Pandemia y encierro: “Hablar de infectadura no tiene ningún sentido”

Pandemia y encierro: “Hablar de infectadura no tiene ningún sentido”

La antropóloga y presidenta del Archivo Nacional de la Memoria, Mariana Tello Weiss, afirma que comparar el aislamiento social con el encierro forzado que impuso la última dictadura “no tiene pies ni cabeza”. También habla sobre el papel de las ciencias sociales, la  incertidumbre y la sensación de finitud que caracterizan el tiempo de la pandemia.

Por Jimena Massa

Tras muchos años de investigar como antropóloga acerca del terrorismo de Estado, la presidenta del Archivo Nacional de la Memoria, Mariana Tello Weiss, afirma que el aislamiento social actual no tiene ningún punto de comparación con el encierro forzado impuesto por la última dictadura. La investigadora del Conicet insiste en que hoy “tenemos muchísimos más recursos” de los que existían en las situaciones dramáticas que estudió, y advierte que ciertas analogías que circulan en los medios solo se sustentan en la mala intención.

El encierro como objeto de investigación no le resulta ajeno. Escribió sobre las memorias de sobrevivientes de la represión y el terrorismo de Estado, sobre las presas políticas de la ex cárcel del Buen Pastor[1] y sobre la vida y la muerte en La Perla. Investiga acerca de las identidades generadas por las experiencias concentracionarias, el padecimiento de la violencia y las estrategias de reconstrucción del mundo de quienes atravesaron esa experiencia.

Sin perder el humor, invita a pensar “en las situaciones límite como algo que muestran lo normal” y, al mismo tiempo, cuestiona el fast food de ideas de algunxs cientistas sociales que hacen futurología sobre la pos-pandemia. Analiza cómo nos iguala la incertidumbre y afirma que la muerte como horizonte cercano es una marca saliente de estos tiempos. “Esta conciencia latente sobre la finitud, si uno tiene algún sentido de realidad, provoca angustia”.

– En este contexto de pandemia y considerando tus investigaciones sobre situaciones de encierro, ¿qué opinás de esta comparación que algunxs pretenden hacer entre el aislamiento preventivo y el encierro forzado durante la dictadura? Me refiero a la idea de “infectadura”.

– Son dos situaciones que no tienen ningún punto de comparación. El ASPO (Aislamiento Social Preventivo Obligatorio) no es un encierro forzado. Es un encierro provocado por una epidemia, que es una experiencia que como sociedad argentina no tenemos hace muchísimo tiempo. Hubo epidemias recientes en otros lugares del mundo que, como no nos tocaron, pasaron sin pena ni gloria. Solo una persona que vivió tantos años como mi abuela, que tiene 95, puede tener una dimensión experiencial de lo que es una epidemia. Para los de nuestra generación es una novedad. Entonces surgen estos paralelismos mal intencionados. Llamarle “infectadura” es un modo de oponerse a las medidas del gobierno cuando éste ha tenido una actitud ejemplar en el mundo. Me refiero a hacer prevalecer una ética del cuidado por encima del privilegio del mercado, que son las dos cosas que todo el tiempo están en tensión.

– Pero el distanciamiento social cansa y esta idea de que “no nos dejan salir” parece cobrar cada vez más fuerza.

– Nosotros tuvimos la ventaja de prepararnos algunos meses antes y se tomaron decisiones para fortalecer la salud pública. Y ya hemos visto en otros países lo que pasa con el retiro del Estado; un retiro que es de larga duración, no de ahora. En esos lugares se tomaron decisiones del tipo “que mueran los que tengan que morir”. Lo dijeron mandatarios. Una especie de darwinismo social. Pero Michel Pollak, uno de mis estudiosos preferidos sobre el Holocausto, dice algo interesante: las situaciones límite revelan las situaciones normales. Entonces estamos viendo qué es lo que había, que estaba naturalizado en muchos sentidos.

– ¿Se podría pensar, por ejemplo, en que ya se había naturalizado el desprecio por ciertas vidas y que esta pandemia vino a ponerlo en evidencia?

– Pollak en realidad habla de los campos de concentración nazis. Es una frase interesante para pensar qué nos puede mostrar esta situación. Desde las desigualdades de género naturalizadas y todo lo que implica el repliegue en lo doméstico hasta cómo se vive en el interior de casas que no están preparadas para la intimidad, otra construcción bastante reciente. Pensar en lo límite como algo que muestra lo normal es un buen ejercicio reflexivo, y por supuesto eso no implica que el distanciamiento sea comparable con un campo de concentración. Creo que una de las cosas más espectaculares que tiene la pandemia son los memes (se ríe). El humor es una válvula extraordinaria. Y uno de los que me causó mucha risa es ese de Ana Frank viendo cómo nos quejamos del encierro…

– El encierro versus “la normalidad”

– Es llamativa esta obsesión con la normalidad y esta resistencia a cambiar esa normalidad, que en muchos sentidos era muy mala. Y otra cosa que revela (el ASPO) es qué significa perder la libertad ambulatoria. En una sociedad que mete a sus presos en la cárcel y se olvida de que existen… ahora tenemos una cierta y remota noción de lo que es tener restricciones para salir de tu casa. De cualquier modo, nada de lo que estamos viviendo se compara ni de cerca con estar encerrado en una institución hospitalaria, psiquiátrica o carcelaria. No hay ningún punto de comparación.

