Basta

Basta

Por Daniela Spósito*

Me piden un texto para el primer número de “El Tajo”. Aparece ante mí una imagen de otros tiempos. Como en una epifanía, mi otra vida toma forma en el recuerdo. Alguna vez fui periodista. Para eso me formé, fue mi profesión, mi modo de habitar el mundo. Entre otras cosas, atravesé el oficio escribiendo reseñas y entrevistas culturales para el principal periódico cordobés. En ese entonces, estudiaba también Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba. Me apasionaban los cruces entre el mundo de la academia y la prensa gráfica. 

Fue en los pasillos de dicha Facultad, que una tarde vi un aviso pegado en la pared pidiendo un pasante para la sección cultural de dicho medio gráfico. Ser pasante, era entonces el único e inestable camino para llegar algún día, quizás, a estar en blanco, a gozar del derecho al trabajo garantizado por la Constitución Nacional para todos los habitantes del suelo argentino. Se trataba del diario en el que venía escribiendo artículos desde hacía varios años en calidad de monotributista, neologismo con que fue revestida la posición del trabajador en negro y sobreexplotado en los noventas neoliberales y que los medios hegemónicos supieron usufructuar. 

Me entusiasmé con postularme. Leí el aviso. Pedían como requisitos: “Ser estudiante de filosofía, tener buen promedio, ser varón”.

Esto que relato, sepan disculpar la autoreferencia, sucedió en otro siglo. No obstante, han pasado solo poco más de dos décadas desde aquel entonces. 

¿Qué pasó entremedio para que, en esta actualidad, resulte tan difícil imaginar que un cartel de ese tipo pueda colgar de la pared de nuestras facultades? Pasó la revolución de las pibas. 

Me siento deudora de ese acontecimiento histórico que, entre otras cuestiones, comenzó a desnaturalizar ciertas posiciones que nos sujetaron (nos siguen sujetando aun, muchas veces, estamos en proceso ¿todas?) hasta no hace tanto tiempo y que, entre otras, sobre todo en provincias, nos relegaron a posiciones poco protagónicas en ciertas profesiones (sobre todo si, además de mujeres, éramos madres de hijos pequeños. Otro gran capítulo de esta misma historia). 

Nuestras subjetividades han sufrido transformaciones irreversibles en el poco tiempo que ha pasado desde aquella revuelta que nos animó a decir “Basta”, como se titula el primer capítulo de Apuntes para las militancias, feminismos, promesas y combates, de María Pia López. La revolución de las pibas resignificó aquel Basta con el que Idea Vilariño1 titulaba pocos años antes uno de sus poemas. En él desesperaba hasta la náusea en un basta que, aunque quería sostener su posición, no podía devenir sino en resignación y muerte.  El Basta de las pibas, el que asumimos, es un nunca más vital y no victimizado. Tan poderoso que invita a “aliar las explotaciones” (López) para que la escritura se encienda e intervenga inventando lo no hegemónico y no imaginado aún. Se trata de un Basta deudor de tramas milenarias, en las que la revolución de las pibas constituye un hito que recoge genealogías ancestrales.

La salida de la servidumbre voluntaria nunca es hazaña de la decisión ni del mérito propio de una heroína individual. Se trata, más bien, de un movimiento colectivo en el que la fuerza aparece “de la rememoración de las capas de violencia atravesadas, las humillaciones y los deseos” de una trama de mujeres; esa fuerza “nos aterra y, convoca, nos reúne en un grito común”, como escribe López. Movimiento siempre en el riesgo de ser reabsorbido en mera diferencia, de ser fagocitado por la voraz máquina patriarcal si no es acogido y acompañado en su (auto)legitimación de grito por políticas de Estado que cuestionen el problema de la desigualdad estructural. Como sostiene Frederic Jameson, la efectividad de cualquier frente que se embandere en la defensa de la reivindicación de las diferencias, debe ser cruzado inexorablemente por una agenda impostergable que cuestione privilegios de clase, desde un espíritu crítico y político. Esto es, desde una interpelación a los discursos circulantes en el sentido común, que funcione como una vigilancia permanente de las propias prácticas, de la tentación de la fetichización de los particularismos. 

Se trata de restituir la pregunta por la articulación entre las luchas feministas y los modos de producción que constituyen nuestras subjetividades en el actual contexto de acumulación por desposesión. 

Modos de producción neoliberales y patriarcales entendidos como base económica, en el sentido de las relaciones de producción y, por lo tanto, de la lucha de clases, atravesadas por las relativamente autónomas instancias jurídico-políticas, ideológicas y culturales. 

Para finalizar, agradezco la hospitalidad fraterna de invitarme a intervenir en el primer número de “El Tajo”, un medio feminista para poner en agenda nuestras urgencias y continuar organizándonos e imaginando otras formas de encuentro y lucha: son nuestras subjetividades, nuestros cuerpos, deseos y afectos, es nuestra vida la que está en juego. 

Recuerdo que, para la misma época de aquel cartel pegado en la facultad de Filosofía, urdíamos un programa radial con dos de las mentoras de “El Tajo”. El programa nunca salió. Se iba a llamar “Se dice de mí”. No queremos más ser dichas, ni malditas ni benditas. Paren de hablar por nosotras. Paren de acumular a través de desposeernos. Paren de matarnos.

1 Basta

No más
No más castigo
No más la costra de odio
Golpeándonos la cara
No más chorros de espanto
De basura
Cada suave mañana
Cuando abrimos al mundo
Apagados oídos ojos limpios
Diciéndonos que no
Que nunca a nadie más
Que nunca a nadie
Nos tocará les tocará
Nos volverá a golpear la boca.
Pero ahí está esa voz.
Pero ahí está la náusea.
No despertarse más
Volverse a la pared
Basta
Basta
Morirse. 

Idea Vilariño
(2001)

(*) Daniela Spósito ejerció el periodismo en medios gráficos locales (Revista La Maga, Revista Fin de Siglo, Diario Sur, Página 12, La Voz del interior, La Mañana de Córdoba, Perfil) y del exterior (El País de Montevideo). Formó parte de la dirección de la revista “Tramas, para leer la literatura argentina” y del Comité Editorial de la revista Interferencia, derechos y seguridad humana, de la Secretaría de Extensión (UNC). Escribió el libro Prensa gráfica oligopólica, (in)seguridad y Estado. Eduvim, Córdoba. 2015. 

Es Licenciada en Filosofía, Magister en Comunicación y Cultura Contemporánea y Doctora en Semiótica (UNC). Actualmente se desempeña como Regente de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano de la UNC y como docente de nivel Terciario de la UNC.