Con f de fe-ministas

Con f de fe-ministas

Feministas creyentes visibilizan su fe reclamando definiciones plurales. Católicas por el Derecho a Decidir, quizás la organización religiosa más conocida, es semillero de jóvenes que exhiben pañuelo verde atado a sus rosarios. Otras redes, de diferentes credos, comienzan también a verdecer.

Por Pate Palero

“Yo tengo fe, que todo cambiará
Que triunfará por siempre el amor
Yo tengo fe, que siempre brillará
La luz de la esperanza, no se apagará jamás”

La canción que Palito Ortega compuso un día antes del regreso de Juan Domingo Perón en el 73, expresa un sentimiento que suele ser objeto de sospecha entre feministas. Vapuleada por la modernidad empírica y constatable, la fe ha debido refugiarse en contextos religiosos abrigada por feligresías de diferentes creencias. Sin embargo, fe y feminismos tienen algo más que la F en común.

El 8 de marzo de este año, la movilización por el Día Internacional de la Mujer fue la última que transitó las calles de nuestras ciudades, y la primera en la que pudimos leer -entre el colorido de diferentes pancartas- algunas que “rezaban”: “Cristianas marchando” o “Sororidad y fe”. Sostenidos por varias manos, esos carteles dieron cuenta de un colectivo poco visibilizado, y mucho más extendido de lo que el imaginario verde supone.

No ajenas a contradicciones, ni discriminaciones, ni a redes y sororidades, en Córdoba existen grupos de mujeres pertenecientes a credos muy disímiles que se identifican como feministas. Católicas romanas, cristianas, evangélicas y musulmanas, son algunas de las que ejercen sus prácticas religiosas con perspectiva de género, y transitan sus espacios feministas con vivencias espirituales.

Fe.com

La palabra fe proviene del latín fides, que significa ‘lealtad’, ‘fidelidad’. Según Significados.com (sitio web consultado por tener más autoridad que algunos consagrados pese a su carácter monárquico y misógino) la fe es “la creencia, confianza o asentimiento de una persona en relación con algo o alguien y, como tal, se manifiesta por encima de la necesidad de poseer evidencias que demuestren la verdad de aquello en lo que se cree”. Fe también significa “tener confianza plena en algo o alguien”. Ejemplo (de la autora): “Yo tengo fe en que el patriarcado se va a caer”.

La frase resulta forzada. Como si los términos “fe” y “patriarcado” no pudieran convivir en un mismo enunciado. En la voz de Lucy Riba, sin embargo, el discurso religioso y el discurso feminista discurren con naturalidad. Pasa de Lucas 8.1.3 y María Magdalena a Marcela Lagarde y Rita Segato, sin escalas.

Lucy avisa que es “larguera”, antes de presentarse como “Teóloga Feminista de la Liberación”. La profecía autocumplida dará cuenta de que, además, es licenciada en Filosofía y doctora en Género en la primera cohorte del doctorado del Centro de Estudios Avanzados (CEA) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Cada título ha sido obtenido como resultado de una carrera académica de obstáculos. De arranque: cuando salió del secundario debió pedirle permiso al mismísimo ex cardenal Raúl Francisco Primatesta para estudiar Teología, una disciplina de la cual las mujeres laicas estaban excluidas.

Melina Sánchez, junto a sus hijas, en la marcha del 8M 2020: «Como mujer musulmana, en Córdoba, en la región latinoamericana, tengo luchas muy diferentes a las de las mujeres musulmanas en Irán o en Pakistán, o Indonesia».

Luego de sortear ese primer obstáculo, algunas yardas más adelante, debió alternar su vocación por el estudio con la maternidad, resignando especializaciones en otras provincias, pero en un camino de crecimiento incesante y admirable.

Quizás por esa solidez académica se le haya permitido tempranamente cuestionar el machismo religioso, y adquirir autoridad suficiente y respetada para instalar la perspectiva de género en ámbitos como la Universidad Católica de Córdoba, donde es docente e investigadora.

