#NiUnaMenos: un grito colectivo que vino a cambiarlo todo

#NiUnaMenos: un grito colectivo que vino a cambiarlo todo

A seis años del tembladeral de junio de 2015, el grito «Ni una menos, vivas nos queremos” sigue vigente. La potencia de ese hito de los feminismos latinoamericanos se multiplica, aunque las violencias no paran. El estruendo de aquella movilización que traspasó fronteras fue inesperado, pero nada fortuito: la historia del Encuentro Nacional de Mujeres muestra que la lucha viene de lejos… y no se detiene.

Por Laura Leonelli Morey *

En la historia de los feminismos, de los movimientos sociales y, en definitiva, de los derechos de las mujeres, habrá un antes y un después del grito, movimiento masivo Ni Una Menos. El 3 de junio de 2015, las mujeres nos cansamos de tantas violencias, dijimos de manera colectiva basta, basta de matarnos, queremos vivir –tan básico como eso– y nos juntamos cientos de miles de miles para que ninguna persona pueda dejar de escucharnos.

El eco resonó tanto que penetró en instituciones tan patriarcales como el Poder Judicial, el periodismo, los partidos políticos, los sindicatos. También en las escuelas, en las universidades y en los movimientos populares.

El estruendo traspasó fronteras y se convirtió en un hito de los feminismos latinoamericanos. La consigna pregnó y las activistas de los países de la región se sumaron al grito “Ni una menos, vivas nos queremos” potenciando así el gran despertar feminista de los últimos seis años. O de la cuarta ola del feminismo, como suele llamarse.

No es casual que ese grito masivo y plural, que supuso la entrada al feminismo de miles de jóvenes y de personas pertenecientes a mundos hasta entonces no vinculados a ese movimiento, con un impulso tan vital como emancipatorio, haya surgido en la Argentina.

Hubo precondiciones habilitantes en el país que abonaron el terreno durante décadas en las que se registraron enormes logros en materia de derechos. Cimientos de un despertar que, aunque nos sorprendió (y nos conmovió y nos sacudió) a quienes ya trabajábamos para instalar en la agenda pública la violencia de género, se venían construyendo desde hacía años.

Los Encuentros

Los antecedentes son inagotables (en sintonía con las palabras de Virginia Vargas en una entrevista para este medio, “El feminismo es la revolución más potente y más larga”), pero si situamos el corte en el retorno de la democracia, las sucesivas ediciones del Encuentro Nacional de Mujeres (ENM) demuestran que el Ni Una Menos fue un fenómeno tal vez inesperado en sus dimensiones, pero en lo absoluto fortuito.

De hecho, el pasado 24 de mayo, el ENM –que busca renombrarse en una disputa de sentidos aún no resuelta como Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis y No Binaries– cumplió ¡35 años! Es decir, 35 ediciones consecutivas (la última virtual) de reuniones multitudinarias con espíritu y praxis plural, federal, democrática y horizontal. Tal vez en ningún lugar del mundo existan espacios feministas de equivalentes antecedentes y envergadura.

“Todas las leyes conseguidas a fines de siglo pasado y de este son frutos de los Encuentros Nacionales de Mujeres, con las redes y campañas allí pergeñadas”, nos recuerda Nina Brugos (ver “De mi experiencia militante…”).

La primera reunión del Encuentro, en el Centro Cultural San Martín de Buenos Aires, convocó en 1986 a mil participantes. Y la previa al gran primer NUM, que se realizó en la ciudad de Salta en 2014, contó con la presencia de unas 40 mil personas. Cuatro decenas de miles de mujeres, lesbianas, trans inundaron entonces las calles de la capital de la conservadora provincia norteña llevando consignas como «Basta de femicidios» y  «Que la Iglesia no se meta, aborto legal ya».

Apenas unos meses después, explotaba el Ni Una Menos en cientos de ciudades y pueblos de todas las provincias del país de donde provenían esas activistas. Cinco años más tarde, el Congreso de la Nación legalizaba la interrupción voluntaria del embarazo, un enorme logro de la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito que se originó, justamente, en uno de los Encuentros.

Claro que por esa época (¡apenas seis años atrás!), los medios tradicionales, en el naturalizado ejercicio de subestimar las luchas colectivas de esos seres incómodos: las feministas, casi no cubrían los Encuentros en los que se gestaba el enorme movimiento que somos hoy. Y cuando lo hacían en las primeras páginas, era para despotricar, con actuada estupefacción, contra las paredes pintadas de grafitis activistas; pero casi nunca para difundir en profundidad los planteos sobre la necesidad de avanzar hacia la justicia de género.

Aquel 3 de junio

Sin embargo, en junio de 2015, con las calles desbordadas de mujeres que reclamaban nuestro derecho a no morir asesinadas, tras femicidios de mujeres cuyo nombres e historias nunca olvidaremos (como Paola Acosta, Andrea Castana y Chiara Páez, entre muchas otras), los grandes medios descubrían la (magnitud de la) violencia de género. Aprendían que no había que hablar de “crímenes pasionales” sino de femicidios. Y los periodistas y productores comenzaban a anotar en sus agendas teléfonos de feministas (periodistas, académicas, sindicalistas…) como fuentes necesarias y urgentes para sus coberturas.

