De Carlos Paz a Villa Gesell, existir o morir en los medios

De Carlos Paz a Villa Gesell, existir o morir en los medios

Violación de una joven, asesinato de un pibe, actuación en manada, son algunos de los titulares de este verano, con tratamiento diferenciado, a pesar de que los agresores son hombres que actuaron colectivamente.

Por Gabriela Weller

La grilla de programación estival de los medios locales y nacionales es un monumento a la frivolidad. Una picadora de carne que se lo traga todo y no sólo por las notas en playas y destinos turísticos. El 99% de los contenidos son absorbidos por esa mácula superficial y pasatista en la que hasta las noticias más serias flotan en la superficie. 

En Córdoba, la temporada comenzó con la noticia de una “violación en manada” en Carlos Paz. En la madrugada del viernes 20 de diciembre del 2019 una joven de 18 años fue atacada por diez turistas oriundos de CABA, en la casa que alquilaban en un barrio residencial muy cercano al centro de la ciudad. Tras la circulación de rumores y versiones malintencionadas del tipo estaban en una fiesta con mucho alcohol, las chicas fueron voluntariamente, y las amigas qué hicieron, finalmente el fiscal Ricardo Mario Mazzucchi ordenó la investigación y caratuló el caso como abuso sexual con acceso carnal.

La noticia circuló el mismo viernes por la noche. Pero a la semana siguiente ya había desaparecido de todos los medios, a excepción de algunas publicaciones locales online. Si el motivo de la escasa cobertura periodística y del apagón informativo a partir de enero fue, como se ha dicho, una forma de proteger a uno de los principales destinos turísticos de la provincia, difícilmente pueda probarse. Y si así fuera ¿se resentiría la afluencia de turistas a una ciudad en la que una joven de 18 años fue violada por diez hombres? La respuesta podría sorprender.

Tampoco se han hecho públicos datos precisos sobre el impacto socioeconómico del llamado “crimen de Fernando”. Aunque a diferencia de la violación en Carlos Paz, todos los medios, durante todo el verano y a toda hora, espectacularizaron la noticia del chico golpeado y asesinado por un grupo de entre 7 y 11 jóvenes que también estaban de vacaciones. 

Sobre el poder de nombrar

Manada, patota, grupo, no son sinónimos. Y tampoco son designaciones arbitrarias o ingenuas.

Está en juego la dimensión performativa, el decir como hacer, y las consecuencias políticas de nombrar de uno u otro modo.

Como se ha dicho, decir manada es decir animales y al menos desde Hannah Arendt ya se sabe que el carácter monstruoso atribuido a los períodos y hombres más crueles de la humanidad no tiene nada que ver con lo animal. 

La patota, en cambio, reviste de polisemia. Desde la patota genocida a bordo de un Falcon verde hasta la patota del doctor Oscar Alende, como muchos cantaron en los 80, pasando por la patota sindical y la pandilla de amistades del barrio. En tanto grupo de gente que se reúne con frecuencia, se usa y se ha usado en muy diversos sentidos.

El grupo de jóvenes que violó a una chica, sin embargo, reviste cierta tibieza e incomodidad. 

La violación grupal, ese adjetivo que nos habla de lo colectivo, parece entrar en tensión con el sustantivo violación.

Es posible que aún no se haya encontrado la manera de nombrar, al menos en el lenguaje periodístico, a los más y mejores hijos del patriarcado, Segato dixit, que actúan compitiendo entre sí y enviando un mensaje de ratificación de la manera de ser hombre según los mandatos del androcentrismo.

En la economía del lenguaje, la lucha por el poder de nombrar permanece en disputa.

Se dirá que un asesinato es peor, irreversible. Debiera decirse también que el femicidio no es un acto puntual, desprovisto de historia y contextos, y que para cuando se publique el próximo asesinato de una mujer a manos de un hombre, serán muchas las que hayan pasado por las más diversas modalidades de la violencia de género, la violación entre ellas. 

Si la espectacularización de la violencia machista no hace más que multiplicarla, el silencio informativo se convierte en un cerco infranqueable en el que los hechos se desvanecen.

¿Quién se acuerda de la piba de Carlos Paz? Su familia, obviamente; su abogado Benjamín Sonzini Astudillo; el fiscal y el juez Daniel Strasorier, que intervienen en la causa. También, el abogado de los agresores, el más activo durante la feria judicial intentando sacar de Bouwer a sus defendidos.

Qué se sabe de estos diez jóvenes que violaron a la piba de Carlos Paz. Que son de Buenos Aires, que dos de ellos son jugadores de fútbol de la segunda división de Huracán, que son de familias de clase media, a juzgar por el chalé que alquilaron para vacacionar. Pero por qué, cómo llegaron a violar a una chica, en qué pensaron, cómo se sintieron, son respuestas que sólo se escucharán mediadas por el consejo jurídico profesional para disminuir o evitar la acusación judicial.

Mientras tanto, y después de haber sido víctima de la violación, la chica de 18 años pasó por las pruebas médicas para constatar las “lesiones compatibles con acceso carnal violento” y continúa medicada y con apoyo psicológico. Pero no se ha generado ningún debate acerca de lo que pasó. A diferencia de lo ocurrido con el crimen de Villa Gesell, ningún medio ha promovido debates, con las opiniones más serias y de las otras, alrededor de qué es un violador, por qué en grupo, qué pretenden, cómo fueron educados, y más datos o reflexiones sobre el problema social y político de la violencia contra las mujeres. Es más, las voces lúcidas de quienes opinan en los medios han señalado al crimen de Fernando Báez como producto de la violencia patriarcal. La violación de una mujer parece ser una más, incluso cuando la llevan a cabo diez hombres: un caso más en el archivo de la información policial.

Al cierre de esta edición, el fiscal Mazzucchi continuaba investigando la causa y el juez Strasorier resolvía recursos de la defensa, tanto de pedidos de libertad como de medidas probatorias. Uno de los imputados ya habría obtenido la libertad.

La deuda, o la menos una de ellas, sigue siendo un abordaje periodístico centrado en el por qué, en la comprensión de lo que pasa y su genealogía. Sin esto, difícilmente se pueda avanzar más allá de la difusión de un número de teléfono en caso de sufrir violencia de género.