Enfermeras en pandemia: salarios bajos, cansancio extremo y empatía sin límites

Enfermeras en pandemia: salarios bajos, cansancio extremo y empatía sin límites

El primer caso positivo de Covid 19 registrado en el Hospital Córdoba fue de una enfermera. La cuestionaron por “no cuidarse lo suficiente”. Un compañero, del mismo establecimiento, murió con mascarilla de oxígeno meses después. Ellas siguen adelante: trabajan a destajo, superando miedos y críticas, sin perder “la humanidad” frente al dolor.

Por Marta Alejandra González *

Soy hija de un policía y una ama de casa; la quinta de siete hermanos. Me eduqué en escuelas públicas, intercambiando portafolios con mis hermanos, porque la situación no permitía que cada uno tuviera el suyo. Y así crecí, con principios de humildad, de solidaridad y de respeto.

Siempre quise ser ENFERMERA… y por eso creo en la vocación; esa voz interior que te lleva a luchar por que realmente querés ser, sin ninguna otra explicación. Y eso soy… ENFERMERA, más allá de mi puesto actual.

Ingresé al Hospital Córdoba en 1988, como enfermera de Traumatología. Continué mis estudios, obtuve mi título de licenciada y asumí como supervisora. Mis mejores años fueron en el turno noche, donde podía encontrarme con aquellas mujeres que, al igual que yo, realizaban este turno para que el día alcanzara para estar con los hijos, acompañarlos a la escuela y cuidar de la casa. A menudo compartíamos la tarea escolar, hacíamos disfraces para que nuestros hijos pudieran lucirse en los actos, y transformábamos una bata, una sábana, un pantalón  descartable, en un hermoso traje de San Martín.

Durante los diez años que pasé en ese turno aprendí de solidaridad y a manejarme “con lo que hay”; aprendí de los mates necesarios para estar despiertas y de los llantos de madres un 24 de diciembre, imaginando qué cara pondría su hijo al abrir un regalo.

Luego vino la realidad de una terapia intensiva; la muerte de cerca, la impotencia ante el dolor de los de adentro y los de afuera. Las enfermeras entendiendo al familiar del otro lado y autorizando de manera clandestina visitas que reconfortaban.

En agosto de 2019 asumí como Jefa de Servicio; un desafío enorme. Con el apoyo de algunos y la resistencia y las críticas de otros. Mil proyectos tenía; quería ir paso a paso, quería estar con la gente, ayudar y que me ayudaran, pero siete meses después debía enfrentar una realidad impensada: la pandemia por COVID 19. Y los proyectos cambiaron…

“Viven tomando mates juntas”

Y debí aprender para cuidar a mi personal, garantizando barbijos, batas, escafandras, mamelucos; capacitándolos para que se cuidaran, aprendiendo a manejar sus miedos, sus ansiedades, su cansancio.

Recuerdo que el primer caso positivo del Hospital fue de una enfermera. Veníamos cuidándonos mucho y todos tenían sus equipos de protección, pero sabíamos que esto iba a pasar. Y no fue fácil. Porque a la angustia de la situación se le sumaron los susurros de pasillo con la crítica infundada sobre MIS ENFERMERAS relacionadas a su falta de cuidado, a que “viven tomando mates juntas”, a su supuesta falta de responsabilidad… Luego se darían cuenta de que eso mismo nos pasaría a todos.

Tuve miedo. No quería que a le pasara a nadie, pero al poco tiempo me di cuenta de que eso era imposible. La pandemia avanzaba, los casos de profesionales positivos iban en aumento y hubo que cerrar servicios. Eso, tal como dijo en su momento la jefa de uno de ellos, es como cerrar la puerta de tu casa y abandonarla. Yo compartía su sentimiento y sentía que en algo habíamos fallado. Durante ese tiempo, quienes quedamos trabajando en el Hospital, cuidamos de esa casa/servicio. Y aprendimos más, para que eso no pasara nuevamente.

