Gladys Ponte, una vida salvando vidas

Gladys Ponte, una vida salvando vidas

El testimonio de la ginecóloga que revirtió el legrado sin anestesia, entre otras medidas fundamentales que protegen a las mujeres, muestra la lucha constante que se libró en Córdoba por los derechos sexuales y reproductivos. La primera directora mujer del Hospital Rawson fue una pionera en la comprensión de las causas que movilizan el aborto clandestino; su trayectoria encarna un impresionante derrotero en defensa de la salud pública y en contra del sufrimiento de las más vulnerables.

Por Gladys Ponte

Para entender las situaciones por las que debieron atravesar las mujeres de Córdoba y de otras provincias tenemos que reconocer, ante todo, el valor del Hospital Rawson; una institución pública cuyos orígenes más remotos respondieron a la necesidad de un centro para atender enfermedades contagiosas en la epidemia de viruela de fines de 1700.  Se inauguró el 25 de mayo de 1918 donde hoy funciona la Terminal de Ómnibus, en 1963 fue trasladado a su actual ubicación. Históricamente, estuvo dedicado a las enfermedades infecciosas derivadas de las grandes epidemias: viruela, fiebre tifoidea, cólera, peste. Pero el viejo hospital ya se ocupaba de la salud de las mujeres: había dos salas, la V destinada a internar pacientes con complicaciones por abortos provocados, y la IV que se ocupaba de enfermedades de transmisión sexual, además de un consultorio que otorgaba el certificado sanitario a las que ejercían la prostitución.

Mi historia en ese hospital comienza el 3 de enero de 1971. Yo cursaba quinto año de Medicina e ingresé como practicante en los servicios de Ginecología y de Guardia. Así, comencé a transitar mi carrera que prosigue con un extenso itinerario: me gradué como médica en noviembre de 1972 y llegué a ocupar sucesivamente todos los cargos intermedios hasta llegar a ser directora entre 1995 y 1999, la única mujer hasta hoy que ocupó ese lugar. No puedo obviar el reconocimiento a todos mis compañeros con los que transité los años más difíciles de la dictadura. Algunos dieron su vida comprometidos con la salud de las mujeres y haciendo caso omiso a la obligación de denunciar a las que llegaban luego de un aborto. También vaya mi homenaje a todas las que confiaron su salud en nuestras manos, incluso a aquellas que perdieron su vida, de todas aprendí mucho. Todos estos hitos tan significativos me alentaron siempre a luchar por la salud y por los derechos de las mujeres.

Memorias de guardia

En diciembre de 1972, en plena dictadura militar, se organiza un movimiento de médicos no rentados que obliga al gobierno provincial a llamar a concurso. Junto con una compañera gané la selección de Ginecología. Nuestras tareas incluían la atención en consultorio externo y en la sala de internación y guardias activas y pasivas en el servicio. Esa actividad tan intensa fue marcando mi compromiso con la salud reproductiva de las mujeres y mi desafío de trabajar en acciones que permitieran reducir las complicaciones graves y la mortalidad materna por aborto y en el post parto o cesárea.

Recién me había graduado cuando, un domingo de guardia, recibimos a una niña de 15 años. Era hija única y llegó de noche, acompañada por su mamá y su pareja, un jovencito de 19. Quedó internada en el pabellón (que considerábamos nuestra terapia intensiva). Tenía un síndrome de Mondor, una de las complicaciones más graves y agudas de la ginecología, como consecuencia de un aborto. Estaba totalmente lúcida y, apretando mi mano, me pedía que no la dejara morir. Una hora y media más tarde, ya había fallecido. Nunca olvidaré el dolor de esa madre y la desesperación de su pareja, que pegaba puñetazos a la pared del pasillo.

Recuerdo también a dos adolescentes de 18 años: Liliana y Ana. Fueron internadas en el mismo momento y permanecieron cuatro meses en el hospital. Tuvieron complicaciones severas, recibieron diferentes tratamientos y fueron operadas varias veces. A pesar de los esfuerzos, nunca pudieron recuperarse. Muy bella, Liliana tenía unos preciosos ojos verdes. Siempre estuvo muy acompañada por su familia y hasta se casó en el hospital unos días antes de morir. Ana, una hermosa joven triste y silenciosa, sufrió lo mismo que Liliana. Pero con una diferencia: jamás recibió una visita, nadie vino a interesarse por ella. Cuando murió, nos enteramos que había falseado su nombre y fue a parar a la morgue: nunca fue reclamada y terminó sus días como NN.