El acceso al conocimiento resulta clave también para Melina Sánchez Blanco, feminista islámica cordobesa. Integra un Equipo de Investigación de la UNC en el Programa de Estudio sobre Medio Oriente y comparte con su pareja el emprendimiento textil “Neşeli”, línea exclusiva de indumentaria musulmana urbana.

Melina pertenece a la comunidad islámica y concurre a la mezquita de barrio Cofico. Cursó la diplomatura Universitaria de Acompañantes Comunitarios/as contra las Violencias de Género de la Universidad Provincial de Córdoba y en cada ámbito en el que se desenvuelve promueve la igualdad de derechos de las mujeres y la erradicación de la islamofobia y los mitos y estereotipos sobre las mujeres musulmanas. El tono de su voz es sereno, pausado, buscando la precisión en cada palabra. Por momentos, su propia risa parece tomarla por sorpresa.

Según ella, simplemente, no hay contradicciones entre los objetivos del feminismo y el Islam. “Para muchos puede ser una contradicción ser musulmana y feminista. Para mí no. No puedo concebir una vida bajo los valores de mi religión sin una perspectiva de género, como tampoco el ser una activista o militante en el feminismo islámico sin los valores de mi religión. Una cosa va a de la mano de la otra”.

La formación universitaria y la construcción de redes es una coincidencia con otra feligresa disidente cristiana: Luciana Sánchez, licenciada en Artes Visuales en la UNC y docente de Educación Artística. Ella integra el Colectivo Artístico Cultural ALGO (movimiento colectivo itinerante de espiritualidad irreverente), con quienes genera insumos gráficos, editoriales, encuentros e intervenciones sociales para repensar la fe cristiana desde una mirada crítica, cultural y política. También es miembro de “Fronteras”, una red de cristianos y cristianas con la inquietud de revisar trayectorias y conformar nuevos espacios para repensar la fe cristiana. De ese espacio nace “Sororidad y fe”, que diera lugar a la pancarta mencionada en el inicio de la nota. Se trata de un colectivo de mujeres autoconvocadas que comparten teologías feministas.

Luchi (Luciana) se define como “cuarta generación de familia evangélica, con diferentes matices y vertientes”. Relata que desde niña asistió a una iglesia en Córdoba capital, pero a los 16 años buscó espacios alternativos, “donde nos acompañamos en las búsquedas y recorridos”. A veces, compartiendo “aquellos símbolos y gestos que hacen a la memoria cristiana, como compartir el pan y el vino (¡la comensalidad siempre está presente!), pero principalmente para hacer lectura comunitaria de textos bíblicos, o de algún libro que nos acompañe a pensar nuestros contextos”.

Luciana Sánchez: «Siempre hubo un movimiento de cristianas y cristianos que han construido otros modos de ser iglesia, que han tenido iniciativa en favor de los derechos humanos, organizaciones para el cuidado del bien común, agrupaciones que denuncian los abusos de poder».

Ninna, también universitaria, destaca la influencia del ámbito familiar como clave para una vivencia heterodoxa de la espiritualidad. Su nombre es Adriana Maria Estevãos dos Santos, aunque la conocen con el apodo que en nuestra lengua se traduciría como “niña”. Nació hace 32 años en Bahía, estudió Pedagogía en São Paulo, donde también realizó un posgrado en Educación Ambiental. Es docente de nivel inicial y primario y actualmente cursa el profesorado de Portugués en la Facultad de Lenguas de la UNC. Está casada “con un amigo” (sic) y tiene un hijo pequeño.

“Mi fe se remonta a mi familia de origen. Somos pluralistas con relación a confesiones religiosas. Hay católicos, cristianos, agnósticos, espiritistas, candomblés, umbanda y a veces más de una a la vez. Aprendimos que coexistir respetando los preceptos de los demás sin herir los propios es posible y necesario para el mantenimiento de la unión y la promoción del amor. Al haber pluralidad religiosa y conocer un poco de cada confesión se da la posibilidad de entender que cada creencia es la visión que cada uno tiene desde su lugar en el mundo. Convivir con las diferencias puede alimentar lo que crees o hacer que se caiga por completo”.

