El “violador serial”, los medios y las chicas que cambiaron todo

El “violador serial”, los medios y las chicas que cambiaron todo

Una década antes de NiUnaMenos, cuando la perspectiva de género era poco conocida y los feminismos todavía estaban bajo sospecha, las chicas que fueron violentadas por “el violador serial” de Córdoba quebraron el silencio y marcaron un camino. La cobertura mediática, cargada de estereotipos, las destacó como víctimas valientes que perseguían a “un depravado” sin rostro.

Por Jimena Massa[1]

“Identificado y acorralado, el violador serial se pegó un tiro”, decía el título de tapa deldiario “La Voz del Interior” del 29 de diciembre de 2004. Gran parte de los medios decomunicación del país publicó ese día la misma noticia[2]. Fue el anuncio de que la“cacería” del hombre que había violado a 93[3] mujeres había terminado. Después de largos días huyendo de la persecución policial, Marcelo Sajen, identificado como “el violador serial”, se disparó en la cabeza, en la vía pública y a pocos metros de los policías que estaban a punto de detenerlo.

Ese epílogo cinematográfico estuvo precedido por meses de pánico social, que se hizo evidente en las marchas organizadas por las propias chicas que sufrieron abusos, en las que reclamaban eficiencia al gobierno de José Manuel de la Sota para la urgente detención del violador. El estado de alarma social se trasladó a las mesas de café, a las aulas universitarias y a los programas de televisión. Incluso el gobierno, presionado por la demanda ciudadana, llegó a ofrecer una recompensa en dinero a quien aportase datos que permitieran capturar a Sajen. Ese clima, desde luego, fue alimentado por una enorme cobertura mediática, que durante cuatro meses mantuvo el caso en los primeros lugares de la agenda pública.

Con diferentes grados de espectacularización y banalización, los medios de comunicación difundieron todo tipo de hipótesis sobre las supuestas características del hombre más buscado y sobre su modus operandi; también, profusos relatos sobre las vidas, circunstancias y sentimientos de las mujeres que sufrieron abusos, más los avances, retrocesos y especulaciones en torno de la investigación policial y judicial, con los respectivos efectos políticos colaterales.
Sin embargo, el rasgo más interesante del caso, al menos en lo que se refiere a la perspectiva de género, no fue el tamaño ni la espectacularidad de la cobertura periodística sino el inusual protagonismo público que algunas de las jóvenes abusadas eligieron tener durante el proceso de persecución de Sajen. Protagonismo iniciado por una chica de 20 años que adoptó el nombre ficticio de Ana y que decidió divulgar vía correo electrónico todos los detalles de la violación que sufrió en la noche del 28 de agosto de 2004.

El mail que rompió el silencio

Ana había sido atacada mientras caminaba al encuentro de sus amigas: fue sorprendida por la espalda, amenazada de ser «cortada entera», obligada a caminar hasta un edificio abandonado y luego violada en la oscuridad. El correo electrónico fue enviado a una lista de amigxs, pero se multiplicó rápidamente y llegó a varios medios de comunicación (fue publicado el 6 de octubre en Clarín y el 7 de octubre en La Voz del Interior) . El texto es muy extenso, pero los siguientes párrafos ilustran la elocuencia del relato:

Fue lo más denigrante, espantoso y humillante que me tocó vivir en mis 20 años de vida. La verdad es que después de eso pensé que (él) me iba a matar… me dijo que no lo denunciara porque la única que iba a pasar vergüenza era yo, porque a él no lo iban a agarrar. No anden solas, no se descuiden, no se confíen… El tipo está en Nueva Córdoba, está suelto, actúa indiscretamente y lo va a seguir haciendo. Sabe exactamente lo que hace, cómo hablarte, qué decirte y cómo convencerte. No tiene límites porque el organismo que se supone que se los ponga (la policía), no lo hace. No se olviden que no fui la primera ni lamentablemente la última (…)

Además del rechazo automático que cualquier noticia de violación despierta, había algo en esa denuncia íntima y personal que provocó un impacto singular: una potente combinación de susto colectivo, solidaridad espontánea e indignación popular. Las palabras de Ana, oriunda de Salta, generaron un estado de alarma general. Por un lado, no era común que una mujer divulgara una experiencia de esas características y, menos aún, con ese nivel de detalle. La violencia de género no formaba parte de la agenda mediática y mucho menos estaba garantizada la credibilidad para las mujeres que denunciaban. Por otro lado, Ana afirmaba que el violador era el mismo que ya había cometido varios crímenes en la zona, y levantaba la sospecha de que podía tratarse de un policía o de alguien con protección policial.

