Justicia poética

Justicia poética

“Hasta que mueras”, la novela de Raquel Robles – una de las fundadoras de la agrupación H.I.J.O.S. – encarna la discusión sobre la derrota y la esperanza, la venganza, la memoria y la justicia en una ficción que atrapa y transgrede los límites, sin corsé, para mirar nuestro pasado reciente.

Por Myriam Mohaded*

La novela de Raquel Robles, periodista y escritora, nos lleva a las frágiles y quebradizas fronteras entre tensión emocional y discusión política. La derrota, la esperanza y la venganza son los tópicos que atraviesan los nueve capítulos, intercalados con episodios de informes forenses de muertes que conforman la obra.

Nadia es una estudiante que quiere rendir para ser guardaparque. Nadia es una chica rica. Nadia es una profesora de idiomas en un colegio de Córdoba. Nadia es un hada madrina que llega a un pueblo perdido y trabaja en una despensa. Nadia camaleónicamente forja sus  personajes para cumplir su misión.

Nadia está presa en un penal desde donde le responde al escritor que va a contar la historia de por qué la mujer decidió vengarse de quienes asesinaron, torturaron y/o encubrieron la desaparición de personas en la última dictadura. La mirada está puesta en aquellos autores o cómplices del genocidio que, como si nada, siguieron haciendo su vida de manera impune. Y hay tantas Nadias camufladas como misiones posee. Ella hace palpitar a cada momento y rozar los límites de lo impredecible a cada paso que da. 

Son treinta y seis actos estudiados, planificados y para los que se entrenó. Treinta y seis acciones de valor de una venganza paulatina que la condena pero la redime. Treinta y seis historias que dan cuenta de la envergadura de lo que fue el terrorismo de Estado en Argentina; y en cada acto hace ejercicio para recordarnos que existe una memoria pero que también hay una impunidad que sigue en pie.

La historia, en la ficción, es narrada por un periodista y escritor que duda en aceptar el trabajo y sólo la aparente necesidad económica lo empujaría a hacerlo. Pero la cárcel y desaparición de su hermana, la militancia de una generación de la que formó parte, lo emparentan con la trama; como también la historia de Marta, su gran amor, que un día decide partir para perderse, “hundirse” en la ciudad con la promesa de nunca más regresar. Marta, la que “estuvo sólo quince días en cana”, como si ante la desgarradora historia de atrocidades que significó para otres, en su propio pellejo fuera casi nada. Sólo quince días que la llevaron a decidir no tener hijes, quince días que hicieron que durante toda su vida nunca pudiera dormir con la luz apagada o bañarse con los ojos cerrados. Dos semanas y un día que cambiaron su  vida.

El escritor construye, además, un vínculo con lxs lectores, compartiendo reflexiones sobre el proceso de escritura. Vacila en relación a ser protagonista de la historia y se debate entre escribir de manera responsable cuando se trata de organizaciones revolucionarias y genocidios o dedicarse, simplemente, a contar los hechos. Duda sobre involucrarse o no en la historia, pero también tiene la certeza casi omnipotente de que podrá dominar la trama de sus personajes, y eso lo alivia. Lo cierto es que su vida entera tiene un giro a medida que avanza el relato.

Y así llegan Rita y Nadia. Madre e hija que intercalan sus miradas, sus voces y habilitan una lectura atenta, con diálogos que se suceden sin guiones pero sin que esto impida seguir el hilo para distinguir a quien relata. 

Ellas no están solas

“Pone la pava en el fuego y sin mirarme me dice: la derrota es entender que perdimos, que no se puede volver a intentar porque no se puede volver, que las consecuencias de esta catástrofe son todavía incalculables. Ahora me mira y me señala con el mate y la bombilla; es un dedo que me acusa o me subraya. Pero la derrota es mucho más que eso. Es entender profundamente que lo que se rompió en el pasado no se arregla en el futuro”, dice la madre de Nadia. Una mujer fuerte que parece frágil o viceversa. Y cree que la razón de que su hija esté presa es esa trampa llamada esperanza. Y se culpa como madre. Se condena en su dolor de saber que ese sentimiento latente, casi pecaminoso, la perseguirá por siempre. Es muy alto el costo de no asumir la derrota. Ella lo sabe y lo dice. Lo vive en carne propia. Y su figura se agiganta cuando relata ese pasado y se empequeñece al recordar a su hija.

Ellas no están solas. Hay un José, un vecino que acompaña; hay tíos, tías, abuelas, compañerxs; hay hermanes de crianza en esa familia ensamblada con la que se refugiaron en un bosque donde los lazos de la solidaridad y otro modo de concebir el mundo son posibles de sostener. Sólo porque es parte de ese modelo de país por el que lucharon a plena convicción. 

El escritor toma contacto con el expediente de Nadia y se encuentra con esos cuadros de la muerte. Sus datos, sus historias, sus fotos, sus breves biografías como de prontuario. Cada uno tiene una muerte distinta. Sobre el total de 36, hay 34 autopsias; treinta y cuatro modos de morir. Y quedan dos. La novela presenta un registro minucioso de cada una de las “víctimas” que, en conjunto, conforman un panorama de las dimensiones del terrorismo de Estado.

La Nadia de Raquel Robles dice: “Siempre supe que mi vida tenía dos posibles finales: o la muerte o la cárcel”. Y está nuestra heroína entregándose. La autora no se desentiende de la complejidad de la situación. Nos envuelve, incomoda y empuja a corrernos del lugar de las certezas y/o conformidades. 

La lucha de los organismos de derechos humanos estuvo siempre basada en no hacer justicia por mano propia, ¿se da cuenta de que esto puede perjudicar al movimiento? ¿se da cuenta de que muy pocos o casi nadie salen a defenderla?”

“Justicia es otra cosa. No hay nada justo”, sentencia quien afirma que no le gusta la violencia. Nadia sabe que no es un acto de justicia por mano propia; que no es nada personal y, si lo fuera, alguien que vive en este país lo comprendería. Y como era imposible cierta justicia, que “al menos esté la justicia poética”. Así, sin más, lo afirma quien lo que menos quiere es justificar su propio padecer y, a su vez, da cuentas de una sociedad por la que se soñó y luchó con la convicción transformadora de un mundo más vivible.

Ficha técnica del libro: Hasta que mueras. Raquel Robles. CABA: Factotum Ediciones, 2019.

(*) “Me gustan los libros, tengo una relación íntima con ellos, un diálogo infinito de alimentación. Primero con intuición y después con más consciencia, me sensibilizan las causas en defensa de los derechos de las mujeres y diversidades; intento aportar perspectivas de abordaje para que juntxs avancemos en generar escenarios más justos. Soy periodista y docente. Participo en la Red PAR”.