Fe, foi, faith, vertrauen

La palabra “fe” puede traducirse a diferentes idiomas, y a diferentes credos. Pero no hay Word Reference que aguante para traducir universalmente la combinación “fe y feminismo”. Cada experiencia es particular.

Lucía Riba entiende los feminismos “como un concepto amplio y un movimiento multifacético en el que participamos quienes afirmamos a los sujetos como sexualizados y generizados, y que luchamos contra todo tipo de opresión, sujeción y exclusión de las mujeres y las minorías sexo-genéricas, impulsando resistencias y demandas por instituciones más inclusivas e igualitarias”. Y afirma: “Mientras sigan existiendo sociedades donde las mujeres y las minorías no sean reconocidas, seguiré siendo feminista”.

Su pertenencia a la iglesia Católica no le evitó observar la estructura androcéntrica según la cual sólo los varones tienen voz y autoridad. Desde su experiencia, en las principales religiones occidentales, las mujeres se posicionan de tres maneras respecto del patriarcado eclesiástico: “O ni se lo cuestionan porque no les molesta, y me pregunto si lo han naturalizado y en algún momento les molestará; o consideran a esa iglesia como una institución patriarcal y misógina que no les permite crecer, y se alejan; o vivimos nuestra fe con tensiones, contradicciones y luchas internas, buscando que nos reconozcan un lugar, que nos permitan tener nuestra propia voz. No para callar las voces de otras, sino para tener una voz propia”.

Adriana Estevao: «Soy extranjera, negra, cristiana y curiosa. Casi siempre la única que reúne dos de esas características a donde voy. La gente cuestiona, incomoda y no siempre comprende”

Esta búsqueda se alimenta de las tradiciones judeocristianas, en la que emergen numerosas figuras de mujeres fuertes y protagonistas de la historia. “Me incorporo a esa tradición de mujeres silenciadas. Las mujeres creyentes tenemos una historia en Latinoamérica que debemos visibilizar y me encanta reconocerme en esa larga tradición”.

Desde la experiencia evangélica, Luchi vive como un diálogo constante la fe cristiana y la perspectiva de género. “Vivo la fe con la libertad de cuestionar lo recibido, pero con el deseo de reinventarlo. Un camino que comencé abriendo los ojos ante los modos en que se ejerce el poder en las iglesias, la mirada conservadora, y el modo de accionar frente a las injusticias. Y luego, en el marco del surgimiento de NiUnaMenos y de la mano de mujeres que sufren violencia de género, fui comprendiendo lo estructural y cultural de las desigualdades. Desde entonces me comencé a preocupar por la alienación que producen las teologías conservadoras”.

Para ella, la fe y el feminismo coinciden en el deseo y la lucha por la dignidad y la vida plena de cada ser humano, en autonomía y comunidad. “Difícilmente se pueda dar si la religión se asume desde un lugar de supremacía, que niega la otredad, que impone sus preceptos. Pero siempre hubo un movimiento de cristianas y cristianos que han construido otros modos de ser iglesia, que han tenido iniciativa en favor de los derechos humanos, organizaciones para el cuidado del bien común, agrupaciones que denuncian los abusos de poder. Entrar en diálogo desde la fe cristiana con las luchas sociales requiere habilitar el cuestionamiento de la sacralidad del texto bíblico. Pero, por sobre todo, sensibilidad y amorosidad antes que moral y adoctrinamiento”.

Ninna, en cambio, tiene reparos para considerarse feminista, pero más por respeto y prudencia que por diferencias. “Entiendo el feminismo no como una moda o una palabra de efecto, sino como un movimiento con raíces históricas y logros importantísimos para la sociedad. Por eso me parece inmaduro e irresponsable autonombrarse feminista sin conocer a las pensadoras, las principales activistas, las marchas y logros”. Al respecto, hace una analogía con la forma en que vive su fe: “No basta con decirme cristiana o asistir a reuniones. (Del mismo modo) para ser feminista no basta con leer un libro, ir a una marcha o decir palabras como sororidad en las redes sociales. Hay que serlo, hay que estar una al lado de la otra a diario, haciendo la red, educando, reconstruyendo conceptos”.

