Las Lesgart: mariposas argentinas

Las Lesgart: mariposas argentinas

«Su foto en el aeropuerto de Trelew la eterniza en el instante cruel de las vísperas, seguramente la antesala de la muerte, enfrentando el odio de la dictadura con la transparencia de su sonrisa clara, con la entereza de un gesto insolente y altivo, con su integridad de mujer luchadora y su decisión de dar testimonio de optimismo en la victoria».

Retrato de Dinora Gebennini sobre Susana Lesgart
(Ver: «Susana era linda, por fuera y por dentro»)


Susana, María Amelia y Adriana Lesgart, además de su hermano Rogelio, fueron perseguidxs, asesinadxs y/o desaparecidxs en diferentes momentos de la represión militar. En el 48º aniversario de la Masacre de Trelew –Susana fue una de las 19 víctimas– un ejercicio de memoria que reconstruye la historia de una familia apasionada por la música, comprometida con la militancia por la justicia social y devastada por la dictadura.

Por Pate Palero

El 22 de agosto se conmemora un nuevo aniversario de la Masacre de Trelew, en la que fuera asesinada Susana Lesgart junto a otrxs 18 presxs políticxs. Esa chica, que sonríe desafiante desde el costado derecho de la histórica foto, como burlándose del destino trágico que le espera, esa es Susana. Una de las tres hermanas que fueron víctimas de la violencia ejercida por el terrorismo de Estado en nuestro país.

Salvando las distancias políticas y geográficas de dos contextos diferentes, la historia de lxs Lesgart bien podría compararse con la de las hermanas Mirabal. En 1960 las dominicanas Patria, Minerva y María Teresa fueron víctimas tempranas del terrorismo de Estado en una Latinoamérica arrasada por la violencia política, cuando las mujeres empezaban a asumir responsabilidades y visibilidad en las organizaciones políticas (1). En Argentina, Susana, María Amelia y Adriana Lesgart, además de Rogelio, fueron perseguidxs, asesinadxs y/o desaparecidxs en diferentes momentos de la represión militar. Así como las “mariposas” Mirabal se convirtieron en símbolo internacional contra la violencia de género, la historia les debe a lxs Lesgart un reconocimiento postergado a su entrega militante.

“Mercadología Farmacéutica”

El cartel del negocio debe haber tenido un tamaño importante para que entren todos los caracteres de un nombre que hoy no superaría las exigencias de síntesis del marketing. Su dueño era Rogelio Lesgart padre, el Tata, quien vendía insumos médicos para intervenciones quirúrgicas. Retirado de Laboratorios Parke Davis se había instalado, junto a María Amelia Sáenz en la esquina de 24 de setiembre y Esquiú. Allí, en esa esquina del barrio General Paz de la ciudad de Córdoba, crecieron Liliana, Rogelio, Adriana, Susana y María Amelia.

Familia de clase media, metáfora de un modelo de ascenso social que la dictadura militar terminó de aniquilar. “Autodidacta, muy lector, con ideas de izquierda” / “Anarquista, librepensador. Ni peronista, ni militante, ni nada. Pero formó a sus hijos para que fueran libres”. Así lo recuerdan algunos parientes al viejo Rogelio. Provenía de una familia inmigrante radicada en la pequeña comuna de Chabás (Santa Fe) adonde llegó a cursar hasta cuarto grado de la escuela primaria. Para sobrevivir, trabajó desde chico como cadete y ascendió  en la escala comercial hasta ser gerente de ventas en Rosario. Allí nacieron sus primeros dos hijos, y luego se trasladaron a Córdoba.

En el barrio General Paz la familia accedió a los beneficios de la clase media argentina. Lxs cinco hijxs recibieron educación pública de calidad, acceso a recursos artístico culturales y formación universitaria gratuita. Graciela Mengarelli recuerda que “en la casa de los Lesgart (…) se escuchaba el oboe de la Pety, el arpa de Susy, los amigos que estudiaban, discutían o reían. A la noche el cine Sombras para todos, en sus dos programas dobles semanales. La vida y la creatividad estaban siempre en plena efervescencia”. Lxs cinco hermanxs tocaban instrumentos: piano, arpa, oboe y violín.

Tristana, hija de Liliana (la mayor y única sobreviviente al terrorismo de Estado), conserva aún el arpa de Susana, cuyas cuerdas dejaron de sonar hace más de 50 años.

