No tenemos cura

No tenemos cura

El éxito y el fracaso son dos impostores (J.L.Borges)

Nos etiquetan, nos enferman y nos ofrecen la cura. Los derechos al disfrute y a la duda nos han sido primero conculcados y luego devueltos como enfermedad. Si ese miedo, esa inseguridad y cuestionamiento permanentes no constituyen un problema de salud mental, ¿qué es eso a lo que llaman Síndrome de la impostora?

Por Gabriela Weller

La inmensa mayoría de las mujeres trabaja en lo que puede, pero no son pocas las que han adquirido formación especializada y logran entrar a un mercado laboral que es, para todxs, cada vez más competitivo y deshumanizado. En el capitalismo, en una economía que tiene mucho de mercado y nada de social, ellas están aún más expuestas: entre la necesidad de demostrar que valen para mucho más que para el rol asignado y los numerosos obstáculos para desarrollar sus habilidades y deseos en condiciones de igualdad, suelen llegar a unos niveles de exigencia inconmensurables. La pelea es agotadora, porque primero hay que entrar al mundo laboral, después luchar en forma permanente por no caerse del sistema y, eventualmente, ascender. En eso, la desigualdad es interseccional; influyen tanto el género como la clase y la raza.

En este contexto, aquellas que cuentan con una carrera universitaria, con habilidades especiales o saberes especializados, y se desempeñan profesionalmente con cierto grado de satisfacción y reconocimiento, suelen tener dudas e inseguridades sobre su desempeño, una sensación permanente de no estar a la altura, de ocupar un lugar que no les corresponde o de pretender lo que no son. Sentirse una impostora o una intrusa es mucho más común de lo que se cree, quizás porque quienes así se sienten, se callan.

Síndromes para todos y todas

El término síndrome (de la palabra griega syndrome: «simultaneidad») se definió tradicionalmente como un estado patológico asociado a una serie de síntomas simultáneos, generalmente tres o más, y se suponía que era una denominación provisional, hasta encontrar un mejor nombre o un término más preciso a la enfermedad que se pretendía describir. Sin embargo, es una de las palabras más antiguas y que con mayor frecuencia se ha utilizado y mal empleado en el vocabulario médico moderno. Es más, lejos de desaparecer se amplió a otros campos del saber o de la creencia popular.

Cuando en 1817 el escritor francés Stendhal entró a la basílica de la Santa Cruz en Florencia se sintió literalmente enfermo, incapaz de mantenerse en pie frente a semejante belleza. «Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme», dice Stendhal en su libro Un viaje de Milán a Reggio. Numerosas crónicas de viaje del siglo XIX y principios del XX describen situaciones similares, de éxtasis o desvanecimientos frente a la grandeza del arte, de la belleza. Pero no fue sino hasta fines del siglo pasado, en 1979, que la psicoanalista italiana Graziella Mangherini, luego de observar más de cien casos de reacciones frente a obras de arte, acuñó el término Síndrome de Stendhal.

En Suecia, en agosto de 1973 y tras el intento de robo del Banco de Crédito de Estocolmo, Jan Erick Olofsson, el cabecilla del atraco, se mantuvo dentro del banco durante seis días intentando negociar su salida mediante la toma de cuatro rehenes. Una de ellas era Kristin Ehnmark, una joven que entabló una particular relación con sus captores.

En una de las llamadas desde la bóveda del banco al entonces primer ministro sueco Olof Palme, Kristin suplicó que la dejaran salir con los secuestradores. Una de las exigencias de Olofsson había sido un auto para escapar con sus rehenes, pero las autoridades lo rechazaron. Ehnmark le dijo entonces a Palme que estaba muy decepcionada. «Confío plenamente en él, viajaría por todo el mundo con él», sostuvo Ehnmark en relación a Olofsson, con quien inclusive continuó intercambiando cartas durante años. Al psiquiatra Frank Ochberg le intrigó el fenómeno y definió el Síndrome de Estocolmo para el FBI y Scotland Yard, con el objeto de “colaborar en el desarrollo de estrategias para incidentes con rehenes”.

La psiquiatría, de la mano de la criminología, describió tres criterios del Síndrome de Estocolmo: atracción, incluso amor, del rehén por su secuestrador; reciprocidad de parte de éste y, finalmente, desprecio de ambos por el mundo exterior. El rehén, pero la casuística habla de mujeres supuestamente rendidas a los pies de su captor.