A su vez, como afrodescendiente, advierte las interseccionalidades que atraviesan a los feminismos: “Hay una diferencia en ser mujer blanca, mujer negra o mujer indígena. Hay una gran lucha que nos une a todas, pero a la vez están las diferencias rotundas que necesitan ser remarcadas una y otra vez”.

También Melina acentúa la necesidad de hablar de feminismos en plural. “No podemos hablar de un feminismo, sino de feminismos, que surgen acorde a cada contexto. Yo como mujer musulmana, en Córdoba, en la región latinoamericana, tengo luchas muy diferentes a las de las mujeres musulmanas en Irán o en Pakistán, o a las mujeres musulmanas en Indonesia. Seguir hablando de feminismo en singular no sirve. No tiene sentido más que para el feminismo hegemónico que deja a muchas luchas de lado y las hace un sinsentido con presunciones que no abarcan a todas las mujeres y todas las luchas”.

En su particular traducción, la acepción de obediencia se aplica tanto a la fe como al feminismo. “Veo ideología de liberación y de acceso a derechos de las mujeres en un montón de cosas con el advenimiento del Islam. Ambos mensajes, ambas ideologías son de liberación. Cuando alguien cree en una ideología y la lleva adelante en su vida, se ata a ciertas cosas, a ciertos preceptos. Siempre tenemos obediencia a algo”.

Las “otras”

Lucía Riba: «Soy teóloga de la liberación feminista. Mientras sigan existiendo sociedades donde las mujeres y las minorías no sean reconocidas, seguiré siendo feminista”.

Cada una en su rebaño, han debido asumirse como “ovejas negras”. Adriana, la que más: “Cuestionada siempre, incómoda algunas veces. Soy extranjera, negra, cristiana y curiosa. Casi siempre la única que reúne dos de esas características a donde voy. La gente cuestiona, incomoda y no siempre comprende”.

Ninguna dócil, ni sumisa. Todas devotas pero inquietas. Así, Ninna participa, por ejemplo, en redes de ayudantía materna y promoción de la belleza de la mujer negra. “Nos apoyamos mutuamente para encontrar esa belleza que los patrones anglosajones nos robaron. Busco ir a charlas, exposiciones y todo lo que sea en donde pueda seguir aprendiendo”.

En esa vocación de aprender fue donde la conocimos, cuando en un taller sobre prevención de violencias de género en el ámbito de la educación se habló de las iglesias evangélicas que promovieron la Campaña “Con mis hijos no te metas”. Ninna levantó la mano para explicar que no todas las personas que pertenecían a la comunidad evangélica pensaban de la misma manera, y reclamó que no se estereotiparan las vivencias religiosas.

Lamentablemente, existen iglesias evangélicas hegemónicas que manejan mucho dinero y lo invierten en incidencia en la opinión pública. Luchi, como disidente, padece ese dogmatismo interno que incide en los medios de comunicación: “Todo lo que no se circunscribe a sus doctrinas son herejías, y se desalienta la participación en nuestras actividades. Se nos señala y desprestigia. Para los fundamentalistas, nuestros espacios y actividades son claras amenazas, porque entre sus ‘feligreses’ hay quienes buscan otras interpretaciones de la fe cristiana. El miedo está en que se les vayan”.

A su vez, también siente cuestionamientos por ser creyente entre feministas. “Hay poco conocimiento de los movimientos evangélicos y hoy frente a su relevancia en el espacio público se alimentan más los prejuicios y estigmas, en vez de acompañar en la visibilidad de la diversidad que tiene la comunidad evangélica. Como también reconocer el valor ineludible que tienen los espacios donde comulgar comunitariamente y la contención que significan los grupos eclesiales en la vida social de las personas”.

