Mujeres de fuego

Mujeres de fuego

En la Red Pueblo Alberdi, mujeres de diferentes organizaciones se organizaron para ayudar con los temas urgentes y prioritarios. Alrededor de las ollas populares, ellas construyen y gestan políticas de cuidado ante un Estado que no siempre llega a tiempo.

Por Myriam Mohaded

Organizaron copas de leche, merenderos, ollas populares, roperos comunitarios, sembraron, cultivaron plantines, pintaron murales, buscaron fondos, cocinaron, repartieron alimentos, tejieron redes. Fueron principalmente las mujeres quienes se pusieron al frente ante la urgencia por un plato de comida y por las múltiples acciones que sostienen los vínculos de cuidado. No siempre se reconocen como feministas. Pero estuvieron y están presentes en cada uno de los apremios colectivos.

Pueblo Alberdi es un espacio multisectorial que involucra centros vecinales, clubes, escuelas, espacios culturales y comunitarios e iglesias de Alberdi, Alto Alberdi, Villa Páez, Marechal y Villa Siburu; todos barrios de la ciudad de Córdoba. Con un oído atento para atender las necesidades más acuciantes, las ollas populares de esos barrios se sostienen -en gran medida- con su trabajo cotidiano.

Olla popular en barrio Marechal

Susana  Luna asumió como presidenta del Centro Vecinal de Villa Páez en 2016. Desde entonces, vive un compromiso renovado con sus vecinas y vecinos. “Veníamos trabajando fuerte en distintas actividades y eso fue lo que nos permitió, cuando entramos en el ASPO, estar organizados y armar una red de ollas populares. Considero que los centros vecinales y las organizaciones sociales fuimos los primeros en dar respuesta al inicio de la pandemia. La gente de barrios populares, como los nuestros, viven una realidad distinta; no es como en otros sitios donde hay un sueldo mensual y es posible quedarse en la casa. Acá no hay laburo formal. Se les pedía que hagan la cuarentena pero se vive al día de lo que se trabaja y hay que salir a buscar la comida”, comenta.

Centro vecinal Villa Páez

Susana sabe lo difícil que resultó  cumplir con el aislamiento, por los innumerables problemas habitacionales de su barrio. “Muchas personas viven en pensiones, hacinados, por eso se usa tanto la calle. Aunque también es un tema cultural porque a las y los vecinos de Villa Páez les gusta habitar el espacio público”.

Por estos días, la olla popular de Villa Páez funciona por la tarde. Los vecinos llegan a la calle Zanni, a pie o en bicicleta, para cerciorarse de los horarios en los que se reparte la comida. Mientras tanto, un grupo de mujeres y varones acomodan los mesones para entregar las raciones. Para Susana, brindar un plato a quien lo necesite es muy satisfactorio: “Un día se llevaron 700 porciones; pero mejor es que no vengan porque eso significa que, o bien ya tienen comida, o la situación económica se les acomodó. Mientras tanto, lo bueno fue poder dar respuesta en un momento en que teníamos una gran incertidumbre. Pero esto va más allá de la comida, expresa que ellos supieran de alguna forma que tienen dónde apoyarse, que uno piensa en el otro”.

Conversar sobre los temas que les importan, macerar las ideas, hablarlas con otras mujeres; todo eso forma parte de un modo de construir y pensar juntas opciones para salir adelante.  “El rol de la mujer es principal en la familia, en la sociedad. Ellas tuvieron que salir a buscar para que no les falte la comida a sus hijos y es muy injusto porque, de alguna manera, siempre tienen que estar ofreciendo respuestas a todas las demandas, siendo que no es sólo su propia responsabilidad”, asegura.

La violencia hacia la mujer es uno de los temas que más preocupa en el barrio. Un grupo de las más jóvenes pintó e instaló, en la Plaza de la Mujer (Costanera cerca del puente Cantón), un “violentómetro”, con imágenes que permiten detectar los distintos tipos de agresiones para dar cuenta de cómo crece el problema. “La violencia se  profundizó en todos los barrios y se ve de todo tipo, desde la personal que puedan vivir en sus casas hasta la institucional. Por ejemplo, a una mamá se le enferma un niño o niña y hay que salir a buscar ayuda, un médico. Y en los hospitales no siempre encuentran una buena atención. Llegan con sus hijos enfermos y reciben maltrato”.

Por eso es que para Susana Luna lo primero fue buscar entre ellas cómo dar respuestas: “Varias de las pibas hacen cursos con la ley Micaela; y en los centros vecinales piden que se reconozca la Secretaria de Género porque, si bien abordamos la problemática, no está institucionalizada en el Estatuto del Centro Vecinal. También hacemos las muraleadas y otras actividades donde ellas se acercan. Allí se arman vínculos y surgen otros temas. Ahora estamos en un proyecto que ganamos con Puntos de Cultura[i] para armar un invernadero donde las vecinas del barrio sembraron plantines para vender, además de otras actividades de encuentro y formación”.


Mariela Carrera es presidenta del Club Atlético Villa Siburu Central donde, desde marzo hasta octubre, se brindaron alrededor de 300 porciones diarias a niñes del club y sus familias, personas mayores solas y otras cercanas a la institución, todos vecinos de Alto Alberdi, Urquiza, Alberdi y El Bordo.  La cocina diaria se sostiene en un planteo mixto de mujeres y varones.  Ellas son “mamás del club”. 