Rosita, una joven madre de tres niños de 28 años, también estuvo cuatro meses luchando por su vida con una perforación  intestinal. Hasta llegó a contarme como había ido a la feria para elegir la mejor rama de perejil. Lamentablemente, ella también murió.

Alicia, otra adolescente de 18 años, estudiante secundaria, dulce y menudita. Para salvarle la vida tuvimos que hacer una colostomía (ano contra-natura) que debió llevar durante 8 meses hasta que pudimos resolver el cierre intestinal. Nunca podrá borrar las cicatrices abdominales que le quedaron después de las cirugías. Tuvo que madurar y sufrir mucho cuando era casi una niña con todo un mundo por delante. Pero sobrevivió. Y espero que haya tenido una buena vida.

La Negra B, otro caso muy grave por una complicación de un aborto efectuado por una obstetra muy conocida. La operamos siete veces: la primera vez hicimos la histerectomía y, después de otras seis cirugías, seguía muy complicada. Creíamos que se moría. Luchó tanto por su vida que sobrevivió, se fue a vivir a Buenos Aires, se casó y vino a visitarnos muchas veces.

Por su ubicación geográfica, el Rawson compartía su historia con un barrio muy particular, «La Bajada Pucará», donde hoy está el Hospital de Niños. Muchas mujeres ejercían la prostitución desde muy jóvenes, aumentando el riesgo de enfermedades de transmisión sexual. Todas se atendían con nosotros, el hospital era su casa. De ellas aprendí mucho. De ese barrio quiero recordar a Norma, de 28 años y con tres hijos. Le diagnosticamos un cáncer de cuello uterino muy avanzado. Los tratamientos médicos y quirúrgicos no tuvieron éxito y, por sus intensos padecimientos, acondicionamos una sala para ella sola. Aislada, repetía mi nombre todo el tiempo y solo lográbamos calmar el dolor con lo único que teníamos: morfina.

El aborto, un problema de salud pública

En aquellos tiempos, todos los médicos estábamos obligados a denunciar a las pacientes con cuadros de aborto. Muchos no consignábamos en la historia clínica los relatos, para evitarles otros sufrimientos, ya que a veces las esposaban y les ponían custodia policial, aunque nunca las encarcelaron. Por entonces, debí testimoniar en todas las comisarías y juzgados, donde se enojaban porque habíamos tirado las pruebas del delito (sondas, tallos, palos). Yo declaraba siempre lo mismo: “No lo puedo precisar”. Le debo un homenaje a una paciente mía de la cama 29. Ella se animó a revelar que los médicos del hospital Rawson faltábamos al secreto profesional y se logró el fallo de una cámara penal. El diario La Voz del Interior tituló: “Los Médicos del Hospital Rawson faltan al Secreto Profesional”. Fue en 1982 y -amparados en esa sentencia- nos liberamos de las imposiciones de tener que denunciar.

El aborto fue siempre un problema de salud pública muy serio, considerado un delito, por lo que las soluciones eran muy difíciles. Todos los hospitales derivaban a las mujeres si tenían fiebre, ninguno quería abordar el problema. Llegamos a internar a 22 mujeres en un día, sufrían complicaciones severas, muchas perdían la capacidad reproductiva, la mortalidad era altísima y era la primera causa de internación. La ley provincial 6.222 de Ejercicio de la Profesión, conocida como Ley Rezzónico (por el apellido de un ministro de Salud en Córdoba durante la última dictadura) prohibía asesorar, indicar y prescribir métodos anticonceptivos tanto en el ámbito público como en el privado. Había una inequidad manifiesta: todos los ginecólogos (a puertas cerradas, en el consultorio particular) recetábamos anticonceptivos. En el hospital público eso no se podía. Durante toda mi carrera investigué profundamente el aborto: me quedaba largas horas después del almuerzo a conversar con las mujeres para conocer cuáles eran los motivos que las llevaban a tomar decisiones tan riesgosas para su vida. Surgían siempre las mismas razones: condiciones socio económicas difíciles, precariedad laboral, viviendas inadecuadas, alta vulnerabilidad social.

Gladys Ponte, una pionera en la búsqueda de las causas que derivan en el aborto clandestino.