El relato de Ana después fue completado con las narrativas de otras chicas, víctimas del mismo abusador y que también decidieron hablar. Pero fue aquel relato original, escrito em primera persona, que provocó la formación casi espontánea de una red solidaria -primero de tipo virtual y después de carácter presencial- que más tarde se convirtió en un activo movimiento social. Ese grupo de víctimas, amigxs y allegadxs, que inicialmente tuvo como objetivo reclamar en las calles por la prisión de Sajen, con el transcurso del tiempo adquirió el estatusde una organización civil –Podemos hacer algo[4]– que consiguió presionar al gobierno para la adopción de medidas inéditas y que trabajó en la prevención de la violencia sexual y en la atención de sus víctimas.

Ademas, instaló un modo particular de relación entre las jóvenes y los medios, pues fueron ellas las que impusieron sus propias reglas como fuentes de información y modificaron las pautas de producción periodística. O al menos, el modo habitual de cobertura de los casos de violencia sexual, cercados por el ocultamiento y el silencio. En esta ocasión, las chicas no sólo generaron su propio circuito de comunicación, a través de cadenas permanentes de correos electrónicos, sino que escogieron un modo de proveer de información a los medios y hacer oír su voz.
«Que no nos trague el silencio, que nadie calle nuestros miedos, que nadie nos haga creer que no se puede». Las palabras de Ana forman parte del discurso que pronunció durante una de las movilizaciones callejeras organizadas por las propias mujeres que sufrieron abusos, en las que le reclamaban al gobierno por la urgente detención del agresor.

Víctimas “genuinas”

Pero ¿cómo fue posible esa cobertura periodística? ¿Y qué características tuvo? Según Pierre Bourdieu, lo que potencia a la noticia es su acomodamiento o sintonía con lo que se entiende por opinión pública. Así, es posible que la magnitud de la cobertura sobre “el violador serial” se explique no sólo por la espectacularidad del número de crímenes cometidos, sino también por la probable correspondencia entre ciertas características del caso y determinadas representaciones sobre la violencia de género, supuestamente compartidas por lxs lectorxs.

Uno de los estereotipos que atraviesan las nociones referidas a la violencia sexual es la “idoneidad moral” de quién puede ser considerada víctima de una violación. Y en este caso, es posible que los criterios sociales – construidos con significados de género, clase y raza – que determinan los requisitos de “la” víctima se correspondan, en sus trazos generales, con el perfil que los medios construyeron de las chicas violentadas.

El hecho de que Ana fuera joven, estudiante universitaria y residente en un barrio bien referenciado de la ciudad (Nueva Córdoba) hizo que, en la traducción mediática, se convirtiera en una “víctima genuina”, incluyendo varios de los atributos esperados. Entre ellos, la fragilidad y la vulnerabilidad, que son, de forma genérica, dispositivos discriminatorios que atentan contra el derecho de igualdad en relación a las identidades masculinas.

A su vez, en este caso el no consentimiento de las chicas – un “requisito” indispensable para ser creíbles – quedó explícito en los respectivos relatos personales, y su condición de «víctimas» no admitió dudas. Además, por tratarse de un agresor desconocido, sin vínculo previo con ellas, su «idoneidad moral» parece no haber estado en juego. De hecho, la asociación entre la conducta social (relaciones sexuales previas) de las denunciantes y su honestidad -un tópico tan frecuente cuando se trata de chicas “pobres” / “militantes” / “mochileras” / “fanáticas de los boliches” – afortunadamente no formó parte del discurso periodístico.