– Volviendo a la idea de “infectadura”, parece que existe un uso oportunista de ese imaginario, consolidado gracias a las políticas de memoria, para oponerse a las medidas del Gobierno.

– No le daría tanta entidad porque no tiene pies ni cabeza. Justamente algo que muestra esta situación es que la dictadura hoy tiene un sentido que años atrás no tenía. Entonces, si mirás el vaso medio lleno, es una victoria; si mirás el medio vacío, están pervirtiendo totalmente el sentido. Pero eso es parte de la disputa. Entristece, pero no debemos darle entidad.

– ¿Qué otras cosas te parece que se activan en este contexto de aislamiento o de soledad?

– Te puedo responder desde lo que veo en las redes sociales, que es el trabajo de campo que uno puede hacer en esta situación; que tampoco es menor porque es nuestra vida social actual. Me parece que hay ciertas cosas que se deben poner en perspectiva de clase, de edad y de género, pero creo que de repente muchas personas comenzaron a vivir la incertidumbre de un modo más cotidiano del que conocían. ¿Qué va a pasar? Vivimos de a quince días, esperando el resumen de cuántos muertos hay. Y al mismo tiempo, hay grandes porciones de la sociedad que viven en la incertidumbre desde siempre. La pandemia, en ese sentido, nos igualó.

– Para mucha gente la incertidumbre es un modo de vida constante…

– Me parece que lo que se activa y tiene una consistencia muy grande en este momento es el tema de la muerte. Me refiero a la muerte como horizonte que se puede adelantar, diferente a la idea con que todos funcionamos y apoyamos nuestra negación a la muerte, que es la de que vamos a morir viejos, de manera “natural” y al final de una larga vida. Esta conciencia latente sobre la finitud, si uno tiene algún sentido de realidad, provoca angustia.

 – ¿Creés que la antropología o las ciencias humanas y sociales en general pueden hacer algún aporte en el sentido de contribuir con una mirada menos biomédica de esta pandemia?

– Creo que tienen muchísimo para aportar, pero tengo un poco de resquemor con relación al timing. Concretamente, creo que en este momento son más importantes los respiradores. Y vuelvo a otro meme: Foucault riéndose de lo que pensábamos de la biopolítica (se ríe). Porque en este momento pedimos a gritos, y yo concuerdo, que el Estado tutele nuestros cuerpos. No podemos andar saliendo por ahí porque nos enfermamos. Entonces, sin ignorar el sistema opresivo que criticó Foucault, también hay que decir que la higiene le salvó la vida a un montón de gente en su momento. Y hoy los cientistas sociales, cargados con esas teorías críticas, tratan de pensar en la pos-pandemia. Salen millones de cosas en tiempo real que, a veces, no le hacen ningún favor a la reflexión sobre lo que pasa.

– ¿Te referís a la falta de distancia histórica para analizar lo que nos pasa?

– No hay distanciamiento histórico y el trabajo de campo es escaso y dificultoso. Honrosas excepciones son las encuestas que se han hecho sobre la situación de las mujeres en la pandemia, por ejemplo. Pero no se puede producir ya mismo respuestas para todo. Hay como un fast food de ideas, y tal vez debamos pensar si eso no tiene más que ver con una ansiedad propia, que con lo que realmente se aporta a la discusión. A veces, quedarse pensando un rato aporta más.

– Esto que decís remite a una cierta idea de productividad, que también está en tensión durante la pandemia.

– Una de las cosas de mi normalidad como cientista social era tener que sacar tres papers al año. Y eso para mí no es posible. Tengo un trabajo de campo que me lleva muchísimo tiempo…  hasta que las personas pueden encontrar una palabra para nombrar lo que les pasó. Es un proceso más lento que el que la academia nos pide. Y si puedo escribir sobre centros clandestinos es porque trabajé diez años en uno, sin esas urgencias. Demoré cuatro años para escribir el primer texto. Y con esto pasa lo mismo: están sucediendo muchas cosas y hoy solo podemos ver una partecita así pequeña.

– ¿Y en lo personal, qué aprendiste en relación a las situaciones de encierro?

– Aunque las situaciones no son para nada comparables, hay muchas cosas que yo recupero de mi trabajo con gente que estuvo encerrada durante mucho tiempo y que me sirven para mi vida cotidiana… Aunque sea solamente el ejercicio relativista de pensar “la gente vivió”. Vivió después de eso. Hay vida después de cosas dramáticas como estas.

– Supongo que esa resiliencia o esa capacidad de seguir es bastante inspiradora

– La gente desarrolla recursos aun en las peores situaciones. Los niños desarrollan recursos en situaciones muy adversas. Y en esta situación tenemos muchísimos más recursos de los que he visto en las situaciones que estudié. Situaciones en que con un papelito así, chiquito como el papel de un cigarrillo, te escribían un libro. Y en las condiciones más adversas, querían seguir viviendo.


[1] La ex Cárcel del Buen Pastor fue un establecimiento de detención de mujeres en Córdoba que funcionó también como un lugar de reclusión de presas políticas durante la dictadura cívico militar de 1976. En 2002 pasó a manos del Gobierno provincial y dejó de ser un penal.

*La fotografía que ilustra esta nota es gentileza de Nenad Vukosavljević.