Susana Lesgart

Susana y su sonrisa militante

“No eran una familia militante, en el sentido que hoy se entiende esa palabra. La militancia nació y terminó con mi mamá y mis tíos. Pero empezó con Susana”. Juan Pablo Talbot Wright Lesgart -hijo de Adriana- vive en Buenos Aires, donde se radicó para recuperar las piecitas que le faltan de ese rompecabezas familiar en el que todavía su mamá no se le termina de dibujar.

La tía Susana había egresado de la Escuela Alejandro Carbó como maestra y, mientras relegaba el arpa al ropero, se apropiaba de otras inquietudes sociales que la terminaron integrando a los incipientes grupos revolucionarios de Córdoba. Con 20 años recién cumplidos participó del asalto a la sucursal La Calera del Banco de Córdoba, el 26 de diciembre de 1969. El “grupo comando” lo integraban Norma Arrostito, Emilio Maza, Ignacio Vélez, Carlos Capuano Martínez, Cristina Liprandi y Alejandro Yofre, quien por entonces era pareja de Susana.

Como siguiendo un guión cinematográfico, robaron dos automóviles, se dirigieron a la localidad serrana y mientras unxs montaban guardia afuera, el resto ingresó a la sucursal de Avenida San Martín al 500. En un descuido, un policía que no había advertido la maniobra intentó traspasar la puerta y se inició un intenso intercambio de disparos que precipitó la huida.

Tras ese “bautismo de fuego”, y ya identificada con Montoneros, Susana volvió a La Calera el 1º de julio del año siguiente para ser parte de la toma de las oficinas de Entel, la sucursal del Banco, la comisaría, el correo y la Municipalidad (2). A partir de entonces, su presencia en la casa familiar era esporádica y clandestina. Andrés Silvart (compañero de Liliana) recuerda haberla visto llegar con el pelo teñido de naranja. “Estuvo hablando con el Tata y la Mama, encerrados en su cuarto. El padre la apoyaba. No era peronista, pero aceptaba su opción revolucionaria”. Ese año, Liliana y Andrés habían venido de visita desde Europa, donde la más grande de las Lesgart había viajado becada para estudiar matemáticas, orientándose luego a la psicología experimental.

El resto de lxs hermanxs también había optado por la formación universitaria: Rogelio en Medicina, Adriana en Ciencias de la Educación y Mele (María Amelia) en Arquitectura. Susana, en cambio, optó por la militancia y fue destinada a Tucumán, donde alternó la vocación docente para familias de trabajadores cañeros con diferentes acciones armadas. La primera del año ’71 fue en febrero, cuando tomaron la Casa Histórica en la que Narciso Laprida había encabezado los debates por la independencia nacional. En noviembre de ese mismo año, mientras Susana transitaba en un vehículo cargado de armas, fue interceptada por un control policial y trasladada a la cárcel de Devoto.

“Liliana iba a visitarla, a veces con Tristana”, recuerda Andrés; ellxs ya habían tenido a su primera hija y residían en Buenos Aires. “En el pabellón de mujeres había un patiecito con juegos, porque muchas presas estaban con sus niñxs. Yo también alguna vez la fui a visitar y le quise llevar una sandía, pero no me la dejaron pasar porque decían que la sandía tenía propiedades que podían corroer el hierro de los barrotes. Un buen día nos enteramos de que la habían trasladado a Rawson. Liliana fue alguna vez a visitarla allá, con Susana Yofre, que era la mamá de su pareja en ese momento: Fernando Vaca Narvaja. También alguna vez viajó el padre, pero no lo dejaron verla”.

Después, la fuga, el 15 de agosto de 1972. Fernando, como parte de la conducción de Montoneros, estaba en el grupo que llegó al Aeropuerto de Trelew y logró huir a Chile en avión. Minutos después arribaron Susana y otrxs dieciocho prófugxs a bordo de cuatro taxis. Ya era tarde. Rodeadxs por efectivos de la Armada, y en presencia de numerosos medios de comunicación, exigieron garantías para entregarse a las autoridades judiciales. Fueron trasladadxs a la Base Naval Almirante Zar, donde los catorce hombres y las cinco mujeres fueron ametralladxs en la madrugada del 22 de agosto por un grupo de marinos a cargo del capitán de corbeta Luis Sosa y del teniente Roberto Bravo.

