Nadie quiere una editora de género

Nadie quiere una editora de género

Los modos de contar las noticias sobre las violencias siguen siendo discutidos en las redacciones periodísticas y no hay legislación al respecto que alcance. Son las periodistas, las comunicadoras feministas, las editoras de género en los medios las que aceleran el camino sin retorno a la comunicación igualitaria.

Por María Soledad Ceballos

Hace algunas semanas la cronista de un programa de televisión de aire, tal vez uno de los más vistos en las mañanas cordobesas, contaba -en tono casi burlón- que el número de llamadas telefónicas al ministerio de las Mujeres había crecido exponencialmente por parte de varones. Seguía la cronista, construyendo noción de realidad para quienes la escucharon, que en el contexto de pandemia muchos hombres denunciaban no soportar más a sus mujeres.

Aun sin pretensión de gastar ríos de tinta (digital) sobre todo lo que esa crónica habilitaría analizar si de comunicación no sexista pretendemos hablar, uno de los puntos recurrentes que circularon entre grupos de colegas periodistas fue el camino laberíntico que conduce siempre a la urgencia en la formación profesional.

No es el descubrimiento de la pólvora periodística decir que de un tiempo a esta parte urge revisar cada uno de los planes de estudio de las carreras de formación en comunicación para incorporarles de manera transversal la perspectiva de géneros. Esa sería una de las vías más seguras para avanzar fuertemente en el cumplimiento del derecho a la comunicación, tal como las legislaciones nacionales en la materia y todas las recomendaciones internacionales lo demandan y exigen.

Hasta tanto ese recorrido se ponga en marcha de manera integral ¿qué están haciendo los medios, tanto en sus soportes televisivos, gráficos, sus portales web y, en menor medida, las radios? ¿Qué estrategias se han dado para alinearse con la demanda histórica del movimiento feminista en torno a la comunicación? ¿qué están inventando para no quedar fuera de la corrección política del momento?.

Cada interrogante abre un capítulo extenso que no podría agotarse ni en cientos de reuniones de blanco, mesas periodísticas, reflexiones comunicacionales, cuestionamientos académicos y disputas de poder. Y tal vez sean estos los tiempos de seguir tirando esas piedras.

Sin embargo, un primer ensayo de respuesta estaría en el rol, impensado hace no más de ¿cinco, siete, diez años con mucha fuerza?, que hoy comienzan a construir las editoras de géneros en los medios de comunicación.

El paraguas por donde a veces llueve

Nadie quiere una editora de género

En Argentina, tal vez sea la Ley 26485, de Prevención, sanción y erradicación de las violencias contra las mujeres, de marzo de 2009, el paraguas legal nacional para comprender la importancia de que la comunicación puede ser uno de los modos a través de los cuales se ejerza violencia. Tanto la definición de la violencia simbólica como de violencia mediática citadas en la ley referenciada son claras y contundentes al respecto. 

En octubre de ese mismo 2009 la Ley 26522 de Servicios de Comunicación Audiovisual sumó elementos que, aún siendo exclusivos de los medios audiovisuales como la radio y la TV, volvió más sólido el piso desde donde comprender y discutir no sólo a la comunicación como un derecho sino además el derecho a que esa comunicación sea igualitaria, no sexista ni estereotipada (el artículo 3, inciso m, y los artículos 70 y 71 son claros al respecto).

Con estos recursos ya hechos letra de ley, las periodistas y las comunicadoras feministas continuaron el incesante reclamo por su cumplimiento y por la transformación de los modos de decir y contar desde los diarios, las pantallas y los micrófonos. Aun con ley, aun con organismos decididos a formar en la perspectiva, aun con la multiplicación imparable de recomendaciones y sugerencias sobre cómo comunicar sin naturalizar violencias por razones de género, aun con los datos de monitoreos sobre medios, con las sanciones aplicables, a las pruebas de titulares que reproducen violencias, de minutos de aire que discriminan por identidad de género y de cronistas sin formación, nos remitimos: Falta un buen rato para que los medios se transformen y modifiquen los modos de decir.

