“El feminismo es la revolución más potente y más larga”

“El feminismo es la revolución más potente y más larga”

La socióloga peruana Virginia “Gina” Vargas, pionera en la organización de los feminismos latinoamericanos y cofundadora del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, analiza la potencia de la actual agenda feminista, que incorporó la mirada decolonial y se manifiesta contra el extractivismo del capitalismo neoliberal.

Por Jimena Massa y Pate Palero

“Socióloga de profesión y feminista de corazón y por convicción”, la peruana Virginia “Gina” Vargas reflexiona sobre los avances de los movimientos de mujeres en América Latina. “Hay mucha potencia en los feminismos se están desarrollando -afirma- no sólo por la enorme cantidad de mujeres jóvenes maravillosas y las diferentes luchas que encarnan, sino también por las nuevas actorías y las nuevas agendas que los feminismos levantan”.

Gina tiene perspectiva histórica para medir los cambios. En 1978, cofundó el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, una organización no-gubernamental que estudia, difunde e impulsa los derechos de las mujeres, y es reconocida internacionalmente como una de las principales defensoras de las causas feministas. Recibió el premio UNIFEM durante la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer realizada en Beijing en 1995, y en América Latina integra redes como la Articulación Feminista Marcosur (AFM). Esta entrevista se realizó, precisamente, durante una actividad organizada por la AFM en Córdoba: el conversatorio “Resistencias feministas en el contexto latinoamericano actual”, del que participaron también Ana Cristina González Vélez (Colombia), Clyde Soto (Paraguay), Ana Falú (Argentina) y Rita Segato (Argentina / Brasil).

Gina considera que la lucha contra el patriarcado es inseparable de la lucha contra el capitalismo neoliberal y la colonialidad, porque “el extractivismo capitalista le hace a nuestros territorios lo que el patriarcado le hace a nuestros cuerpos”. Y agrega, contundente: “La lucha no es contra la pobreza sino contra la desigualdad”. Una desigualdad que no es sólo de género sino también de clase, raza y edad. Por eso celebra la ampliación de la agenda de preocupaciones de los feminismos, que hoy tienen un papel clave en la emancipación de América Latina.

En sintonía con las demandas de interculturalidad que recorren el continente, reivindica las cosmovisiones diversas, alternativas y situadas. Cuestiona los conceptos de pobreza y desarrollo, y cree necesario revisar el lenguaje de derechos para preservar los cuerpos, las vidas y los territorios de las mujeres.

 – Como pionera que fuiste en la creación de organizaciones de mujeres y tras varias décadas militando por la conquista de sus derechos, ¿cómo ves a los feminismos latinoamericanos en este momento de tanto dinamismo?

– El momento histórico es muy dramático y la agenda feminista se ha ampliado con una tremenda riqueza. Además de las luchas históricas que seguimos llevando adelante -porque no hemos conseguido lo necesario en materia de derechos sexuales y reproductivos, ni en la erradicación de la violencia- se añaden otras dimensiones que tienen que ver con las  discriminaciones raciales y sexuales, y con nuevas formas de explotación del capital, como el extractivismo, que han dado origen a nuevas miradas, nuevas formas de interrogar la realidad y nuevas epistemes. Y así van surgiendo nuevos conceptos. Por ejemplo, cuando Bolivia se declaró Estado plurinacional y se organizó un viceministerio de Decolonialidad, las feministas bolivianas inmediatamente saltaron con una consigna potentísima: “Sin despatriarcalización no hay decolonialidad”.

 

Gina Vargas, en el centro, junto a las feministas Clyde Soto y Ana Falú.

– ¿Y cuál es el lugar del racismo en la ampliación de la agenda feminista?

– Estas dimensiones comienzan a aparecer precisamente gracias a la crítica feminista. Aparecen nuevas y necesarias formas de mirar la realidad. Porque América Latina no sólo es el continente más desigual, también es un continente racista. Se piensa que el racismo no existe y que vivimos en una democracia racial. Esto no es así, y se evidencia con la situación de las poblaciones indígenas y afros. Las feministas urbanas, blancas y de clase media no podemos ser ajenas a la realidad de nuestros países. Y son las feministas negras las que nos alertan. La filósofa brasilera Sueli Carneiro me decía: “El feminismo es racista por omisión. Las negras no estamos presentes, no nos nombran”. Ella tiene un artículo hermoso llamado Ennegrecer el feminismo

– Ennegrecer es una materia pendiente para los feminismos blancos y urbanos…

– Claro. Por ejemplo, nosotras hablábamos de romper el encierro doméstico, que era una de nuestras primeras reivindicaciones, pero Sueli (Carneiro) me decía: “Nosotras no hemos estado en el encierro doméstico. Hemos sido esclavas, madres de leche, vendedoras ambulantes, prostitutas, de todo… Entonces, de qué mujeres habla el feminismo?”. El aprendizaje a partir de estas nuevas voces ha sido extraordinario y ha ampliado muy positivamente la agenda feminista. La lucha que las indígenas sostienen por los territorios y contra el extractivismo pone en claro cuestiones fundamentales. Ellas tienen una consigna extraordinaria: “El extractivismo le hace a nuestros territorios lo que el patriarcado le hace a nuestros cuerpos: nos viola, nos destroza, nos invade”*.

