Mi propio héroe en este lío

Mi propio héroe en este lío

Nacer varón en un cuerpo diferente; expectativas frustradas y desobediencia precoz. Jugar como super héroe y amar como humanx; experiencias de una vida en la dimensión paralela, igual a otras y distinta a las demás.

Por Santiago Merlo

Nacer

Llegué a este mundo el 16 de noviembre de 1975. Nací en el Hospital Regional de Villa Dolores, Córdoba, cubierto por el “Manto de la Virgen”, la placenta de mi mamá Inés. Dicen en el campo que el bebé que llega al mundo en esas circunstancias será ciego. Las enfermeras, al verme, empezaron a rezar. Fuera de la sala de partos, mi papá Carlos esperaba ansioso, hasta que mi llanto inundó el pasillo y habitó todo el espacio.

Una hora antes, él había sido atacado en los ojos por un enjambre de abejas, mientras empujaba el Chevrolet gris de mi abuelo para hacerlo arrancar fuera del galpón y trasladar a mi vieja al hospital. Fue tan grande la hinchazón que se le perdió la nariz y apenas podía abrir los ojos. Mi madre le pidió a Santa Rita, patrona de lo imposible, por el nacimiento y por las picaduras.

Febrero de 1976, en brazos de mamá Inés

De Santa Rita se dice que, cuando era bebé, mientras dormía, abejas blancas se agrupaban en su boca y depositaban dulce miel sin hacerle daño y sin que llorara. Que las abejas curan, además de alimentar… Lo supe hace poco.

Me esperaban como “Pablo Andrés” pero el doctor Darwin le dijo a mis xadres que habían tenido una nena (la ciencia es una contradicción en sí misma), y eso asentaron en mi partida, cambiando el nombre a su homónimo femenino. Lo llevé durante 39 años, cargando con el peso de todos los estereotipos y las expectativas asociadas al género asignado al nacer, con el vacío inmenso de quien vive sin ser, ausente de su propia historia.

Jugar

No sé bien cómo funcionan los mecanismos de supervivencia, el camuflaje, la adaptación; de dónde sacamos herramientas, fuerzas, cómo se procesan las cosas… Solo sé que me convertí en un precoz desobediente del mundo y sus reglas, con enorme sentido de la justicia desde que tenía un metro de altura.

Me convertí en “Superman”, ese fue el nombre que elegí en jardín de infantes, alejándome de todo lo que no me representaba porque sentía que llamaban a otra persona. “Superman”, sus poderes y su capa, mi súper héroe favorito, mientras enviaba mensajes secretos en sala de 5 con sellos de papa.

Y así crecí, jugando en mi dimensión paralela (aún hoy juego), escapando de ella cuando me agobiaban los comentarios correctivos, las miradas que juzgaban, obligándome a encajar. ¡Qué barbaridad todo lo que se espera de un nene de trenzas largas, en cuero y en patas, que solo quiere jugar y preguntar cosas!

En mayo de 2015, tras 39 años de llevar oculta mi identidad de “Superman”, solicité la rectificación de mis datos en virtud de la ley de Identidad de Género (sancionada tres años antes), en el Registro Civil de la calle Caseros. Mi nombre, Santiago Andrés Merlo, sería para toda la vida lo mejor que escuché de mi propia boca. Por fin podía decirle al sistema de salud (personalizado en aquel médico que me recibió) que se había equivocado, y a mi mamá y mi papá que, efectivamente, habían tenido ese hijo deseado. Solo que pasaría bastante tiempo hasta que pudieran recibirlo en sus brazos.

Amar

Convivir tantos años con el hombre que amo ha sido y es la experiencia más fuerte de mi vida. Muchas veces intenté dejarlo, me ponía de mal humor su cobardía, su voz desconocida (hace tres años que habla, que habla y dice), que huyera de sí mismo y no me llevara consigo. Me llenaba de impotencia que se conformara con cualquier cosa, ubicándose al final de la fila, aunque, por su capacidad, yo lo hubiese ubicado siempre primero. Lo he visto sonreír rompiéndose por dentro, dándolo todo, sin que quedara nada para mí, para nosotros. Amar es también perderlo todo y estar de acuerdo.