Más allá de la incidencia clínica como “enfermedad psicosomática”, el Síndrome de Stendhal se convirtió en un referente de la reacción romántica ante la acumulación de belleza y la exuberancia del goce artístico, aplicable también a ruinas, paisajes y monumentos históricos. Y el Síndrome de Estocolmo, por su parte, se popularizó para aplicarse a cualquier caso de entrega o sometimiento de la víctima hacia a sus victimarios. Casualmente, por utilizar una ironía, ellas están tan locas que se enamoran de sus captores, mientras ellos andan por ahí extasiados frente a la belleza, desvaneciéndose de placer (petite mort, le dicen en francés al orgasmo masculino).

Y hay muchos más, desde el Síndrome de Inmunodeficiencia Aquirida, SIDA, hasta el Síndrome de Diógenes. El primero, real, mortal por más de una década, y posiblemente la enfermedad de mayor estigmatización social de la historia. El pobre Diógenes, en cambio, es más recordado por el efecto acumulador de cosas inútiles que por la genialidad filosófica de la secta de los perros.

En su uso actual, el término síndrome se asemeja mucho a Proteo, el dios de la mitología griega que poseía el don de tomar varias formas y, por tanto, es indefinido, probablemente indefinible, porque presenta un rostro diferente cuando lo enfrentamos y porque significa lo que se desee que signifique, según Stanley Jablonski. En definitiva, el síndrome mutó de su función tradicional como término exclusivamente médico para convertirse en una palabra que denota cualquier cosa extraña, fuera de lo común, humorística o socialmente condenable, no sólo desde el punto de vista biomédico sino, sobre todo, de la conducta.

Estigma y patologización

A mediados de los 70, en pleno auge de las llamadas ciencias de la conducta, se decidió ponerle un nombre a un malestar “típicamente femenino”, del que participan hombres sólo como excepciones que confirman la regla.

Si en el siglo XIX el estigma fue la histeria -del francés hystérie, y éste del griego ὑστέρα, «útero»- en el XX, auge y crisis del capitalismo por partes iguales, el conductismo apuntó una vez más al cuerpo y mente de las mujeres para universalizar el carácter patológico de sus maneras de ser y estar en el mundo. La inseguridad, la tristeza, el eterno cansancio y, en particular, el sufrimiento mental por no estar a la altura por parte de las trabajadoras calificadas, las profesionales o las académicas constituye, claro, un síndrome. Las que tuvieron oportunidades y las aprovecharon para desafiar los estereotipos de género que aún hoy siguen vigentes -la maternidad como destino obligado y rol principal o la vida al cobijo de un hombre fuerte que provea- pagarían un alto costo emocional por desafiar los mandatos sexistas y jerárquicos.

Síndrome de la impostora

En la Argentina de hoy ese padecimiento está mucho más extendido de lo que parece. Una excelente profesora de la universidad, cuya solidez teórica y profesional es incuestionable, toma clonazepan para afrontar una nueva exposición pública, como si fuera la primera. Una activista del feminismo que lleva 20 años capacitando a sus pares más jóvenes, sufre de jaquecas incapacitantes ante un nuevo taller. Las náuseas y mareos de una diseñadora experta la hacen dudar hasta el último minuto si suspende o no su conferencia. Pánico escénico, dicen, con ese afán de nomenclatura tan frecuente ante lo que incomoda o desconcierta. Pero al parecer, o eso dicen, hay más.

La intrusa, o el síndrome de la impostora

Pauline Clance, que participó en la creación del término en 1978, dice que ella misma sufrió el «síndrome del impostor/a» cuando estaba en la escuela. «Cada vez que hacía un examen importante tenía un miedo terrible de haber suspendido. Mis amigos se estaban empezando a cansar de mis constantes preocupaciones, así que decidí guardarme los miedos para mí», relata Pauline en su blog. Y agrega: «Pensaba que mis traumas se debían a mi entorno educativo. Pero después me convertí en profesora y comencé a escuchar testimonios de otros alumnos, que sacaban muy buenas notas y que tenían el mismo problema».