Elogio de la valentía

(…) Lamentablemente la única forma que hay de agarrarlo al tipo es con las manos en la masa (…) por eso tenemos que estar preparadas y mentalizadas (…) con mis amigas estuvimos pensando en alguna forma de identificar que a alguien le está pasando algo, y es llevando un silbato en la mano, porque a lo mejor el grito no te sale, pero soplar sí (…) La idea es llamar la atención de las personas que estén por ahí. No te expongas a que te pase, porque en media hora un enfermo hijo de puta te puede dar vuelta la vida (…) No tequedes con este mail, no te olvides que le puede pasar a alguna amiga, a tu prima, a tu hermana, a tu novia, a tu hija, A VOS, pasalo a todos tus contactos.

La narrativa de Ana remite a las posibles formas de protagonismo y resistencia frente a las delicadas circunstancias de la violencia sexual. Eso permitió que las representaciones construidas por los medios no hicieran foco exclusivamente en el lugar de la víctima sufridora, constitutivo del ideal hegemónico de feminidad, sino que también destacaran su perfil de “mujer valiente”, poniendo de relieve su agencia, sus recursos y estrategias para enfrentar una situación dolorosa y compleja.

Ana es fuerte. Pequeña de talla – apenas un metro sesenta de un cuerpo armonioso y frágil – pero firme en sus convicciones. La voz, sin tonada definida (es de Salta), se le vuelve de hierro cuando dice que no piensa bajar los brazos. (Clarín, 18 de octubre de 2004)

Haber desafiado las convenciones de “la víctima” implicó, en última instancia, haber desafiado ciertos atributos de género.En este sentido, Ana fue socialmente valorizada a partir de que los medios destacaron precisamente su coraje, un atributo históricamente asociado a lo masculino.

Un “depravado” sin rostro

Toda militancia se enfrenta con una dificultad: considerar la diversidad de la realidad. En función de visibilizar reclamos y en nombre de los derechos por conquistar, los feminismos apelan a un “esencialismo estratégico” que, en este caso, coloca a la mujer en el lugar de la victimización y esencializa la violencia como atributo de la masculinidad. Las estadísticas, por supuesto, justifican esa estrategia.

La construcción mediática de la imagen de Sajen apeló a un conjunto de rasgos de sentido negativo que conformaron una representación homogénea y lineal. El discurso periodístico presentó un repertorio de expresiones como “degenerado”, “psicópata”, “temible delincuente”, “crimen perverso” o “acto repugnante”, más otras ligadas a la moralidad y a lo socialmente inaceptable. El discurso psicológico/psiquiátrico proveyó su repertorio para describir a quien era considerado “un peligro” para la sociedad y, en especial, para las mujeres.

Durante el tiempo que duró la persecución de Sajen, las descripciones de ese hombre sin rostro, presente en las conversaciones de todxs lxs cordobesxs, se basaban en las declaraciones de las propias chicas violentadas. Algunas de ellas aportaron detalles certeros sobre su modo de caminar y hablar, la forma de sus manos y los rasgos de su rostro. Entretanto, también hubo muchas informaciones imprecisas y las investigaciones policiales siguieron hipótesis muy inciertas. De hecho, un verdulero de San Vicente, estuvo preso injustamente durante 41 días bajo la sospecha de ser “el violador”. Algunas de las presunciones publicadas por los medios fueron las siguientes:

(…) el depravado mide entre 1,65 y 1,75 metro, tiene marcados rasgos norteños, el cabello negro y corto, es robusto, tiene las manos suaves aunque fuertes, se afeita los genitales, tiene un marcado acento cordobés y utiliza un vocabulario grosero (podría impostar la voz), viste ropa sport o deportiva, elige los lugares antes de atacar a sus víctimas.
(La Voz del Interior, 23 de octubre de 2004)

Los medios, a medias

Quince años después de la saga del serial, los modos de narrar las violencias continúan estereotipados. Aunque se conquistaron derechos -la figura jurídica de la violencia mediática, por ejemplo- y pese a que la perspectiva de género en los medios resulta cada más visible, la violación continúa siendo presentada como un hecho aislado e intempestivo, casi producto de la fatalidad, y no como consecuencia de un orden patriarcal que históricamente ha violentado los cuerpos de las mujeres. Y los lugares de agresor y víctima permanecen esencializados, con pocas chances de introducir matices que complejicen las construcciones de género.