Entonces, ¿quién necesita una editora? 

Si a la luz de esas leyes, de problematizar y reconstruir los modos de hacer periodismo en clave de géneros, el piso se consolida, fue y sigue siendo necesario pensar ahora en los trampolines.

Es entonces cuando comienzan a estrenarse nuevo roles y espacios en ya muchos, aunque no los suficientes, medios de comunicación en Argentina: se incorpora la figura de Editoras de género en los medios de comunicación. Las primeras celebraciones llegaban de la mano de editoras en medios de Buenos Aires. Las pioneras sin dudas fueron abriendo el camino en diarios porteños de tirada nacional: Diana Maffía en Perfil, Mariana Iglesias en Clarín y Gisele Souza Dias, en Infobae. Luego el mojón siguió en la Universidad Nacional de Córdoba, en el Multimedio SRT, con Gabriela Weller inaugurando la tarea de primera editora de género. Periodistas con muchos años de oficio, comunicadoras con amplia formación en género, redactoras especializadas o sensibilizadas en la temática, asumen la inmensa tarea y responsabilidad de hacer decir al medio de un modo igualitario y no sexista.

El lugar de las Editoras de género en los medios de comunicación comienza no sólo a procurar incidir en los modos de construir la información desde el paradigma de los derechos humanos de las mujeres y las disidencias, sino que además, y sin dudarlo, disputan espacios de poder. Y cuando todos los estudios y relevamientos y monitoreos siguen demostrando que dentro de la estructura de los medios sigue habiendo desigualdades en los roles y tareas, en los lugares de toma de decisiones las diferencias se profundizan. Las Editoras de género también deben lidiar con ese temor a la disputa, o mejor, con el equilibrio y la distribución del poder.

Como botón de muestra, desde El Tajo recuperamos las experiencias, avatares y recorridos de las editoras de género del sistema de medios de la Universidad Nacional de Cuyo, del diario El Tribuno, en su edición jujeña y la experiencia inédita de Radio Nacional para intentar trazar un mapa entre los obstáculos, los desafíos y los horizontes de ser la “policía del género”.  

Julia López es egresada de la Facultad de Ciencia Política y Sociales, formada en derechos humanos y género y desde noviembre de 2019 es la editora de género en el sistema de medios que tiene la UNCuyo en Mendoza. No era parte del multimedio. Una radio, un canal de televisión y un portal de noticias son los que mira con lupa feminista Julia. “Hay mujeres en puestos de editoras, pero no había ninguna editora de género particularmente”, comienza. “Si bien los contenidos suelen construirse desde una perspectiva de derechos, lo cierto es que a veces hay cosas que se escapan a los conocimientos periodísticos”.

Consultada sobre la posibilidad de imaginar la producción de contenidos no discriminatorios en los medios, Julia plantea que muchas veces hay buenas intenciones, pero lo que falta es el marco teórico. Su aterrizaje como editora no dejó de generar miedos en el medio: convertirse en un medio feminista es el límite que parece no se está dispuesto a atravesar. Nadie dijo que ser editora es simple, sin embargo, el rol que vienen cumpliendo es de construcción y aprendizaje, sin gorras azules puestas.

“Hemos tenido instancias de formación que han sido muy interesantes y donde hay distintos panoramas: están quienes resisten las ideas que comparto y se nota con un silencio profundo y constante; hay quienes tienen mucho para aportar y nutren el debate; y hay quienes están ‘descubriendo’ el feminismo y se dan cuenta de ciertas cosas al descorrer el velo”, plantea la editora de la UNCuyo. 

Sí hay patrones comunes que tal vez se repiten en varias de las experiencias de las editoras y que tienen que ver con el (ab)uso de los tiempos de cada jornada laboral de esas editoras y con el desdibujamiento de los objetivos que ese rol traza.  