«¿Qué hago yo aquí? En cuanto comience a hablar me van a descubrir, se van a dar cuenta de que no sé tanto como creen. Todo ha sido cuestión de suerte, pero ahora tengo que intentar demostrar que no fue sólo eso y no voy a poder». Una carrera profesional exitosa y de elogios permanentes no son nada frente a la certeza de que todo se irá al traste cuando te descubran. La lista es interminable y es fácil reconocerse en ese sentimiento -callado, secreto- de ser un fraude, una intrusa, una impostora.

Las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes acuñaron este término después de realizar diversas investigaciones y encontrar de forma repetida este tipo de sentimientos en distintas personas.

A partir de los resultados de su investigación, concluyeron que las personas que padecen el Síndrome del impostor están convencidas de que son un fraude, no merecen el éxito que han conseguido y que son inferiores al resto. A pesar de tener a su alcance evidencias que demuestren la seriedad en su trabajo, sus competencias y buenas habilidades, siguen convencidas de que no han logrado nada por sí mismas e interpretarán los resultados positivos como resultado de la suerte o el azar. Además, pensarán que son capaces de hacer creer a los demás que son más inteligentes y competentes de lo que en realidad son.

La inseguridad también sería el motivo por el que nunca se tiene la suficiente confianza como para dar por acabada una cosa. Noches en vela corrigiendo una y otra vez el mismo texto; semanas para preparar un discurso sobre lo que se viene haciendo toda la vida; meses y años  postergando la entrega de la tesis… Quién no conoce o se reconoce en estos ejemplos. Pero de ahí a decir que “esto ocurre al no tener las suficientes herramientas como para determinar que dicha tarea está correctamente terminada”… ¿a qué herramientas se refieren? ¿Dónde se compran? ¿Cómo se adquieren?

Varios consultorios de distintos países ofrecen soluciones para esta insuficiencia de herramientas que socava la autoconfianza. Uno de España -por tomar un ejemplo, los hay a montones- ofrece Gabinetes de Psicología y Psicoanálisis desde 1995, y su eslogan es: “Solucione su problema psicológico para siempre”. En sede psicoanalítica, una mujer descubrió que ese malestar se debía a que su madre tuvo un aborto espontáneo, “de un varoncito”; mucho años después, inesperadamente, se embarazó y parió una niña, la intrusa.

Las respuestas de la psiquiatría, entretanto, pasan por la patologización y el tratamiento con psicofármacos. No es casual que las mujeres sean las principales consumidoras de ansiolíticos y antidepresivos, en el mundo entero.

Lo cierto es que en la sociedad patriarcal, el lugar de lo público, del trabajo calificado y del reconocimiento intelectual, es por definición el lugar del hombre cis, heterosexual, blanco, con poder económico y con una bella y sumisa mujer que lo espera con todo en orden. Esto que suena a reduccionismo se ha podido aggiornar con el paso del tiempo.

“La insatisfacción es una etiqueta que le han puesto los hombres a las mujeres para no escuchar lo que ellas tendrían para decir: ‘¡Esta vida no me hace feliz!’ Es decir, un NO. Las mujeres que no pueden decir esto es porque temen a la violencia y el desprecio del otro”, dice Sofía Rutemberg en su reciente libro Hacia un feminismo freudiano. ¿Y las que dicen no, las que desafían, en la teoría y en la práctica, los roles históricamente impuestos, podrían escapar de este dolor, de esta crueldad más o menos auto infligida de sentirse un fraude?

Puede que sí, básicamente sabiendo que es un mal de muchas pero no es un problema de salud mental. «Los más incautos yerran», dice Lacan. ¿Qué es el éxito, qué es el fracaso, ser mejor o ser peor que las demás? Si las feministas sabemos que la matriz cultural de nuestra sociedad impone al hombre como medida de todas las cosas, y el neoliberalismo nos empuja a una competencia feroz y a la fantasía del éxito como resultado de los méritos, atreverse a ser otra tiene consecuencias. Consecuencias negativas, en muchos casos como las descritas, y muy positivas, porque hay que atreverse y así lo estamos haciendo.

En definitiva, eso a lo que le llaman Síndrome de la impostora es un efecto más del patriarcado y el capitalismo. Y la única solución es hablar entre nosotras, organizarnos y seguir peleando para que se caigan. Estamos en la senda correcta. Las resistencias cotidianas, incluidos nuestro derecho a la tristeza y al placer, son la senda correcta. No tenemos cura, porque no hay enfermedad.