La maternidad, un deseo que convive con otros

La maternidad, un deseo que convive con otros

Por Jimena Massa

La maternidad ha sido históricamente naturalizada, idealizada y poco problematizada, inclusive en el ámbito de las Ciencias Sociales. Si bien desde épocas relativamente tempranas se han cuestionado los padrones de sexualidad, género y familia, los sentidos asociados específicamente a la reproducción, la crianza y la maternidad aún requieren ser problematizados. 

El mito de “la madre perfecta” -intensificado en los discursos pro-familia de los 80, cuando las mujeres empezaron a incorporarse masivamente al mercado de trabajo- sólo ha servido para promover culpas y sentimientos de inferioridad, en especial haciéndolas enteras responsables de los aciertos y desventuras de sus hijxs. La maternidad patriarcal ha hecho que muchas mujeres sintieran, como dijo Adrienne Rich, “la culpa, la responsabilidad sin poder sobre las vidas humanas, los juicios y las condenas, el temor del propio poder, la culpa, la culpa, la culpa…”. 

Sin embargo, es sabido que los feminismos y las maternidades tienen una relación tensa; una historia de encuentros y desencuentros. El feminismo puso en claro de manera irrefutable que la biología no es destino, y advirtió para siempre sobre los peligros de un orden simbólico basado en la división sexual -capitalista y patriarcal- del trabajo. Pero la desnaturalización de la maternidad tiene un lado B. En algún lugar no escrito persiste la idea de las feministas de los 60 y 70 que denostaban la maternidad, atendiendo solo a su dimensión de institución patriarcal. 

Según ese ideario, la dedicación de tiempo y esfuerzo que exige maternar sería incompatible con “ser feminista”. Y la idea de abnegación y renuncia que aún sobrevuela sobre los imaginarios de la maternidad tampoco colaboró para que ésta pudiera ser incorporada como parte de un proyecto emancipador. Muchas personas que maternan, entre tanto, perciben esta incomprensión o indiferencia por parte de las feministas y no se sienten del todo acogidas por un movimiento que mira de reojo a las que defienden la maternidad como prioridad y la crianza intensiva como elección.

Es verdad que las feministas vienen ocupándose de manera creciente de las políticas de cuidado, que deberían permitir la conciliación entre el maternaje y otras actividades y deseos vitales; y también es verdad que la bandera de la maternidad deseada viene abriendo caminos y liberando de culpas. Pero, aun así, existe una dimensión íntima poco explorada: una serie de preocupaciones maternas que suelen no tener espacio en la agenda política. Una serie de pesares que aún impiden vivir la maternidad como un deseo que convive con otros.


Fotografía Portada: Internet Archive / Prelinger Archives