Para Lucía, las desconfianzas mutuas (entre creyentes y feministas) impiden diálogos y construcciones más amplias. “Nos desacreditamos unas a otras. En lugar de sumarnos en lo que nos une, acentuamos lo que nos divide. Las creyentes ven los movimientos militantes seculares como simplemente centrados en el aborto. Y las militantes feministas ven a las creyentes cristianas como sumisas, esclavas en instituciones patriarcales. No valoran todo lo que hacemos en estas instituciones, ni se nos reconoce como espacios”.

Todos estos prejuicios y algunos más deben sortear las mujeres musulmanas, dentro y fuera de su comunidad religiosa. Melina explica que existen instituciones al interior de su religión que se han apropiado del mensaje del Islam, tergiversando el mensaje original e instalando una interpretación profundamente patriarcal y misógina por hombres y para hombres. Sin embargo, “el Corán es un texto redactado de manera inclusiva. Explícitamente se refiere a todos los humanos, a los musulmanes y las musulmanas y establece la igualdad de derechos y deberes tanto para hombres como para mujeres”.

Por ello, promueve un feminismo islámico que se inscribe en una línea reformista surgida en el siglo XIX. “Las feministas musulmanas tenemos como objetivo retornar a las fuentes del Islam, para dar relecturas y reinterpretaciones por fuera del sexismo que domina hoy el discurso. Proponemos una reapropiación del saber y de la autoridad religiosa por y para las mujeres de la comunidad con perspectiva de género. La igualdad es un valor fundante del Islam y el Corán es el garante”.

En tanto, para el feminismo las mujeres musulmanas siempre han sido un objeto de estudio, la “otredad” a la que estudiar, comparar e interpretar. “A nivel académico abogo por una apertura al feminismo islámico. Las mujeres musulmanas tenemos herramientas propias para ser ‘sujeto’, con discurso propio de acuerdo a las propias problemáticas que nos acontecen”.

Sororidad como antídoto contra la discriminación

Si usted llegó hasta aquí, se merece confirmar que los gestos discriminatorios habitualmente atribuidos a sectores “tradicionalistas”, transversalizan los más diversos espacios. Así lo confirman las entrevistadas, cuando se las consulta sobre momentos en que hayan sido interpeladas por su convivencia adúltera entre religiosidad y feminismo.

Lucía, por ejemplo, relata cómo fue increpada en un encuentro organizado nada más ni nada menos que por el Instituto Nacional contra la Discriminación, el Racismo y la Xenofobia (INADI). “En el 2008, participando de un congreso del INADI, me sumé a una comisión sobre discriminación religiosa. Cuando me presenté y dije que era teóloga y feminista, una mujer se levantó y me señaló: ‘¿Cómo podés ser teóloga en una institución como la iglesia católica, que discrimina, que excluye?’. Traté de explicar que no se podía meter a todas en la misma bolsa, que hay personas y personas, instituciones e instituciones. La cerrazón y los fanatismos están en todos lados y tenemos que intentar hacer autocrítica permanente”.

Incluso Meli debió abstenerse de seguir concurriendo a las marchas de NiUnaMenos tras pasar un momento desagradable en alguna de las primeras movilizaciones. Me dijeron que no podía ser parte de una marcha vistiendo un velo. Fue bastante incómodo. Nunca me esperé una reacción así en Córdoba. Según ellas, con ese velo, yo representaba indignidad, y una serie de cosas que son un discurso ya conocido. Yo iba sola, porque no tengo una militancia territorial, sino más bien académica. Desde ese momento no fui más”.

Frente al fuego amigo y al enemigo, las mejores trincheras resultan ser (una vez más, y van…) las redes, y la sororidad. Cada una de las consultadas se emociona al recordar esa telaraña que se esparce desde el espacio comunitario, al infinito y más allá.

