Mala madre / mala hija: un inventario de culpas

Mala madre / mala hija: un inventario de culpas

Más de un centenar de respuestas viscerales escritas en primera persona sobre qué significa ser madre y ser hija en estos días. Vivencias que ponen en jaque la idea del instinto materno y que muestran el peso de los mandatos, todavía firmes como rocas. 

La falta de una casa “digna” para lxs hijxs, el aborto en soledad, la necesidad de volver a trabajar, los gritos de hartazgo, la falta de tiempo para jugar, las ganas de estar solas, el destete prematuro, la cena recién a la medianoche, el amor por otra mujer… Un inventario de culpas, deseos y posibilidades que hacen florecer múltiples nociones de maternidad y filiación, y que chocan con mandatos y expectativas pesadas como anclas medievales. Esa es una descripción de la riquísima diversidad de respuestas que El Tajo recibió a partir de una pregunta arrojada a las redes como una botella al mar: “Mala madre / mala hija. ¿Cuál sos vos?” 

No se trata de una encuesta ni de un relevamiento sistemático. Tampoco pretende demostrar nada. Es el menú -variado, conmovedor, sabroso y claramente interseccional- de los testimonios que llegaron en clave de catarsis, confesión o provocación. Son respuestas viscerales escritas en primera persona que, como una verdadera “literatura del yo”, no es posible ni justo sintetizar. Contienen una riqueza que sería un despropósito ignorar. Por eso aquí las compartimos en toda su extensión; casi como un diario de campo de las vivencias maternas y filiales, y como una invitación a reconocernos, a ejercitar la empatía, a conmovernos y también a sonreír. 

Frente a la desobediencia de los mandatos, aparecen con frecuencia la culpa, la frustración y la sensación persistente de no estar a la altura. Y sobre todo, la convicción de que otras lo hacen mejor. También aparecen, claro, varios padres, hermanos, ex maridos y jueces, en muchos casos encarnando la palabra autorizada, el saber y la norma. Y a veces, también, la violencia

Las “malas hijas” insisten con las “expectativas” de madres y padres que no pudieron cumplir. Frustraciones de hijas que no quisieron o no supieron cuidar lo suficiente, satisfacer el deseo de un título universitario, tener hijxs que conviertan a esas madres y padres en abuelxs, o mostrar empatía frente a la vejez. “Malas hijas” que reconocen limitaciones, pero también cuestionan expectativas desmedidas. Y también están las “no madres”, las que se definen por lo que no son, pero que sí son hijas. 

Entre las “malas madres” se repiten las culpas acumuladas por lo que se hizo y lo que se dejó de hacer en los primeros meses y años de vida de lxs hijxs. La lactancia, un clásico que provoca sentimientos de todo tipo: poca teta, mucha teta, la teta chupete, la teta en la cama, la aversión a la teta. Y junto con esa, otras delicias de maternar en la primera infancia: darles el celular cuando mal consiguen sostener su propia cabeza, pensar en el jardín maternal en el segundo mes de vida o ganas de “devolver” a lxs hijxs porque el encierro en pandemia no se soporta más. 

Un menú de vivencias que ponen en jaque la idea de maternidad como parte de una esencia femenina o como experiencia natural, y que demuestran que no hay instinto, obligación o amor capaz de sostener maternajes despreocupados y siempre dichosos. “Maternidad rima con maldad y sin embargo está curiosamente atada al amor, que –sinceremos- rima con bastante poco. Olor, dolor, ardor, horror, temor, sopor… eso también es la maternidad”, dice Carolina Justo von Lurzer, autora del libro “Mamá mala”, evocando una asociación que varias feministas han querido desnaturalizar: el incondicional amor materno. Cuando no hay tiempo o posibilidad para lo apropiado, lo deseable y lo amoroso… se pone en juego la grandeza del amor maternal.

Madres e hijas también son dos caras de la misma moneda. Muchas veces repetimos como madres lo que aprendimos como hijas y, esto no falla, tratamos de revertir como madres lo que nos hizo sufrir como hijas. No siempre nos sale; no hay manuales. Apenas una experiencia intransferible que llevamos adelante como podemos. Y claro, las hijas también reivindicamos -comprendemos y perdonamos- a nuestras progenitoras a partir de nuestras experiencias como madres. Eso implica, cabe decirlo, asumir también las posibles violencias en las relaciones madre-hija. 

Como nos enseñó el feminismo, poner en común lo personal es una forma de politizarlo y –también- de hacerlo más ameno. Es una forma de reivindicar maternidades deseadas pero también acompañadas, colectivas, divertidas, con derecho al propio cuerpo y al propio tiempo, y que formen parte de un proyecto emancipador. Maternidades reconocidas como una tarea social, económica y política que, atravesada por desigualdades de clase, etnia y edad, produce subjetividades complejas y diversas. Sin mandatos y sin moldes; con más alegría y menos soledad. 

Acá están, tal como llegaron a El Tajo, con toda su gracia y su tragedia, las respuestas recibidas. Hubo apenas una edición ortográfica y de puntuación, para facilitar la lectura. Es una radiografía de los mandatos, las culpas y las cobranzas que acechan a madres e hijas. Pero también es un inventario de equívocos graciosos y alegrías íntimas en el que podemos reconocernos, hacernos fuertes y sentirnos juntas. 

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Fotografía: Natalia Pittau