“La sociedad subvalora la vida de las mujeres que rehúsan la maternidad como destino”

“La sociedad subvalora la vida de las mujeres que rehúsan la maternidad como destino”

Ana Cristina González Vélez es doctora en Bioética y especialista en salud sexual y reproductiva. Lidera la lucha por la despenalización del aborto en Colombia y defiende la necesidad de poner en foco el proyecto de vida de las mujeres, sus razones para abortar y su capacidad moral para decidir.

Por Jimena Massa

“Se habla fácilmente de la protección del feto, ignorando la vida de las mujeres no sólo como biología sino, sobre todo, como biografía. O sea, el proyecto de vida de las mujeres, ¿a quién le importa?”. La pregunta sintetiza uno de los más potentes argumentos -pero no el único- que desarrolla la médica colombiana Ana Cristina González, doctora en Bioética y especialista en salud sexual y reproductiva, para explicar la urgente necesidad de despenalizar el aborto en los países de la región.

Aunque ejerció la medicina en diversos roles y tiene una larga trayectoria como investigadora en salud sexual y reproductiva, Ana Cristina se define como ‘activista feminista’. Cofundó la organización La Mesa por la Vida y la Salud de las Mujeres, clave en la lucha por la legalización del aborto en Colombia. En febrero último visitó Córdoba como integrante de Articulación Feminista Marcosur y participó en el conversatorio «Resistencias feministas en el contexto latinoamericano actual» junto con referentes como Gina Vargas (Perú), Clyde Soto (Paraguay), Ana Falú (Argentina) y Rita Segato (Argentina / Brasil).

Además de ofrecer datos abrumadores sobre las consecuencias sanitarias de la penalización, la médica defiende la necesidad de poner en foco el proyecto de vida de las mujeres, sus razones para abortar y su capacidad moral para decidir. Considera que los impedimentos en torno al aborto son “el último reducto del patriarcado”, en el sentido de que el control del cuerpo de las mujeres -y por lo tanto, de sus proyectos de vida- está en el corazón de este sistema de dominación. 

¿Cuál es la situación actual en la región con relación al aborto y los derechos sexuales y reproductivos?

En muchos países de la región las mujeres no acceden al aborto legal; las causales admitidas por la ley no necesariamente garantizan ese derecho, y eso sucede porque hay un elemento estructural que fundamenta todas las barreras, que es la persistencia del delito de aborto.

En Argentina existen causales y jurisprudencia que permiten la interrupción legal del embarazo desde hace muchos años, ¿cómo es la situación en Colombia?

En Colombia el aborto es un derecho humano fundamental en tres circunstancias: cuando la vida o salud de las mujeres está en riesgo, en casos de violación o en casos de malformación fetal incompatible con la vida extrauterina. Eso fue aprobado en Colombia en 2006 (en Argentina, entre tanto, las primeras causales existen desde 1921). En su momento celebramos ese progreso, pero hoy sabemos que las mujeres no acceden a ese derecho. Después de 14 años de acompañar aquel avance democrático nos damos cuenta de que las barreras de acceso que enfrentan las mujeres son enormes y muy variadas, pero hay un elemento estructural en todas esas barreras, que es la existencia del delito de aborto. Por ese motivo, los abortos son mayoritariamente clandestinos y las causales están de adorno. 

En los últimos años, en Argentina han crecido las interrupciones legales pero las barreras persisten. El caso de las niñas obligadas a gestar es un ejemplo de lo que sucede cuando el derecho al aborto no punible no está garantizado…

Existen distintos tipos de barreras, como la falta de información y de posibilidades de acceso, más una interpretación muy restrictiva de las causales. Nosotros hicimos todo un trabajo pedagógico para proponer marcos para interpretar esas causales. Por ejemplo, ¿cuál es el concepto de salud que se esgrime para considerar el derecho a interrumpir un embarazo?, ¿hay que estar a punto de morirse para considerar que algo es riesgoso para la salud? Nos enfrentamos a la extraña paradoja de que el aborto sea reconocido como un derecho en esos casos, pero siga siendo considerado un delito en el Código Penal. Entonces, es un derecho fundamental pero si de pronto te sales de los márgenes de ese derecho, sos una delincuente. Eso vale tanto para la mujer que reclama ese derecho como para el/la prestador de salud. De este modo, quienes están a favor de la maternidad forzada pueden llevar a otra mujer -que aborta o que realiza un aborto- a la cárcel.

El aborto como delito, entonces, ¿tiene un poder que trasciende lo punitivo?