Vivir con él es entregarse a la madrugada, al insomnio, a una pastilla SOS o a un ritual de luna en la orilla del río. Es cerrar pactos con la luz y la oscuridad, sostenerlo cuando se cae, sacudirle el pantalón, llevarlo al camarín para que luego se reúna con un público de Mupets. Amarlo es rescatarlo cuando se hace bollito en un rincón, cumpliendo la penitencia de su propia e implacable valoración.

“Nos va a matar el amor romántico un día de estos”, le digo. Pido tregua y pido paz. Entonces el hombre que amo me despoja de mi orgullo y también de mi banalidad… perdona mis infidelidades, lame mis heridas, roza mis zonas erógenas, abre su camisa y su alma y me hace el amor… Me ama con la misma fuerza de los torbellinos que vienen de las entrañas, corazones en reparación que hacen ruido al parpadear. Nos extasía la vida como si no existiera un mañana… acaba él, yo y todo lo demás.

¡Qué difícil es amarte, pequeño gigante!

Con trenzas, en cuero y en patas

Sobreviviente a los hombres que te engañaron con su “prueba de amor” para arrebatarte, en un sutil chantaje, tu consentimiento y tu decisión. Las presiones que cesaban si decías que sí, si habilitabas sin cuestionar, si accedías sin llorar.

Se cayeron después de tanto tiempo esas máscaras que hostigaban, llevándote a sostener historias de mentiras en un pueblo chico donde se pagaba muy caro ser “la tortillera del pueblo”, a la que seguramente no cogieron bien al punto de que ahora quiere ser un hombre.

Sin embargo, mi amor, hecho de todo aquello y todo lo nuevo que te ofrece mi universo, espero que sostengas este cielo donde habitamos juntos sin deberle ni la sombra al pasado.

Ahora mirá, hermoso varón trans, nos aman poetas y poetisas locas, que cuentan historias de bosques y pantanos, de transiciones y helados, de frutas y postre de caramelo, de globos y copos de azúcar, de noches y mañanas de sol.

Nos aman quienes también sufrieron violencia, discriminación, estigmatización, ausencia de familia y abrazos. Nos aman nuestros ex, que por fin comprendieron que ser hombres era mucho más, y admiran en nosotros el tipo que nunca llegarán a ser.

Nos aman las amigas que salvamos por las noches, cuando una fiesta se acaba y vamos a casa sin riesgos, lejos del lobo citadino. Por dentro me paraliza el recuerdo, también tiemblo de miedo porque conozco como aprietan, asfixian y lastiman sus garras.

Nos aman quienes tienen heridas que se cuelan por sus ojos y sus mejillas; nos aman quienes sueñan con cosas sencillas todos los días; nos aman estrellas y gatos, todo el paisaje de cosas bonitas y garabatos. Nos aman compañeres de trabajo, de proyectos y militancia.

Nos aman todos los superhéroes sin capa ni poderes que hoy son parte de nuestra casa…

Hermoso “Superman” del Valle de los Comechingones, el que un par de veces probó su capa lanzándose desde una tapia… niño de trenzas largas, en cuero y en patas. ¿Lo ves?

También te ama una hija de 9 años para quien simplemente sos su pa-pá, en dos sílabas. No sabe o no le importa un carajo tu historia, cómo eras antes, cómo sos ahora, que quedó de vos.

Sin embargo, les unen batallas silenciosas sin nombre, evidentes en las cicatrices corporales. Quizá sea por eso que se profundiza el vínculo al tacto, reconociendo dolores, ausencias y logros vitales, tan vitales como sus terapias… ¿las terapias de quién?

La impertinencia de su ternura e incondicionalidad ponen patas para arriba tu mundo, “Superman”. Y en ese acuerdo tácito de traspaso de poderes, con una rodilla en el suelo, te quitás la capa y la cubrís a ella para siempre.

Y ahora, ¿qué vas a hacer, si sos un simple humano? ¡Qué miedo! ¡Qué miedo tenerlo todo! ¡Qué vértigo los sueños concretados!

Espero que esta vez no la cagues, que no intentes boicotearlo.

Mi amor, ¡a vos te sobran ovarios!

Audio de Santiago Merlo, en diálogo con Gabriela Weller.