Las familias Lesgart y Vaca Narvaja recibieron el cuerpo de Susana en la comisaría Novena de Córdoba. El velorio en la casa de barrio General Paz fue multitudinario. Camino al entierro en el Cementerio San Jerónimo, la caravana que trasladaba también a Miguel Ángel Polti, Mariano Pujadas y Humberto Toschi, estuvo custodiada por tanquetas y un helicóptero de la Policía. “Fue la primera vez que escuché cantar en cientos de voces: ‘se siente, se siente, Susana está presente’”, relata Andrés Silvart.

Adriana Lesgart

Adriana/Patricia “de bronce”

“Patricia fue mi primera responsable orgánica”, empieza diciendo Alicia Pierini sobre Adriana Lesgart en el corto Nombre de guerra: Patricia (3). Entrevistada por Juan Pablo Talbot Wright, único hijo de Adriana, le relata que su madre “era un cuadro integral, completo, se podía hablar de todo, de lo que a una le pasaba, lo que pensaba políticamente, era una auténtica conducción. No tuve otro responsable con ese nivel de integralidad y de compromiso fraternal con el otro”. Pierini integraba desde principios de los ’70 los equipos de abogadxs que se ocupaban de lxs presxs políticxs en Buenos Aires. En el año ’72 le presentaron a “Patricia”, sin informarle que su nueva “responsable” acababa de despedir a su pareja Carlos Capuano Martínez y a su hermana, Susana Lesgart, muertos en una misma semana. “Yo me entero después. Cuando me la presentan ella era una militante clara, lúcida, con todas las pilas puestas”.

Después supo que formaba parte de Los bronces, militantes que ingresaban a la estructura de Montoneros con cargos altos por su relación con algunxs de lxs mártires que la organización ya había perdido. Con la amnistía del ’73, el “servicio de presos” pierde prioridad, y Adriana queda como responsable de la Agrupación Evita en Capital.

Si bien ella conservaba un bajo perfil, Abel Bohoslavsky refiere sobre sus tempranas inquietudes políticas en Córdoba:“La conocí en los primeros meses de 1966, en ocasión de un curso sobre Historia que daba el intelectual marxista Silvio Frondizi, ya un veterano en esa época. Era en la Facultad de Arquitectura, en la Avenida Vélez Sársfield. No recuerdo bien cómo hicimos buenas migas entre varios que asistíamos a esas pocas charlas (…) Muchos de los que nos conocimos allí, formamos parte de una agrupación estudiantil universitaria que se denominó Espartaco”.

Pero además de su militancia política, “la Pety” se había destacado en la Facultad de Ciencias de la Educación de la UNC como estudiante, llegando a obtener la medalla de oro, y como oboísta, integrando la Banda Sinfónica de Córdoba.

Ya mudada a Buenos Aires lideró la Agrupación Evita, una experiencia que, según Karin Grammático (4), implicó “una experiencia política específica que les permitió cuestionar los lugares de subordinación mantenidos tanto en sus vínculos de pareja y familiares, como en la propia organización Montoneros y en otros espacios políticos”.

Por esos años, Adriana formó pareja con Héctor Talbot Wright (Juan), y juntos tuvieron a Juan Pablo, el segundo Talbot después de Eugenio, nacido de una relación previa en Córdoba.

Rogelio Lesgart

Loli y Mele, hermanados hasta el fin

El único varón, Rogelio, había nacido en Rosario. Era médico cirujano y docente en el Hospital Nacional de Clínicas de Córdoba. También se desempeñaba en el Sanatorio Finocchietto y había colaborado con Montoneros en el montaje de una sala clandestina de primeros auxilios. Ni bien iniciado el golpe del ’76 le avisaron que alguien había “cantado” su nombre, pero descreyó de su propia peligrosidad. Una patota lo secuestró el 25 de abril en su casa de barrio General Paz, frente a su madre, su padre y la hermana más chica.