El Código Penal no se ha modificado en ningún país de América Latina y el Caribe. El delito existe en todos nuestros países, incluso en Uruguay. Y el peso simbólico es inmenso. El estigma es muy fuerte; muchos médicos se niegan a prestar el servicio de aborto porque se vuelven como profesionales de segunda categoría. Los únicos países que lo han retirado del Código Penal son Canadá y Australia. Y lo concreto es que no puede haber un delito que nos obligue a las mujeres a tener un proyecto de vida que no queremos. Cuando nos impiden abortar, no es solamente que nos impidan abortar, es que nos obligan a ser madres.

Entonces, ¿qué implica la penalización del aborto para la vida de las mujeres?

La penalización expresa la menor bio-legitimidad que, en la ecuación feto – mujer, se le concede a la mujer que rehúsa el destino de la maternidad forzada. Se habla muy fácilmente de la protección del feto, ignorando la vida de las mujeres no sólo como biología sino, sobre todo, como biografía. O sea, el proyecto de vida de las mujeres, ¿a quién le importa? Una no está viva solamente para no estar enferma. Una está viva para construir un proyecto de vida. Y esa dimensión biográfica de la vida es totalmente ignorada. Ese es el tema de mi tesis de doctorado. Nunca me quise dedicar solo a los temas de aborto pero, como decía una feminista colombiana, “el aborto me persigue”. Y realmente con los años he comprendido que los impedimentos en torno al aborto son el último reducto del patriarcado. No en el sentido de que sea lo último que falta derribar sino porque está en el corazón de ese sistema. ¿O qué significa que tenga más valor la palabra de un juez, de un médico, de un novio, de un periodista que la de la propia mujer? Significa que las sociedades contemporáneas subvaloran la vida de las mujeres que rehúsan la maternidad como un destino.

¿Eso significa que quienes defienden “las dos vidas” en realidad priorizan la vida del feto?

En primer lugar, esos movimientos parten de una concepción reducida de lo que es la vida. Desde Aristóteles, y luego muchas filósofas como Hannah Arendt, han planteado la idea de que la vida es sobre todo la biografía. Porque la vida se cuenta a partir de lo que cada uno ha podido hacer con ella. No es que lo hayamos inventado las feministas. Entonces, si yo no tengo posibilidad de proyectar mi vida, de qué vida estoy hablando.

Y todos los movimientos contrarios al aborto en América Latina se aglutinan en torno de la protección de la vida fetal. Casi todas las razones tienen que ver con una noción biológica de la vida. Y si no, basta analizar las causales de aborto no punible: si te vas a morir, si estás enferma, si te violan. El único modelo que protege un poco más la autonomía de las mujeres es el modelo de plazos, pero también lo hace en un número determinado de semanas de gestación.

Usted ha dicho que los impedimentos en torno al aborto son el último reducto del patriarcado…

Claro, pero no en el sentido de que sea lo último que falta derribar sino porque está en el corazón de ese sistema. ¿O qué significa que tenga más valor la palabra de un juez, de un médico, de un novio, de un periodista que la de la propia mujer? Significa que las sociedades contemporáneas subvaloran la vida de las mujeres que rehúsan la maternidad como un destino. El delito de aborto fue introducido por hombres que nunca se han embarazado, y no hay ninguna situación comparable en la vida de ellos en la que les toque consultar con alguien qué decisiones tomar sobre su cuerpo.

¿Qué lugar ocupa la sacralización de la maternidad en la oposición a la legalización del aborto?

Una cosa que nos gustaría decir es que para nosotras, que defendemos la despenalización, también la maternidad es sagrada. Es tan sagrada que creemos en la maternidad como un acto voluntario y deseado, y no como un acto impuesto, y mucho menos por un tercero. Ninguna otra cosa como la libertad de las mujeres está tan ligada al cuerpo. A un cuerpo sexuado para la reproducción biológica. Por lo tanto, la libertad de las mujeres es inseparable de la libertad sobre su propio cuerpo. Entonces, para poder hablar de la maternidad sagrada también tenemos que incluir nuestro punto de vista.

Pero la división sexual del trabajo nos coloca en un lugar complejo…

Es un arreglo muy perverso, porque mientras las leyes restrictivas de aborto le niegan a las mujeres su capacidad moral para tomar decisiones sobre su propio cuerpo, por otro lado, se les delega a las mujeres las tareas del cuidado. ¿O quiénes son las principales cuidadoras?. Ya sabemos que las mujeres trabajan una semana más que los hombres en tareas que tienen que ver con el cuidado y con la reproducción social. Entonces, quienes se oponen a la libertad de las mujeres para tomar decisiones sobre su maternidad nos quieren perpetuar en una división sexual del trabajo según la cual las mujeres somos principalmente madres y, por ende, cuidadoras. Ninguna otra cosa desordena tanto esa ecuación de la división sexual del trabajo como la libertad frente al aborto.

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