– La analogía entre cuerpo y territorio suena cada vez más fuerte en los feminismos de la región para argumentar en relación a la condición estructural de la violencia.

– Es que frente a una realidad como ésta, no te puedes quedar indiferente. Esta es la verdadera agenda de transformación si queremos un mundo donde la vida pueda ser vivida, como dicen las economistas feministas y los ecofeminismos. Una de las grandes marcas de los últimos tiempos, muy negativos para la humanidad, es la forma en que el capitalismo neoliberal, en alianza con el patriarcado y la colonialidad -porque la única mirada posible parece ser la mirada occidental capitalista, dejando de lado otras cosmovisiones- se ha exacerbado en contra de los cuerpos, las vidas y los territorios de las mujeres.

– ¿Creés que esa alianza entre capitalismo, patriarcado y colonialidad tiene un impacto específico en nuestra región, castigada no sólo por la violencia sino también por la pobreza?

– En este momento no podemos seguir hablando de pobreza. La pobreza es una tremenda trampa que despolitiza lo que estamos viviendo. Lo que hoy existe es una profunda desigualdad en la redistribución de la producción de la vida y no solamente de la riqueza capitalista.

– ¿Por qué hablar de pobreza es una trampa?

– Con la pobreza lo que haces es tener programas de alivio o de erradicación, entre comillas, que consisten en determinados apoyos financieros que acaban siendo totalmente cooptados por los gobiernos .La lucha contra la pobreza no genera ciudadanía; genera un tipo de pasividad receptora, porque tampoco tenés otra alternativa. Se reduce la pobreza sólo en lo monetario, que es fundamental, pero evidentemente no es para nada lo único cuando todos los otros derechos están violentados; y allí podríamos hacer una lista completa. Por eso sostengo que el enfoque de pobreza es una trampa, como también lo es el enfoque del desarrollo. Nos metieron el cuento de que teníamos que desarrollarnos para ser iguales a los europeos, y mira cómo está Europa. Debemos levantar nuestras propias miradas.

– Digamos entonces que el enfoque de pobreza y el de desarrollo son funcionales a este capitalismo patriarcal que causa tanta desigualdad…

El paradigma del desarrollo legitima una mirada básicamente capitalista y occidental, y quiere universalizarla. Otro concepto tramposo es el de la universalidad de derechos. Como dice el antropólogo colombiano Arturo Escobar, ya no es posible pensar en términos de universo sino de pluriverso, en el sentido de reivindicar las cosmovisiones diversas, locales, alternativas, situadas. Es un momento que, como diría Antonio Gramsci, es de “interregno”; un momento de crisis en el que la debacle de este modelo -que nos está llevando a la catástrofe ambiental y humana- es tan clara que los paradigmas están cambiando. Pero todavía no terminan de nacer los nuevos. Están recién está comenzando.

– Retomando el tema de la pobreza, definir ese enfoque como una trampa no implica no denunciar el empobrecimiento sino modificar el paradigma con el que lo abordamos.

– Efectivamente, no se trata de no denunciar la pobreza sino de que el horizonte no debe ser el combate de la pobreza sino la igualdad, que sí construye ciudadanía. Existe una falta de igualdad de derechos, esa es la clave. No necesitamos beneficios sino derechos. Aunque la lógica de los derechos también debe estar en revisión, porque también existen los derechos a la propiedad privada. Entonces es necesario revisar toda esta lógica del merecimiento y de alguna manera limpiar el lenguaje de los derechos que en muchos casos está siendo mal utilizado.

– Y hablando de derechos, ¿qué podrías decirnos en relación a la fuerza que ciertos movimientos conservadores o antiderechos han tenido en Perú?

– En Perú existe un movimiento fuerte contra la llamada “ideología de género” y ha sido cuna de movimientos como “Con mis hijos no te metas”, que han aparecido con tremenda fuerza. Nuestro país ha tenido poderes muy reaccionarios vinculados al Opus Dei y se ha registrado una escasa presencia del Estado en materia de género y de feminismo. De todos modos, en las últimas elecciones los sectores más reaccionarios se dedicaron a fomentar su discurso de defensa de la familia y todo lo demás, pero sacaron menos del uno por ciento de los votos. Entonces, a pesar de que tienen mucho poder, no les resulta tan fácil. También debo decir que hay sectores muy interesantes, muy progresistas dentro de las iglesias. Yo soy atea pero le tengo mucho respeto a esos sectores, ya que parte de mi sensibilidad viene de la Teología de la Liberación, que aprendí de mis padres. Pero lo cierto es que Perú ha sido, en este sentido, un laboratorio de experimentos.