Rogelio padre decidió ir a reclamar por él. La mezcla de incredulidad e ingenuidad lo llevó a pensar que podría obtener información en la comisaría que quedaba a cinco cuadras de su casa. Acompañado por Mele, la hija menor, ingresaron a la Sexta, en pleno corazón del barrio que habían habitado durante tanto tiempo. El hombre que había ido a rescatar a su hijo de 31 años, perdió el rastro de su otra hija, de 24. En la comisaría se encontraba Héctor Pedro Vergez (condenado a prisión perpetua, en 2016, por crímenes de lesa humanidad), quien se identificó como integrante del Ejército y ordenó la detención inmediata de la joven Lesgart.

María Amelia Lesgart

María Amelia (Mele o Mariela, para la familia) fue vista -al igual que Rogelio- en La Perla. Graciela Mengarelli la recuerda como una persona “intensa, alegre, inteligente, estudiosa, cuestionadora. Siempre ávida de lecturas y de arte”. Habían sido compañeras en el Carbó y compartido muchas horas en esa casa que se llenó de ausencias. La actriz cordobesa la rememora en sus años previos como desbordante de vida y de actividad cultural. Incluso repara en un detalle, que no deja de ser ilustrativo de una familia curiosa: Arara, la excéntrica mascota de lxs Lesgart, había llegado de Santos (Brasil).

Liliana desde el exilio

En uno de los regresos desde Europa, Liliana Lesgart decidió viajar en barco. Durante una escala en Brasil, adquirió un enorme papagayo azul y oro, que se sumó al itinerario hasta Córdoba. Durante años, como recuerdan familiares y amigxs, Arara (significa guacamayo, en portugués) habitó el patio de lxs Lesgart cautivando la atención de las visitas.

Si bien Liliana no militó orgánicamente, siempre fue un apoyo fundamental, mientras iba y volvía a través del Atlántico. Luego de haber completado sus estudios en París, se radicó en Buenos Aires, donde tuvo una incipiente carrera de investigación cerca del equipo de Antonio Battro. 

“Tenía dotes de lideresa. Ella agarraba el teléfono y organizaba, juntaba gente, publicaba un escrito, una solicitada”. Andrés (su pareja en aquellos años y padre de sus hijxs) recuerda que luego de la desaparición de Rogelio y Mele decidieron exiliarse en Bruselas. Salieron en lancha hacia Uruguay y, de ahí, en avión a Bélgica. En ese mismo año ’76, unos meses más tarde caía Talbot Wright, y Adriana con su hijo Juan Pablo también partieron a París.

Las hermanas sobrevivientes se reunieron en la capital francesa, donde organizaron campañas de solidaridad, apoyando a familiares de desaparecidxs. “Teníamos una imprenta en el sótano y un laboratorio fotográfico, donde hicimos las primeras ampliaciones de las fotos carnet que traían las madres y lxs exiliadxs -cuenta Andrés-. Esas imágenes se convirtieron en las primeras pancartas que reclamaban por la aparición de las víctimas de la represión”.

Desde principios del ‘77, Adriana y Liliana colaboraron facilitando documentación, acompañamiento, albergue y todo tipo de gestiones para visibilizar la masacre que estaba ocurriendo en Argentina. “Liliana contenía a todos los que llegaban allá, recibía a todos”, recuerda su sobrino, Juan Pablo Talbot. “Cuando regresa, en el inicio de la democracia, toda esa información es clave para el Nunca Más”. Liliana será la única “Lesgart Sáenz” que sobrevivirá a la furia del terrorismo de Estado.

La mamá de Juan Pablo no vino

Cuando Montoneros decide organizar la “Contraofensiva”, Adriana/Patricia forma parte de lxs militantes que regresan a Buenos Aires. Alicia Pierini, también resguardada en Europa, le había advertido que “lo de la contraofensiva no podía andar, que no había condiciones ni remotamente. Pero los documentos que me pasaban decían que la dictadura estaba retrocediendo, que había levantamientos en las fábricas, que había una situación social favorable. Y la verdad es que no lo veíamos”.

Sin embargo, ella se despidió de París, de Liliana y su familia. “Me acuerdo de la última vez que la vi, con un suéter a cuadros, tipo escocés. Nos despedimos en la puerta de la casa. Yo ahí ya pensé que no la íbamos a ver más”, recuerda Andrés.