Mariela, presidenta del Centro Vecinal Villa Siburu

Desde que comenzamos a participar socialmente, vimos la necesidad de las y los vecinos, porque el nuestro es un club de barrio y solidario. Hay que cumplir con esa mirada social por sobre todas las cosas. Por el aislamiento, la actividad del Club Deportivo mermó, pero surgió la necesidad de brindar un plato de comida a las familias del sector que perdieron su trabajo. La mayoría vive el día a día, y se quedaron sin ingresos.  Por eso, cuando comenzó la pandemia, la decisión  fue automática: darnos una mano entre todos”.

Mariela comenta que, después de siete meses de continuo funcionamiento de la olla popular, ahora se realiza dos días a la semana, “según los ingresos, lo que tengamos y lo que nos llega para cocinar«. Y afirma: “Es un trabajo que se hace de forma solidaria”.

Reconoce que la acción de las ollas populares lleva a involucrarse en otras situaciones: “Ante todo, temas de la vida cotidiana. Las madres estuvieron preocupadas en este tiempo, por ejemplo, por problemas de salud que se acrecentaron. Hay dolencias y algunas cuestiones como la necesidad de medicamentos, vivienda o falta de conectividad de los chicos para hacer sus tareas. Tener a sus hijos todo el día en casa hizo que surgieran también problemas como la necesidad de contención psicológica por adicciones y aumentaron las situaciones de violencia. Nosotros hemos trabajado en redes para solucionar esos temas. Ellas tratan de ser contenedoras hasta con las tareas del colegio, y nosotras  intentamos ver cómo contener a las madres, que sostuvieron tanto tiempo a sus hijos en la casa, a veces sin saber qué hacer con todo lo que se les venía”.

Mariela Carreras respira y hace una pausa, mientras termina las compras en la feria. “Lo que nos mueve es el amor por el prójimo, sin eso sería muy difícil cocinar con tan pocos recursos para tantas personas, más allá de que nos llegan aportes solidarios de muchos sectores, clubes, fundaciones, instituciones del barrio. A todo el que pueda ayudar se lo hemos pedido, incluso hasta a los mismos comensales de la olla”.


Marcela Yaya se sumó como voluntaria de Pueblo Alberdi. “Cuando empecé a dar una mano, estaban ya mujeres militantes, vecinas, que vienen trabajando desde hace años. Si bien ya había ollas populares, con la pandemia se empezaron a notar más las carencias y los comedores se multiplicaron. Por ejemplo, desde la calle Hualfin (que corresponde al Centro Vecinal Alberdi) vinieron vecinas y vecinos que se sumaron para ayudar. También sumó el Club Belgrano prestando las instalaciones para hacer la olla, que continúa los miércoles y los sábados. De alguna manera, se incrementó la necesidad de alimentación; aunque se habilitaron muchas cosas en Córdoba, la situación para algunos no cambió. Actualmente, hay diez comedores inscriptos”.

Cocinando en el Pasaje Centeno

Marcela explica el sentido de trabajar en la red para lograr, justamente, que en ese tejido barrial nadie se quede sin las necesidades cubiertas. Ella destaca la autonomía de las organizaciones: si bien hay muchas que se sumaron a la red también hubo quienes siguieron de modo independiente. “Lo cierto es que la mayoría de las ollas están encabezadas por mujeres. De hecho casi el noventa por ciento y, a su vez, reúnen a otras mujeres”, afirma.

Trabajar con las organizaciones les permitió trazar un diagnóstico. Cuando fue el pico de la pandemia y los espacios tuvieron que cerrarse, pudieron conocer qué familias estaban en mayor riesgo y acompañar con asistencia material o bien articular con el Centro de Operaciones de Emergencia (COE) para saber cómo proceder. “Las ollas son un espacio que contiene, porque si se necesita un plato de comida hoy, lo tienen; pero también era decir: acá tiene que estar el Estado. No se trata solo de asistir, sino que entre todes podamos buscar herramientas para lograr autonomía. Leer juntos planes, inscribirse, saber de qué se trata, porque creemos que la salida es colectiva.  Y así, se fueron sumando propuestas: educación, espacios de género, hasta se llegó a forjar la mesa de concertación para la recuperación de la cervecería[ii].  Todas son acciones que surgen y se llevan adelante desde el trabajo en la red”.

“Las mujeres participan porque creen que hay que ayudar”, dice ante la pregunta sobre el auto-reconocimiento de los feminismos. “Sí, hay un alto trabajo de activismo. Incluso muchas veces pensaba, cuando se hicieron los barbijos, `quedarte en casa no es lo mismo que callarte en casa`, aunque a veces no se exprese como tal”. La acción va adelante de la teoría. Pese a que aún no hayan tenido tiempo de sentarse para hablar de otras cuestiones que también urgen, como el vecino al que se le quemó la casa, otro que está en situación de calle o que hace falta una silla de ruedas. Pero aquí, las mujeres siguen trabajando.


[i] Puntos de Cultura es un programa del Ministerio de Cultura de la Nación que brinda subsidios y apoyos a organizaciones sociales y colectivos culturales que desarrollen iniciativas artísticas y culturales que promuevan la inclusión social.

[ii] Se refiere a la antigua Cervecería Córdoba y a un proyecto para recuperar y gestionar el edificio ubicado frente al río Suquía, ícono de Alberdi.