El personal se redujo, los agentes con patologías de riesgo debieron sacar licencias preventivas y los planteles quedaron resentidos. Enfermería se cuidaba, pero ya se estaba agotando y, tal como me dijo Nora en una oportunidad, el cansancio lleva a cometer errores. Luchamos junto a la Dirección para que ingresaran más enfermeras y lo conseguimos. Pero el personal continuaba agotado: no podíamos otorgar licencias, les debíamos francos y les solicitábamos doble jornada. Aún así, SEGUÍAN RESPONDIENDO. Muchos, expresando sus molestias; otros, manifestando sus miedos; muchas, debiendo buscar doble trabajo o haciendo guardias extras en el Hospital porque se convertían en sostén de sus familias ya que la pandemia les había quitado oportunidades de trabajo a sus maridos, que trabajaban de manera independiente. Fue duro verlas trabajar tanto.

Solidaridad frente a la muerte

Trabajar con el equipo de jefes en una Comisión especial encargada de organizar la institución para enfrentar la situación permitió que valoraran el trabajo de Enfermería y los canales de comunicación fueron más efectivos, rápidos y coordinados.

Yo lamentaba las muertes de agentes de salud que se conocían por las diferentes redes y siempre pedía a Dios que eso no pasara en nuestra institución… pero pasó.

En octubre, para el Día de la Madre, recibí un video de Omar con mascarilla de oxígeno, con franca falta de aire, pero con ganas desearme un feliz día y hacerme saber que su mejor elección fue ser enfermero, y que estaba orgulloso de ser parte de la gran familia de enfermería del Hospital Córdoba. Yo sabía en mi interior que él se despedía; me resistía, pero lo presentía.

El  23 de noviembre, su esposa, también enfermera del Hospital, me avisó que Omar había fallecido. No se puede explicar el sentimiento. Sé que las cosas se hacen bien, pero se siente una derrota.

Ese mismo día, mi madre falleció en el Hospital. Y entonces pensé en lo agraciada que fui por poder acompañarla en sus últimos momentos, y entendí a las enfermeras de guardia cuando me decían: “No me importan los protocolos, el paciente está muriendo y necesita a su familia”. Y así, en contra de todo, ellas vestían al familiar con todo el equipo necesario y le permitían que acompañe a su ser querido en sus últimos momentos. Y yo las apoyaba.

Las enfermeras también somos madres, hijas, esposas y, aunque nos critiquen por esto, es imposible perder la empatía con el paciente, con la familia, con el dolor puesto de manifiesto en estas situaciones.

“Las superpoderosas”

En estos tiempos difíciles nos salvaron las buenas noticias. “Martita, estoy embarazada”; “Martita, conseguí novio”; “Martita, voy a ser abuela”. Esas noticias, comunes en otras  circunstancias, ahora eran especiales. Mis enfermeras no dejaban de ser MUJERES.

No nos faltan insumos, no nos faltan protocolos, no nos faltan controles. Nos falta descanso, mejores salarios, más personal, mejores políticas que permitan que los cargos sean rentados como corresponde y que las funciones sean pagadas. Muchos llevan más de 10 años ocupando puestos de supervisión sin recibir jamás pago por ello. Y eso también cansa.

Pero ahí están, como dice Miguel Clariá, “las superpoderosas”: aquellas supervisoras que se quedan trabajando, las que recorren el Hospital, las que ven los 170 pacientes, los 19 servicios, los 50 enfermeros por turno; a veces siendo apenas dos o, en la mayoría de los días, solas. Las que reciben la queja diaria, directa; mujeres que ponen el hombro con entereza pero que sienten la angustia de no poder cumplir el rol como corresponde porque el tiempo no alcanza para todo. Y hacen todo lo humanamente posible para dejar a todos conformes y seguros.

Enfermería es profesión, es compromiso, es dedicación, es humanidad.

Las enfermeras somos parte central de la atención de los pacientes, siempre vamos adelante, somos combativas, somos defensoras de derechos, propiciamos la investigación, incursionamos en la docencia, marchamos, exigimos, pero también lloramos y sufrimos, por lo propio y por los demás.

La pandemia nos hizo conocernos, nos obligó a trabajar como equipo, nos enseñó y nos seguirá enseñando.

(*) Licenciada en Enfermería (UNC), jefa del Servicio de Enfermería del Hospital Córdoba y coordinadora del Comité de Bioética del mismo Hospital.