– ¿Creés que el feminismo es lo más revolucionario que está sucediendo en América Latina?

– Sin duda. Ya en el siglo pasado una feminista argentina (nació en Rosario) que vivió mucho tiempo en Cuba, Isabel Larguía, y que hizo un estudio extraordinario sobre el trabajo invisible, decía que el feminismo ha sido la revolución más importante del siglo XX. Pero, al mismo tiempo, es la revolución más larga. Yo creo que sigue siendo una revolución fundamental porque está rompiendo estereotipos y sentidos comunes; es una confrontación contra hegemónica y una frontera fundamental en un momento en que las demás fuerzas sociales y políticas están con dificultades para enfrentar las nuevas situaciones. Creo que hay mucha potencia en la forma en que los feminismos se están desrrollando, no sólo por la enorme cantidad de mujeres jóvenes maravillosas y las diferentes luchas con las que nos identificamos, sino también por las nuevas actorías y las nuevas agendas que los feminismos levantan.

– ¿Te parece que, en términos generales, los feminismos de la región incluyen estas nuevas miradas interculturales, situadas y decoloniales?

– Me parece muy interesante y renovadora la nueva mirada de las economistas feministas y de los ecofeminismos, que atienden a la relación entre naturaleza y derechos. Creo que hoy existe una mirada que está permeando a los movimientos feministas y que recupera la necesidad de democratización del conocimiento, cosa que no hace el enfoque de pobreza. Yo suscribo una cosmovisión como la indígena, con una mirada del buen vivir que pasa por la posibilidad de hacer conexiones diferentes con los bienes que encuentras en la sociedad y en la naturaleza.

– Cuando señalas que otras fuerzas políticas y sociales no están siendo capaces de incorporar estas cosmovisiones y de articular estas nuevas demandas, ¿estás haciendo en particular una crítica a los partidos de izquierda?

– Nuestros feminismos tienen una mirada política que bebe de las izquierdas. Nosotras nacimos de las izquierdas y estamos en las izquierdas pero, al mismo tiempo, es necesaria una crítica fundamental a la izquierda que no se ha democratizado, que sigue pensando en términos de contradicciones principales y secundarias, profundamente machista en su mirada y en su composición, porque, claro, muchas de las mujeres de las izquierdas salieron a formar movimientos feministas. Es importante considerar que la propuesta política no puede ser sólo estar en el Estado sino que también es necesario trabajar por la transformación de la vida cotidiana y la subjetividad. A esta última dimensión las izquierdas no la están viendo. Cuando tú apuestas sólo por el cargo, dejas afuera una dimensión política fundamental.

– La transversalidad y dinamismo de los feminismos constituyen una ventaja en ese sentido…

– Como declaraba hace muchos años Vicky Guzmán, una demanda no llega al Estado por su dramatismo ni su urgencia; llega por la capacidad de extenderse a públicos más amplios. Esa es la batalla contracultural, y para mí eso es absolutamente central en este proceso y eso es lo que las izquierdas no ven. No quiero generalizar, pero varios partidos que han estado en los gobiernos tampoco lo vieron. Muchos de ellos estuvieron contra los derechos de las mujeres, sin ninguna duda. Por ejemplo, un país como Uruguay, que hasta hace poco era el país más democrático de América Latina, tuvo un presidente del Frante Amplio que negó el derecho al aborto pese a que había sido aprobado en las dos cámaras. Entonces la cosa es compleja y llena de matices.

Más sobre Gina Vargas

La socióloga peruana Gina Vargas, durante su visita a Córdoba en febrero de 2020.

Virginia “Gina” Vargas fue cofundadora del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, una organización no-gubernamental peruana que estudia, difunde e impulsa los derechos de las mujeres, y también creó la división latinoamericana de DAWN (Development Alternatives with Women for a New Era). Promovió los derechos reproductivos para las mujeres en el Perú y es reconocida internacionalmente como una de las principales defensoras de las causas feministas.

Recibió el premio UNIFEM durante Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de las Naciones Unidas, realizada en Beijing en septiembre de 1995. Como investigadora, ha estudiado los movimientos sociales y el rol de las mujeres en el desarrollo económico. En América Latina, integra redes como el Programa de Estudios y Debates Feministas de Flora Tristán, “Democracia y Transformación Global”, vinculado a la Universidad de San Marcos en Perú, y la Articulación Feminista Marcosur.

Fue profesora en el Instituto Internacional de Estudios Sociales (International Institute of Social Studies) de La Haya, Países Bajos, en el Programa Mujeres y Desarrollo, y docente invitada en programas de estudios de género en la Universidad de Wisconsin, en los Estados Unidos, y en otras América Latina y Perú. Ha escrito varios libros y artículos sobre democracia, ciudadanía y Estado.