Llegada la democracia, comencé a pedir que los legrados se hicieran bajo anestesia para evitar ese maltrato. Me resultaba muy difícil cambiar las cosas; hasta que un día, completando una historia clínica en el pasillo, escuché un diálogo entre dos mujeres en la sala: “¿Cómo es cuando te llevan?”, preguntó una, y otra le contestó: “Te llevan al consultorio, te ponen unas botitas blancas y después llega la Ponte y te dice que respires hondo, que ya termina. Ella en realidad te tortura, te tortura, te tortura”. Tiré las historias clínicas, me fui a la Dirección y le comuniqué al subdirector que no haríamos un legrado más sin anestesia. En ese tiempo, asumí como jefa de servicio de Ginecología. A la semana de ese logro, en la sala de operaciones me esperaban el jefe de Anestesia, el jefe de Cardiología, la jefa de Enfermeras y la jefa de Quirófano. Me dijeron que, desde que se me había ocurrido el legrado bajo anestesia, había aumentado el número de mujeres que abortaban. Me opuse a esos planteos y, junto a mi equipo, decidimos nunca más volver al legrado sin anestesia. Medida que fue imitada después por otros hospitales.

¿Qué logramos con todo esto? Que las mujeres confiaran en nuestro servicio y no demoraran la consulta. Ya no hacíamos denuncias, ni legrados sin anestesia, también habían mejorado los tratamientos con antibióticos y comenzó a disminuir la mortalidad. Pero las complicaciones y los métodos para la interrupción de los embarazos seguían siendo la sonda que ponía Doña Pola, tallos de rosas, agujas de tejer, pastillas de permanganato que producían hemorragias severas… En 1989, aún con la Ley Rezzónico en vigencia, decidimos instalar un consultorio de planificación familiar, que continúa hasta la actualidad. Entonces, el arzobispo de Córdoba, Raúl Francisco Primatesta, me enviaba bibliografía que aconsejaba que no pusiéramos dispositivos intrauterinos (DIU). Por su parte, el Cura Vasco de Villa Angelelli decía por televisión: “Las mujeres de la villa van al Rawson y Gladys les pone el DIU”. La cooperadora del hospital nos compraba los materiales necesarios.

Llegó 1992 y rendí mi tesis doctoral en el Aula Magna del Rawson. Investigué el tema “Enfermedades trofoblásticas de la gestación”, (una complicación grave en los embarazos). El primer caso de mi trabajo fue el de Rosita, una adolescente de 18 años que llegó del interior de la provincia con un cáncer que comenzó luego de un aborto. Lamentablemente, no pudimos recuperar su vida. En 1994 investigamos las historias clínicas de siete mil mujeres que habíamos asistido, estudiando el aborto como problema médico social y epidemiológico. Demostramos que las condiciones socioeconómicas son la principal causa y que su repitencia obedece a la falta de acceso a los métodos anticonceptivos. Ese mismo año, con representantes de otros hospitales y distintas organizaciones, conformamos la “Interhospitalaria” y logramos –en 1996- que se derogara la Ley Rezzónico.

Dejar de morir por causas evitables

A comienzos de los 90, las mujeres comienzan a sufrir HIV, cambia el concepto que sostenía que esa enfermedad afectaba sólo a grupos especiales: se demostró que la infección se adquiere por relaciones sexuales no protegidas o por la sangre, y que el cáncer de cuello uterino es una enfermedad marcadora. El hospital no contaba con la tecnología para el tratamiento y los servicios que sí disponían de los insumos nos ponían obstáculos para la derivación, discriminaban a las pacientes por tener HIV.

En 1995 me designan como primera mujer directora del Hospital Rawson: puse en esa función todo mi desvelo y dedicación, la historia será la que juzgue mi función. Dediqué mi esfuerzo a la infección del VIH y conseguimos los recursos para realizar el tratamiento que necesitaban las mujeres para mejorar su salud. En 2001, el gobierno provincial dicta la ley del Nuevo Estado y me jubilan. Y sigo la lucha, pero ahora en la universidad. Quiero en este testimonio dejar mi agradecimiento a todos los maestros que, con su docencia afectuosa, marcaron mi carrera. Los profesionales que todavía están en el hospital me dicen: “Gladys, por tus luchas en salud reproductiva hoy tenemos las camas ocupadas con pacientes con cáncer y no con complicaciones del aborto”. El servicio de Ginecología del Rawson es referente en cáncer de mama.

Al pasado ya no lo podemos modificar, pero el camino del futuro está abierto: son los nuevos profesionales quienes deberán transitarlo para que las mujeres no sigan muriendo por causas evitables en la plenitud de la vida, eventos que nunca debería haberse permitido que ocurrieran. Si ellas mueren es porque las sociedades no han tomado aún la decisión de que sus vidas deben ser salvadas.