Cuando Sajen andaba por los alrededores de la Ciudad Universitaria, las redes sociales eran incipientes, los medios seguían nombrando los femicidios como “crímenes pasionales” y la Red PAR – por una comunicación no sexista -el primer colectivo de periodistas con perspectiva de género de Argentina- aún no se había conformado. La ley de Protección Integral para Erradicar las Violencias contra las Mujeres (promulgada en 2009) tampoco existía.

Sin duda, el activismo de las mujeres y la consecuente ampliación de derechos provocaron cambios en la forma de cubrir estos crímenes y, sobre todo, en la sensibilidad de las audiencias, cada vez más advertidas. Sin embargo, mirar cómo los medios narran las violencias continúa siendo indispensable. Las representaciones mediáticas permiten observar las relaciones de poder y los elementos de dominación y resistencia, esenciales para comprender el problema de la violencia de género.

Cuando lo privado se hizo público

Vista en retrospectiva, la enorme visibilidad de la violencia sexual ejercida por el “violador serial” fue un punto de inflexión. Una década antes de la movilización NiUnaMenos, cuando los feminismos todavía estaban bajo sospecha y los pañuelos verdes eran el emblema de sólo de un puñado, unas pibas hicieron su revolución. Las jóvenes que fueron violentadas quebraron el silencio y marcaron un camino que tendría curvas entonces insospechadas.

El caso fue paradigmático en materia de crímenes sexuales en la provincia no sólo por la magnitud de los hechos sino por la visibilidad que adquirió la denuncia de las víctimas y por el protagonismo inusual que ellas tuvieron en la divulgación y persecución del caso. Todo en un contexto en el que, además, las redes sociales estaban lejos de ser la potente vidriera que favorece y multiplica confesiones y denuncias.

Como ocurre en muchos grupos de víctimas, entre las chicas que padecieron al “serial” lo que parecía individual o personal en la experiencia del grupo ganó inteligibilidad y, resignificando sus vivencias, las mujeres inventaron estrategias de resistencia y empoderamiento. Estrategias que produjeron cambios de tipo individual, como la decisión de romper el silencio para hablar de lo considerado íntimo / privado, la incorporación de medidas de auto-protección para defenderse de un eventual ataque -el aprendizaje de técnicas de defensa personal o el uso de silbatos- y la voluntad de movilizarse para exigirle al Estado.

Y también hubo cambios a nivel colectivo: se formó la organización no gubernamental Podemos hacer algo -entre otras acciones, promovió la creación de la Unidad Judicial de la Mujer y diseñó campañas de prevención- y se inició una incipiente participación social, con las chicas liderando la movilización, lo que daría una primera muestra de lo que puede suceder cuando las mujeres toman las calles y convierten el dolor en lucha.


1   Autora de Saiu no jornal: a construção da violência de gênero no discurso midiático sobre ‘o estuprador serial’ de Córdoba (Argentina)”, tesis en el área de Antropología de los Medios, presentada en el Programa de Pos Graduação en Antropología Social da Universidade Federal de Santa Catarina (UFSC, Brasil). 

2 Los diarios La Voz del Interior, La Mañana de Córdoba, La Nación y Clarín destacaron la noticia en tapa.

3 Pese a que esa cifra fue confirmada por la Justicia de Córdoba, existen dudas en relación a la existencia de casos no denunciados, y de otros que sí fueron denunciados, pero cuya autoría no pudo ser confirmada por falta de pruebas.

4 “Podemos hacer algo – Centro de Asistencia, Orientación y Prevención de Delitos contra la Integridad Sexual