Las motitos, embarazo y desamparo en clave adolescente

Las motitos, embarazo y desamparo en clave adolescente

La película cordobesa dirigida por Inés Barrionuevo y Gabriela Vidal, estrenada en el reciente Festival Internacional de Mar del Plata, cuenta los dilemas frente al embarazo no deseado en las tramas de un barrio de pibxs con gorra y fuerte presencia policial.  

Por Jimena Massa

“Dio positivo; ya me jodí”, le dice Juliana a Lautaro, su novio, con una angustia encogida que le atraviesa la mirada y le quiebra la voz. El chico, tan asustado como ella, sugiere usar pastillas, pero la adolescente de 14 años tiene miedo de desangrarse. La conversación sucede en el barrio donde viven y por donde van y vienen -en motito- para resolver sus problemas cotidianos: la falta de dinero, los amigos que van en cana, la fiesta de 15 que no llega y el embarazo no deseado. Un vecindario de casas bajas, comercios precarios, yuyos altos y tapiales con “graffitis” apurados; asediado por la policía y atravesado por motitos.

La película, dirigida por Inés Barrionuevo y Gabriela Vidal, fue una de las cuatro cordobesas que participaron de la Competencia Argentina en el 35º Festival de Cine de Mar del Plata, realizado en noviembre último. Inspirada en la novela de Vidal Los chicos de las motitos,  el filme se estructura alrededor de los miedos y dificultades que enfrentan Juliana (Carla Gusolfino, laureada por esta interpretación con el premio Patacón “Mejor Actriz” en Mar del Plata) y Lautaro (Ignacio Pedrone) para tramitar ese embarazo. A partir de allí, construye un paisaje de la vida adolescente en un barrio donde el estigma de la gorra sobrevuela y es tanto una marca de identidad como un peligro latente.

Las motitos -en diminutivo- que dan nombre a la película son un símbolo de clase que recorre toda la historia. Los vehículos de baja cilindrada -tantas veces asociados a motochorros y repartidores- son distintivos del barrio pero también son propios de una edad y un género. En una motito se mueve Lautaro para buscar a su novia, para visitar al amigo que le provee marihuana y para salir de la verdulería de su mamá. Y en las motitos escapan los pibes que estuvieron en los saqueos; porque la película recrea el clima de diciembre de 2013, cuando la policía de Córdoba se autoacuarteló por reclamos salariales y hubo robos en supermercados y caos en buena parte de la ciudad.

Aborto: clandestino y caro

La trama se teje alrededor del embarazo no deseado y las distintas maneras de lidiar con eso: Juliana y su desconcierto, Lautaro y su miedo a perderla, la amiga que se da cuenta de que “algo pasa”, la madre que no sabe pero intuye, el tío que interviene. Nada de eso es contado en términos grandilocuentes. Por el contrario, la película es una suma de pequeños detalles que componen un clima. Evita el dramatismo y, en especial, esquiva cualquier posibilidad de convertir la interrupción del embarazo en un dilema moral. Sin embargo, la tensión que implica la clandestinidad del aborto marca sutilmente el ritmo de la historia. Como cuando Juliana se despierta y la cámara muestra sus ojos recién abiertos, enfrentados de nuevo a esa realidad que la agobia.

“Y si le cuento a mi tío. A él capaz le pasó…”, dice la chica, sin saber a quién acudir. “A todo el mundo le pasa; es normal”, intenta tranquilizarla su novio. La película es una postal del desamparo que atraviesan muchxs adolescentes que se enfrentan a una situación tan frecuente como compleja. Sin hacer campaña, el filme pone en pantalla un tema siempre vigente y materia de debate público en estos días: las dificultades para acceder al aborto legal, seguro y gratuito.

