Entre la maternidad gozosa y la culpa

Entre la maternidad gozosa y la culpa

Por Jimena Massa

Decir “maternidad” dispara un abanico de sentidos entre los que predominan el amor, la dedicación, la paciencia… y todo un menú de atributos / actitudes que, pese al avance de los feminismos, alimentan ese ideal de maternidad intensiva y domesticada que tan bien describió la poeta y ensayista Adrienne Rich. Y frente a “esa institución que revive y renueva todas las demás instituciones”, es difícil instalar otros significados como deseo, libertad y placer, asociados a la noción de maternidad.

Mucho se ha escrito sobre el lugar marginal de la maternidad en la agenda feminista. Después de mucho desprecio por todo lo asociado a roles familiares y experiencias domésticas, las cuestiones maternas siguen sin liderar la agenda o se diluyen en la amplia temática de las políticas del cuidado. Entre tanto, sigue pendiente la discusión entre distintos modos de pensar una maternidad gozosa y deseada y, en ese marco, el lugar de la gestación, el parto y la lactancia.

“Parir y amamantar son actos revolucionarios. La lactancia es el primer acto de soberanía alimentaria sobre nuestros hijxs y, en ese sentido, siento que nos perdemos un lugar poderoso y de mucha salud mental”, dice Virginia Luz Galván, de la Red de Salud Mental Perinatal, al tiempo que lamenta que en las campañas de prevención se “meta embarazo y lactancia en la misma bolsa”, cuando existen estudios sobre consumo que demuestran que el daño no es el mismo.

Según Sonia Cavia, coautora de la ley nacional de Parto Respetado (25.929) y presidenta de la fundación Awaike Salud y Medio Ambiente, “es interesante pensar cómo construimos el deseo de la maternidad, ya que en muchos ámbitos está denostado desear maternar”. En su opinión, “producto de campañas muy agresivas de las multinacionales y de los efectos del capitalismo, se han distorsionado los modos de entender la maternidad y la crianza, que tenían como eje la posibilidad del cuidado en armonía con el entorno”.

Muchos discursos especializados, amplificados por el sistema mediático, alientan la vivencia gozosa de la maternidad -conforme las posibilidades y deseos de cada cual- mientras que otros alimentan solapada o explícitamente el ‘deber ser’ materno, tan eficiente para agitar el latiguillo de la culpa individual.

Y de todas las culpas posibles -desde no poder o no querer amamantar hasta darles la cena a las once de la noche- consumir sustancias peligrosas durante el embarazo y la lactancia es una de las más pesadas. Las “malas madres” de ese tipo tienen prensa garantizada. Son casos que provocan un quiebre y entonces cumplen con los requisitos de noticiabilidad imprescindibles que les aseguran un lugar privilegiado en la agenda mediática.

Cuando la violencia de género es materia constante de debate entre los feminismos militantes y académicos, y cuando existe un relativo consenso en torno a la idea del cuerpo de las mujeres como territorios de disputa y/o dominación, es pertinente repensar qué nuevas escrituras (mensajes, sentidos) se producen sobre las madres y en qué medida estas escrituras no son solo violencias explícitas sino también simbólicas.