En busca de sí misma

En busca de sí misma

Fatal. Una crónica trans, de Carolina Unrein, es el relato crudo de una vida atravesada por la urgencia de una reinvención personal, y una interpelación a “tomar cartas en el asunto” para desterrar tanto prejuicio social.

Por Myriam Mohaded*

Veinte años andados en busca de afirmar la propia identidad. Fatal. Una crónica trans, de Carolina Unrein, es una biografía indispensable para visibilizar la realidad de quienes, como ella, se reinventan sorteando desprecios con una determinación conmovedora. Con desenfado, sin tapujos, este relato de vida permite aproximarse a la realidad de la comunidad trans y abordar una experiencia que, entre los pliegues del amor y el dolor, interpela social, humana y políticamente.

“Yo, Carolina Unrein, yo, la pibe de lindo culito, yo, la sobreviviente de abuso sexual, yo, la del desorden alimenticio, la ansiosa, la sola, yo, la puto, la marica, la trava, yo, Carolina Unrein, me declaro harta de este mundo de mierda que se lleva a una de nosotras cada noventa y seis horas (y andá a saber a cuántas más se lleva que no están registradas), yo, profundamente harta de todas ustedes porque no se les mueve un bendito pelo con el sonido de las sílabas al chocar los nombres de Marcela Chocobar o Diana Sacayán, yo”.

Carolina nació en Neuquén, donde vivió hasta los tres años. Luego, junto a su familia, se trasladó a Diamante y Viale, provincia de Entre Ríos. Hoy reside en Buenos Aires, el lugar que eligió para desarrollarse como actriz y modelo. En eso está.

La crónica va y viene, con una lógica temporal trazada según sus momentos internos y marcada centralmente por lo que significó su vaginoplastia (“6 días después”, “15 años antes”, “durante”, “5 años antes”). Un relato a viva voz de esa instancia esperada / ansiada / deseada / temida / intensa / dolorosa y feliz, pero sanadora al fin. Una experiencia que, seguramente, permite vislumbrar el camino de otres.

Allí están sus relatos: el de una niñez de uñas pintadas con apuro, maquillajes sacados a su mamá y juegos a escondidas; una nena que soportaba burlas continuas, una piba fresca que pensaba que podía casarse con su hermana por ese amor filial que aún perdura o que sonreía cuando en la escuela no se formaban dos filas sino una y entonces se mezclaban los guardapolvos rosas y celestes. “En esa época sangraba mucho. No sangré en sí, sino odio, incertidumbre, vergüenza. Sangraba en mi angustia infantil, sangraba en público y sangraba en la ducha”.

El testimonio de quien adoró a Björk, que despertó su creatividad y sensibilidad. La adolescente que, a los 13 años, sólo temía que la dejaran de abrazar. La que a esa edad temprana tuvo que explicarle con sus palabras a su mamá qué es una persona trans. La que se puso el vestido más bonito de toda la fiesta de colación de su secundaria para ser la diosa que fue esa noche y decir, en esa ceremonia, adiós. Adiós a todo lo que hasta ese momento le había hecho daño: la crueldad de la infancia, los señalamientos, las descalificaciones permanentes.

Fue cuando empezó a decir basta y a manifestar su hartazgo; y reconoce en un hecho un punto sin retorno: lanzarle una patada certera a un compañero de la escuela, sabiendo las represalias posteriores, fue la señal de que ya no estaba dispuesta a  bancar tanta burla. “A partir de ahí nunca me volvería a ver al espejo de la misma manera. Ya había perdido la inocencia, estaba decidida a encontrarme a mí misma. Y es que, en ese punto, ya no tenía nada que perder”, señala la autora en el apartado “Quince años antes”. Porque, hasta aquí, lo “natural” era convivir con eso de que, en un pueblo, a una persona trans “es muy difícil que no se la tenga calada”. Y aún es posible imaginar ese eco de cuchicheos y risas burlonas.

¿Cómo fue posible soportarlo? Si hay un hecho que atraviesa todo el libro es el que cuenta del amor permanente e incondicional de su familia; ese nido de afectos que forjó también con una amiga torta y otra marica, con quienes compartía sueños, anhelos, marginalidades. Juntas trataban de construir su mundo de sensibilidades y expresividad, plasmadas en las obras y varietés que hacían en Diamante. “Fui privilegiada. Soy privilegiada. Soy quien soy gracias a ese abrazo que no se me negó”.

Carolina habla de amores, desengaños y abusos; de la necesidad de inventarse y reinventarse en ese camino que inició, para asumirse como la Caro que es, y que la llevó a La Plata un 8 de septiembre de 2018 para someterse a una cirugía de reasignación genital. He visto a mis hermanas travestis amar mejor que una madre, he viso penes, he visto ríos, he visto mares, he visto odio y he visto pudor. He visto cariño y he visto ojos carnívoros observando con latente deseo mi cuerpo trans infantil, y eso es más de lo que debería haber visto”.

Acompañada por su familia a realizarse la vaginoplastia, en aquel viaje dejaba atrás años de oprobio. “Operarme fue rechazar el mayor privilegio que se me había otorgado: el falo. El genital predilecto, el genital de genitales. Cortarlo, darlo vuelta y arrancar los huevos, muy punk. Hacerle fuck you a la masculinidad impuesta y decir ‘yo no la quiero’. Es desapropiarla, burlarla, decogotarla”.

El prólogo del libro es de Camila Sosa Villada, a quien conoció y admira desde cuando por Canal Siete veía la miniserie La Viuda de Rafael, en la que actuaba la actriz y escritora trans cordobesa. Años más tarde conoció a la artista Susy Shock, que la invitó a participar en Cotorras, y aceptó. Luego llegaría Casa Brandon, su espacio de refugio y contención en Buenos Aires. Nadie más que ella sabe de la importancia de los modelos que le permitieron pensarse: hubo otres que, sin saberlo, le mostraron un camino y la marcaron como artista.

“No es posible que todo este diario sea más fértil. Es como una selva húmeda. Aquí no hay muerte”, escribe Sosa Villada. Con un prólogo y un epílogo que lo dicen todo, Fatal va más allá de la experiencia individual y hace visible la vida misma de la comunidad trans: los logros, la importancia de los afectos, los abusos, lo que sucede día a día.

La autora le pone voz a la experiencia que transitó hasta ahora, sin medias tintas. Y nos exige eso que a veces es difícil de reconocer: “Háganse cargo de la enfermedad silenciosa de las personas trans: la soledad. Háganse cargo de la soga, del salto por el precipicio, háganse cargo ustedes del chongo que nos mata, que buscamos y al que nos aferramos  porque nos dio el amor y el deseo  que ustedes nos negaron”. 

“¿Y saben qué más tengo para decir?”, dispara Unrein, dueña de palabras que cobran más fuerza a medida que avanza su diario. Y lo que dice es un pedido urgente, una apelación a seguir buscando estrategias, ideas y políticas que permitan cambiar tanto atropello y desterrar tanta crueldad.

Ficha técnica del libro: Fatal. Una crónica trans. Carolina Unrein. CABA: Edit. Planeta, 2020.

(*) Soy Myriam Mohaded, me gustan los libros, tengo una relación íntima con ellos, un diálogo infinito de alimentación. Primero con intuición y después con más consciencia me sensibilizan las causas en defensa de los derechos de las mujeres y diversidades; intento aportar perspectivas de abordaje para que juntxs avancemos en generar escenarios más justos. Soy periodista y docente. Participo en la Red PAR.