Juliana es una chica como tantas de su edad; vive con su mamá y su hermana menor y sale a escondidas para encontrarse con Lautaro, que la espera sentado en la motito. Comparte confidencias con su mejor amiga durante el recreo, elige vestidos para su anhelada fiesta de 15 mientras come gomitas y piensa, mientras todo sucede, cómo resolver lo del embarazo. “Es muchísima plata; las pastillas son más baratas, pero me puedo morir”, dice la chica, en uno de los pocos diálogos sobre el tema.

Mucha madre

A pesar del conflicto central que articula la historia, Las Motitos no es apenas una película sobre embarazo en la adolescencia sino más bien una radiografía de las tramas de sociabilidad en un barrio de la periferia cordobesa. Y en esas tramas, las madres son claves. En casas con poca o nula presencia paterna, hay mucha maternidad: madres que defienden a sus hijos de la policía, que amamantan mientras trabajan, que se ocupan de que lxs pibxs estudien, que ponen el agua para el mate y que cobijan durante la noche, cuando los fantasmas aparecen. También está aquella a la que hay que “limpiarle el culo” porque está enferma, presente sin ser visible.

La relación entre la protagonista y su madre (Carolina Godoy, que recibió un premio de la Fundación Sagai a “la mejor actriz argentina” por este papel) es la más desarrollada. Es una madre que percibe, ronda, quiere saber, pero no tiene buen diálogo con su hija. Que fuma compulsivamente y es un poco áspera, pero en los momentos difíciles se permite un gesto de ternura y ofrece milanesas. Esa relación, que pasa por distintos momentos, sintetiza la fuerza que el maternaje tiene en la película.

Música para bailar

Para mostrar a esas mujeres que crían, pelean y cuidan, o describir los devaneos frente al embarazo y los bemoles de la vida en el barrio, Las motitos  tiene a la fotografía como aliada principal. La calidad de las imágenes, muchas veces enfocadas en primeros planos -uñas pintadas, gorras y celulares- y otras en paisajes urbanos -calles poco iluminadas o veredas de casas apretadas- aporta sensación de intimidad y también funciona como cartografía social, permitiendo a lxs espectadores acercarse a los sentimientos de lxs protagonistas y, al mismo tiempo, situarse con facilidad en ese espacio barrial.

La música (de Andrés Toch) y el sonido (a cargo de Atilio Sánchez, también premiado en Mar del Plata) son un gran acierto. En especial, en las escenas de baile, breves respiros en esa vida tensa de quienes habitan el barrio. Bailan en la terraza, bailan frente a la computadora y bailan debajo de la soga de la ropa. Bailan solos o en compañía, conectando con el placer de vivir la música en el cuerpo. Bailan un ratito, para conjurar el miedo, la tristeza o la enfermedad.

Las motitos, en suma, cuenta una historia sencilla con un elenco de actores profesionales y no actores, describiendo lo que irrumpe en lo cotidiano, sin estruendo y sin moralejas. Es la tercera película de Barrionuevo y la primera de Vidal, aunque esta última acredita otros trabajos como guionista, tanto en México como en Argentina. Producida por Gualicho Cine y filmada en barrio Rosedal, es casi una etnografía visual de la vida adolescente frente a la urgencia de garantizar la supervivencia de lo que hay.

Se la puede ver en la plataforma de streaming Cine Ar Play

Cecilia Barrionuevo y Gabriela Vidal (Directoras)
Ficha técnica

Dirección: Inés Barrionuevo y Gabriela Vidal*
Fotografía: Marcos Rostagno
Sonido: Atilio Sánchez
Música original: Andrés Toch
Producción: Martín Paolorossi y Andrea Vitali
Duración: 84 min.
Filmación: Córdoba (Argentina)
Idioma: español
Año: 2020

*Inés Barrionuevo nació en 1980. Julia y el zorro (2018), su segundo largometraje, recibió la Mención Especial de la Competencia Argentina del 33° Festival. Gabriela Vidal nació en 1972. Es guionista, escribió tres novelas y dirigió su ópera prima, que se encuentra en posproducción.