con quién dejar a lxs hijxs.

Aunque faltan estadísticas sistemáticas que den cuenta de este problema en Córdoba, Eugenia apunta que, al menos en el Programa, la demanda de tratamiento por parte de las mujeres se transformó. En los primeros años, el Módulo estaba orientado a jóvenes y adolescentes en procesos iniciales de consumo problemático que eran llevadas por sus familias o derivadas por juzgados penales juveniles. Ahora reciben consultas de personas de 20 años para arriba, hasta de 40 y pico, con trayectorias complejas y con vidas bastante atravesadas por situaciones de violencia. En relación a qué sustancia consumida aparece con más frecuencia, depende de la edad y el contexto, pero se registra mucho consumo de cocaína, marihuana y psicofármacos sin receta. En este último caso, hay una fuerte presencia de medicamentos auto administrados como modos de resolución de la vida cotidiana.

Dejar por miedo no sirve

En el Programa también tienen experiencia en el acompañamiento de mujeres embarazadas o que acababan de parir, que asisten junto con sus bebés. En el caso de las embarazadas, es frecuente que abandonen el tratamiento. “Es un dato interesante para analizar. Muchas dejan el tratamiento porque dejan de consumir para no dañar a su bebé. El problema es que esa suspensión del consumo se basa sólo en el miedo y los motivos que provocaron el inicio del consumo no están resueltos; entonces, una vez que ya son madres es frecuente que no puedan sostener esa decisión -advierte Eugenia-. Por eso decimos que el miedo no debería ser el eje de las campañas, sino un abordaje integral que promueva una decisión más profunda del tipo ‘no quiero esto para mi vida’”.

El modo de entender la relación entre maternidad y consumo de drogas condiciona no sólo el contenido de las campañas de prevención y el abordaje de los tratamientos sino que impacta directamente en la relación madre – hijxs y en las decisiones que el Estado toma sobre qué hacer en casos de mujeres que consumen.

Desde 2016, en Córdoba es obligatorio realizar un análisis del meconio (primer excremento) de lxs recién nacidxs a los fines de detectar el consumo de cocaína o marihuana por parte de sus madres en los últimos seis meses de gestación. La ley provincial (10.363) establece que los resultados deben ser confidenciales y que sólo pueden ser utilizados con fines sanitarios, como ordenar un tratamiento inmediato. Los fundamentos indican que, advertido el problema, se pueden establecer «estrategias de seguimiento, prevención y estimulación del neurodesarrollo oportuno» de lxs niñxs, y se aclara que “el análisis de drogas no significará una criminalización de las madres”.

Aunque no fue posible confirmar que en todos los hospitales se esté cumpliendo con la norma ni se conoce con precisión cuál es el protocolo aplicado en caso de detectar consumos problemáticos, lo habitual es que el tratamiento se vuelve una obligación que se le exige únicamente a la madre. “En general, la mujer se va a su casa con la indicación de hacer un tratamiento y, si se da intervención a la Senaf, se interrumpe el vínculo madre / hijx por tres meses (aunque las medidas de impedimento de contacto se pueden reeditar) y el bebé queda al cuidado de alguien de la familia, que casi siempre es otra mujer, como la abuela o la tía”, explica Eugenia. “Pero claro que el recorrido que tenga esa mujer también depende mucho de los equipos interdisciplinarios que están en los hospitales”, agrega.

Una vez más se presenta la necesidad de un abordaje integral en las políticas de prevención, en el sentido de no enfocarse exclusivamente en la salud de la persona recién nacida; también es necesario acompañar integralmente a la madre. “Una vez hecho este análisis con resultado positivo, ¿quién hace el acompañamiento para que el dosaje cambie? Si hay consumo, más que la orden judicial de ‘hacer el tratamiento’ hace un falta un trabajo articulado y sostenido con organizaciones que permita atender situaciones complejas”, afirma Eugenia.

Por otro lado, la trabajadora social se anima a instalar una cuestión compleja, cuyo debate público requiere de mucha responsabilidad. “Cuando aparece una situación de consumo problemático, inmediatamente aparece la idea de que la mujer no es capaz de criar a su hijx. Y eso es cuestionable; es decir, debemos revisar en función de qué se define que una mujer es o no capaz de cuidar a sus hijxs. Existen situaciones que claramente le impiden a esas mujeres cuidar a otrxs, pero no todas las situaciones son iguales”.