Para Julia López, asumir su rol también le ha implicado escribir notas para el portal web o intervenir en los programas de manera directa, como columnista. “Me cuesta transversalizar la perspectiva, instalar la idea de que la perspectiva de género la tienen que incorporar todxs y no soy sólo yo la que viene a hablar de géneros y feminismos”.

Aún así, la posibilidad de incidir, aportar contenidos, sugerir edición de títulos, imágenes o desarrollo de información en las notas para el canal o el portal viene siendo una tarea más o menos posible. “Está muy bueno que los medios de la Universidad pública de Mendoza cuenten con esa herramienta”, concluye Julia sobre la importancia de estar allí. 

La experiencia de Carmen Amador en el diario El Tribuno, en su edición jujeña, es distinta. Carmen hace más de 12 años que trabaja como redactora en el diario y es la única editora de género en un medio privado en toda la provincia de Jujuy. El Tribuno ya tiene 37 años de historia y tiene una versión digital, además de la edición en papel.

A finales de 2019 y no sin antes pensarlo en términos profesionales y repensarlo en términos personales, se estrenó en el rol. Menuda tarea, a partir de una iniciativa que propone a los medios crear el rol de editora de género. El convenio al que se refiere Carmen es el acordado entre el Tribuno de Jujuy (el único que avanzó en la creación del cargo) y la Iniciativa Spotlight, que puso en marcha ONU Mujeres, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Argentina y que se implementa en Jujuy, Salta y Buenos Aires.

El rol de editora que desempeña Carmen en el diario es ad honorem, esto es, desarrollar la inmensa tarea de editar lo que se publica dentro de su horario laboral habitual. Cuando asumió su tarea supo que se enfrentaba ante una responsabilidad muy grande, “porque estoy convencida que si asumí el rol es para trabajar seriamente. Era una necesidad que el diario tuviera este rol porque había errores, y seguramente seguiremos  cometiendo algunos otros; hay intercambios de trabajo con lxs colegas que nos debíamos y que son necesarias”. Carmen forma parte de un colectivo de periodistas feministas en Jujuy y se sumó a la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.

Nadie le dijo que la tarea era simple. Ya lleva seis meses en el rol y la complejidad de la tarea se muestra a diario, afirma, “a ningún periodista le gusta que el/la editor/a le observe la nota y le proponga cambiarla o incluir otra mirada u otros protagonistas o entrevistadxs. En policiales tenemos charlas que tienen que ver con incorporar la perspectiva de géneros. Al periodista de judiciales o policiales le cuesta mucho desapegarse de la voz oficial de la justicia o la policía que le generan seguridades y eso hace que sea un desafío, porque juegan también ansiedades y susceptibilidades”.

En la edición con visión de géneros no sólo se ponen en debate palabras a modificar, sino además preconceptos, estereotipos y desconocimientos que ya están naturalizados. Esa tal vez resulta la barrera más compleja a derribar.

Para Carmen, su primera etapa como editora ha sido erradicar errores en la escritura, en la titulación y en la elección de las fotos y además, ser cuidadosxs y respetuosxs con las víctimas, con sus familias. “Creo que es posible transversalizar la perspectiva en la comunicación, no sin traspiés, porque forma parte del proceso y creo firmemente en que en el futuro no va a hacer falta la edición sino que todxs vamos a tener incorporado como parte de la práctica profesional y la responsabilidad profesional escribir con visión de género”.

Los tiempos de la transformación, de la incorporación de la mirada de género, no son inmediatos. Todavía no hay evidencia clara sobre la incidencia real de su trabajo. Carmen Amador está convencida de “que los cambios son procesos colectivos, que llevan su tiempo y que hay que calmar las ansiedades, tratar de generar el cambio que nos incluya a todxs como profesionales y confiar que la incorporación de la perspectiva se dé de modo más natural”.