Por supuesto, hubo precursoras. La Red Par, desde 2008, venía repartiendo en las redacciones y medios de Córdoba y de otras provincias el Decálogo para el tratamiento periodístico de la violencia de género. También fueron comunicadoras y periodistas grandes protagonistas de ese primer NUM.

En marzo de 2015, rememora la escritora Natalia Ferreyra, un grupo cordobés de once comunicadoras y artistas se hicieron eco de una lectura, llamada “Ni una menos”, que se estaba organizando en Buenos Aires para manifestarse contra los femicidios. Fue la antesala para que esas tres palabras se transformaran en el nombre propio de un movimiento que iba a sacudir por siempre el cómodo letargo del machismo estructural.

En un sentimiento compartido de estupefacción por los asesinatos que nos dolían a todas, el mencionado grupo replicó la iniciativa en la ciudad de Córdoba. Fue un acto emotivo en la explanada del Museo de las Mujeres, frente a una Legislatura provincial que todavía estaba en la calle Rivera Indarte. La cobertura mediática de la actividad fue inédita: el compromiso de periodistas aliades, clave.

Unos días más tarde, ante nuevos femicidios, desde Buenos Aires lanzaron una convocatoria a marchar y, en Córdoba, como en el resto del país, se comenzó a gestar aquel día histórico.

Para ello, esas once comunicadoras y artistas, que comenzaron a llevar el nombre del Colectivo Ni Una Menos Córdoba, se juntaron con algunas dirigentes de partidos de izquierda. Unos días más tarde, ampliaron la invitación a otras referentes y organizaciones feministas. Y así se iniciaron las reuniones (que luego se llamaron Asamblea Ni Una Menos) en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba para organizar la gran movilización del 3 de junio de 2015.

Las adhesiones se multiplicaron, los medios no dejaban de hablar del tema, el espanto ante la violencia de género en su forma más extrema no cedía. Llegó el día elegido y las calles se desbordaron. Nunca más, “nunca más”, fue lo mismo. La revolución pacífica estalló.

Esplendor feminista

A partir de allí, hemos vivido seis años de esplendor feminista en un país y continente cuyas desigualdades constitutivas dan cuenta de que la violencia de género es una manifestación de causas profundas y sistemáticas.

Allí se encuentra el fuerte de las propuestas feministas, no exentas de tensiones, y su poder transformador: llegar al núcleo duro de las desigualdades. No nos quedamos en la necesidad de que existan políticas públicas que busquen prevenir y sancionar las violencias contra las mujeres: planteamos que las violencias son parte de un sistema de múltiples capas de opresiones. Y que tenemos que cambiarlo.

En palabras de Norma Sanchís, “es una revolución que vino para quedarse y que no significa solo el hecho de tener una presencia femenina dentro de muchos espacios sino de ser portadoras de propuestas de transformación”.

No es casual, justamente, que a las movilizaciones de NUM se sucedieran los paros de mujeres durante los 8 de marzo con el objetivo de recuperar y actualizar los sentidos del Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras. Y que estos movimientos hayan aparecido en América Latina –y en la Argentina con Mauricio Macri– en un contexto de recambio de gobiernos más conservadores y de tendencia neoliberal.

Mientras tanto, en estos seis años, en el país conseguimos avances increíbles. Merecen ser celebrados, aunque la pandemia hoy esté dando vuelta nuestras vidas, nuestras formas de vincularnos y nuestras prioridades.

El aborto legal, seguro y gratuito; la ley Micaela; los ministerios de las mujeres y diversidades nacional y provinciales; la ley de paridad en cargos de representación política, y la ley contra el acoso laboral son solo algunas conquistas que hacen a la institucionalidad. Pero, sobre todo, en este período post NUM ha avanzado un cambio cultural profundo que también genera nueva formas de relacionarnos y nos obliga a pensar el mundo que queremos.

Nadie sabe cómo seguiremos, qué sucederá en este contexto de incertidumbres. Estamos ante el nacimiento de un mundo nuevo, no necesariamente mejor, donde la precarización de la vida y el aumento de las desigualdades parecen no tener techo. No deja de ser, en definitiva, la consecuencia de gestionar la pandemia con las herramientas de un sistema económico global que ya tendían a la exclusión de gran parte de la población.

Lo que sí está claro es que la fuerza colectiva de los feminismos tampoco parece haber llegado a un techo. Hay esperanzas: aprendimos y defendemos que no hay justicia de género sin justicia económica. Y que somos muchas, muches para salir a la calles a recordarlo.

* Trabaja en el Fondo de Mujeres del Sur. Fue integrante del Colectivo Ni Una Menos (2015-2017) y periodista de La Voz del Interior (2005-2015).