En Argentina la recibe la euforia post Mundial y, nuevamente como “Patricia”, inscribe a Juan Pablo en un jardín de infantes en el barrio porteño de Belgrano. Su compañera Alicia también había regresado y relata un escenario de riesgo extremo. “Habíamos encontrado una forma de comunicarnos. Ella conocía la casa de mis padres, donde funcionaba un consultorio médico al que concurría mucha gente. Allí me dejaba un sobrecito con un papelito y a mí me llegaba. Estuve con ella en abril. Supe que había ido a la misa por Evita. Supe que iba a verse con familiares por lo de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Nos vimos dos o tres veces, hasta que faltó a una cita. Yo esperé y esperé. La reiteré al día siguiente y no fue. Y ya no volví más”.

El audiovisual en el que Alicia recuerda a Adriana Lesgart concluye el relato en letras blancas. Adriana fue secuestrada cuando iba a declarar frente a la Comisión Interamericana, dependiente de la OEA. Como resultado de las numerosas acciones de visibilidad que se desarrollaron en diferentes países, la CIDH visitó la Argentina entre el 6 y el 20 de setiembre de 1979. Quizás dudando hasta último momento, ella se presentó el 21 en el edificio donde sesionaba la Comisión, en Avenida de Mayo 760. Según denunció su padre, Rogelio, se registró su ingreso al edificio pero no su egreso. Sobrevivientes de Campo de Mayo afirman que Adriana estuvo con vida hasta finales de 1981.

En Belgrano, cuando terminó el doble turno del jardín, la portera buscó el teléfono para avisar que había un niño al que no habían ido a buscar. Discó el número con característica de larga distancia: 0351 … Del otro lado, el abuelo Rogelio avisó que demoraría un par de días en llegar y le pidió a la mujer que Juan Pablo permaneciera en su casa hasta que pudiera buscarlo.

Faltan baldosas

En noviembre de 2019, por iniciativa de Juan Pablo Talbot se instaló en el mismo edificio donde atendía la CIDH -actual sede de la Procuraduría General de la Nación- una baldosa que rinde homenaje a Adriana Lesgart.

Juan Pablo recuerda ese momento con una gran emoción. Estuvo rodeado de mucha gente que quería aportar datos y vivencias de su madre y de sus tías. En el acto se hicieron presentes amigxs y compañerxs de militancia como Lita Boitano, Alicia Pierinni, Alicia Santalo, Nacho Velez, familiares como Eugenia Izquierdo (cineasta y actual pareja de Juan Pablo), Tristana (hija de Liliana), Mariano Soso y Nacho Gorriz (primos segudos, hijos de Alicia y Elsa Lesgart). Son algunxs de quienes resguardan algunas piezas claves de ese rompecabezas interminable, esas baldosas que faltan para dar cuenta de lo vivido por toda una generación.

Ojalá Argentina institucionalice próximamente una fecha conmemorativa para las militantes políticas. Será la ocasión de hacer justicia a la memoria de las “mariposas” cordobesas.

  1. Cada 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer. Esto fue establecido en el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, celebrado en Bogotá en 1981. En 1999 la jornada de reivindicación fue asumida por la ONU, invitando a gobiernos y organizaciones a sensibilizar a la opinión pública sobre el problema de la violencia contra las mujeres.
  2. “Se llevaron documentos, armas y dinero. En la comisaría, los policías fueron encarcelados y obligados a cantar la marcha peronista. Mientras tanto, otros militantes pintaban ‘Montoneros’ y ‘Perón o muerte’ en las paredes del centro. Los comandos dejaron La Calera en un convoy de autos, esparciendo clavos miguelito a su paso, detrás de un falso patrullero. El dato pintoresco fue la confección de una bomba que en realidad resultó ser un altoparlante que se dejó encendido a todo volumen con la ‘Marcha de los Muchachos Peronistas’. Esta peculiaridad hizo ganarse la simpatía de muchos lugareños” (fragmento de una nota publicada el 29 de junio de 2010 en La Voz del Interior).
  3. “Nombre de Guerra: Patricia”. Edición y Montaje: Eugenia Izquierdo. Sonido y Música: Juan Pablo Talbot Wright. Producción: Izquierdo-Talbot W. Buenos Aires, junio 2016.
  4. Grammático, Karin: “Mujeres montoneras: una historia de la Agrupación Evita, 1973-1974”. Buenos Aires: Ediciones Luxembrug, 2011.

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Susana era linda, por fuera y por dentro