Nadie quiere una editora de género. Todos los medios de comunicación necesitan de ellas. Hasta que todo sea como lo soñamos.


Área de Género en Radio Nacional: Una experiencia superadora

Si tuviésemos que hacer un top five de las radios que históricamente han allanado el camino para las demás, sin dudas Radio Nacional -no sólo en Buenos Aires sino en todas sus emisoras- estaría en esa lista de las primeras cinco. Y si hace 15 o 10 o apenas cinco años atrás se decía que para las 49 emisoras se conformaría un área de géneros, no muchxs lo habrían creído.

Amanda Alma y Romina Ruffato son piezas centrales en la construcción de la apuesta por la profunda transformación de Radio Nacional.

Cuando empezaba el año se conformaba formalmente el Área de géneros en la emisora pública más grande del país: un espacio jerarquizado de profundización de los debates que amplifica y permite abordar más dimensiones, da mayor transversalidad en todos los ámbitos y en todas las emisoras (incluida Nacional Rock en FM). 

Amanda Alma es periodista en Nacional y en la señal Diputadxs TV, además de ser una histórica aunque joven militante lesbofeminista. “Es una propuesta superadora, diferente, porque apunta a plantear que dentro de los medios no hay solamente una persona que tiene perspectiva de géneros, sino que más personas pueden aportar experiencias: al Área la integran compañeras de producción, del informativo, de locutorxs, de la rock”. Esto implica no sobrecargar a una sola persona con todo el trabajo, amplifica la perspectiva, incorpora debates amplios y genera que el contenido sea realmente transversal.

El Área se está construyendo con la red de trabajadoras de las 49 emisoras que la radio pública tiene en todo el territorio nacional, con el Área en el rol de coordinación, no para centralizar, sino para jerarquizar la información. En el primer mes, dice Amanda, no sólo se ha intervenido en las noticias, sino también en la producción; en qué tipo de información se puede construir con mayor profundidad sobre la agenda y cómo incorporar las distintas miradas de la realidad. “Es una experiencia novedosa. Tiene diez años de construcción, dispersa, pero que consolida y jerarquiza la capacidad de producción de sentidos vinculados a la agenda, ausente en los medios de comunicación”.

La identificación de los obstáculos en este proceso es relativamente simple para quienes llevan ya un buen tiempo recorriendo redacciones y feminismos. Tanto Romina como Amanda coinciden en que “el principal obstáculo tiene que ver con cierto desconocimiento de qué se trata la tarea del Área y por qué es importante conocer las normas y las leyes sobre los medios de comunicación en nuestro país”. Y continúan: “fue y es difícil que se entienda que es un área de trabajo real, formal. No es un hobby, no es que lo hacemos cuando nos sobra el tiempo. Este es nuestro trabajo y es importante que un medio público cuente estas realidades, de manera correcta y veraz, con profesionales que se han formado muchísimos años para esto. 

Y Alma va más allá. “Hay una posición políticamente correcta de que este es el momento para este tipo de política y práctica. Después de tantos años de periodismo de género, de la función de la Defensoría del Público y de las experiencias de las editoras, un medio público tan grande como Radio Nacional requiere algo más que una individualidad”. 

Es distinto porque no se trabaja en términos verticalistas. Una editora no deja de ser editora que, por lo general, define qué temas se cubren, desde dónde se hace la cobertura, encarga desarrollar tal tema y después edita. La apuesta a la construcción colectiva en esta experiencia es jerarquizar la perspectiva de géneros a partir del trabajo en equipos, sin desconocer la tarea que muchas compañeras hacen en forma individual desde hace muchísimos años.

La apuesta en Nacional está hecha y, pandemia mediante, las expectativas están puestas en consolidar su trabajo, instalar materiales propios en todos los formatos de la AM y las FM, tener presencia, “que nuestrxs compañerxs nos consulten ante un hecho que tenga que ver con género, que sepan que estamos nosotras para ser consultadas”.