Así es como Luchi menciona la Casa Angelelli (en donde las celebraciones se tiñen de lo sensible, lo festivo, lo afectivo); la TEPALI (red de teólogas, pastoras, activistas y liderezas, que realizan liturgias ecuménicas feministas), las redes “Fronteras” y “Sororidad y Fe” y la Red de Sostenes (intercuidados comunitarios para mujeres en situación de violencia).

A su turno, Meli refiere una red internacional de mujeres académicas con las que investigan la cuestión del velo de la mujer musulmana y las interpretaciones del Corán en las que se amparan ciertos sectores para justificar violencias de género en el seno familiar. Y también valora su participación en la diplomatura del Polo de la Mujer, y su inserción en la Escuela de Verano, organizada por el mismo equipo. “Fue otra forma de participar en espacios de promoción de igualdad, de derechos de las mujeres contra la violencia. Y mantengo un cierto lazo con las chicas de ahí, un acompañamiento mutuo y gratificante siempre”.

Mientras, en los 63 años de Lucía cabe una lista de nombres y organizaciones que parecen infinitos. Ese “rosario” (nunca más gráfica la expresión) que repasa mentalmente, va desde el Concilio Vaticano II, Medellín y Puebla, hasta el CEFIT, y el Seminario Interdisciplinario de Estudios de Género en la Universidad Católica en el que participa desde el 2003. Pero se detiene especialmente en algunas «cuentas»: algunas compañeras de investigaciones y reflexiones, como Nancy Bedford (teóloga menonita bautista argentina residente en Chicago), o Mercedes García Bachmann (presbítera de la Iglesia Luterana Evangélica); o espacios pasados y presentes en donde renueva abrazos sororos, como el taller Leyendo la Biblia en clave de mujeres, Teologanda (colectivo de teólogas argentinas); Arraigos para la vida (grupo de espiritualidad holística que reúne a mujeres de distintas provincias),Mujeres e Iglesias (colectivo de mujeres católicas chilenas) y los encuentros con Católicas por el Derecho a Decidir.

Distintos credos; un mismo deseo

Desde el templo, la mezquita o la parroquia, Lucía, Ninna, Luciana y Meli se reúnen en un mismo deseo: la igualdad de derechos y la erradicación de las violencias contra las mujeres y otras identidades sexogenéricas.

Para Melina, la mera expresión de ese deseo puede implicar costos personales. “Decir que soy feminista, que busco esta reinterpretación de la fuente del Corán, o que soy partidaria del derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo (incluso amparándome en el Islam mismo), me ha valido varias discusiones dentro de la comunidad. Sus consecuencias no me afectan. Mi obediencia es sólo a Dios. Mi sometimiento sólo a Dios. Daré mis explicaciones ante Él. Mis intenciones siempre son que una mujer sea libre, musulmana o no, que no tenga que pasar por situaciones de violencia, que seamos libres e iguales en una sociedad más justa, más equitativa”.

Ninna incorpora ese deseo en sus oraciones: “Para que en la historia de la humanidad lleguemos a la comprensión de que somos personas de derechos y deberes. Que lado a lado podamos volver a escribir cuáles son esos derechos y deberes, pensando no en el beneficio de algunos sino en el bienestar de cada persona”.

En tanto, Lucía, recupera a Gadamer. “Muchas veces negamos al otro la posibilidad de ser, pensar y actuar de manera distinta. Aprender a decir: ‘el otro puede tener razón’, no es ceder la posición, ni no tener posiciones firmes. Es escuchar por qué la/el otro/a me dice lo que me dice. Es un desafío permanente para mí, como mujer, como teóloga y como feminista”.

Estos cuatro testimonios poco ortodoxos, dejan fuera -entre otros- relatos como los de la serie de referencia que fuera éxito de Netflix en los primeros meses del año. La omisión -obviamente no premeditada- de una religión tan extendida y antigua como la judía podría ameritar futuros abordajes. Pero fundamentalmente nos alerta sobre lo acotado de la muestra. Las múltiples expresiones religiosas existentes, y sus innumerables formas de vivirlas, no cabrían en una sola nota. Pero sí deberían tener cobijo en un feminismo multicolor, diverso y transformador.