Artemia Barrionuevo: cazadora de utopías

Artemia Barrionuevo: cazadora de utopías

Actriz, titiritera, productora teatral y militante feminista. De la infancia en la Unidad Básica de Salsacate al activismo creativo en el espacio cultural Almazenna, transitó por sindicatos, encuentros, marchas y exilios, donde abrazó las causas latinoamericanas. Aquí cuenta su historia hecha de compromisos y de resistencias, de arte y marea verde.

Por Artemia Barrionuevo

Heredé el nombre de mi abuela paterna. En el ‘55 mi familia se había ido a vivir a Salsacate, donde era responsable de la Unidad Básica Peronista. El 16 de setiembre, dos días antes de mi segundo cumpleaños, un grupo del Ejército entró a nuestra casa y ametralló las fotos de Eva y de Perón colgadas en el zaguán. Tengo un recuerdo vago por un golpe en la cabeza: asustada por los disparos pisé una azada durante el allanamiento.

Volvimos a Córdoba. Nos instalamos en una casa frente a la CGT (hoy Museo de los Trabajadores) y fui al jardín de infantes de la Escuela Olmos (hoy shopping). Luego seguimos deambulando por diferentes lugares: Güemes, el Pasaje Domingo Funes, la calle Bolívar y la Avenida Pueyrredón fueron los escenarios cotidianos de mi niñez. El barrio se iba asfaltando mientras nosotros nos mudábamos de casa en casa. Criada junto a una pandilla con la que cazábamos mariposas, le pagábamos a la mamá de una amiga para ver la tele en blanco y negro como si fuera cine. Formábamos tres o cuatro filas de vecinitos y vecinitas que disfrutábamos de Telecataplún, Los Picapiedras y otros programas de humor y de aventuras.

Comencé la primaria en la escuela Roque Sáenz Peña. Bajábamos caminando y cruzábamos la Cañada hasta llegar a la Avenida Vélez Sarsfield. Con la separación de mis padres, mi mamá quedó sola a cargo de cuatro hijos y comenzó a trabajar como mucama en horario nocturno en la Maternidad Provincial. Fuimos a vivir a la casa de una tía en barrio Talleres Oeste. Desde allá viajábamos con mi hermana menor en colectivo hasta  la escuela. Para nosotras era una aventura diaria, como la de ayudar en la casa haciendo de comer, lavando, limpiando.

Cuando estaba por finalizar la  primaria, me propuse ingresar a la Escuela Alejandro Carbó, donde se requería aprobar un examen de ingreso. Mis tías no creían que pudiera entrar y le insistían a mi mamá para que me hiciera preparar. Saqué un ocho, lo justo para ingresar, pese a haber estudiado sola. La adolescencia fue la puerta de entrada al mundo del conocimiento, pero también de las rebeldías, del “yo puedo”, el “hago lo que quiero y nada me detiene”. Coincidió con un momento histórico de afirmación de luchas por libertades y utopías… corrían los 60 y el mundo venía con aires de juventudes libertarias. Sorteando golpes de estado en Argentina -y en Córdoba especialmente- la lucha obrero estudiantil cobraba fuerza, con adolescentes que peleábamos por mejores condiciones de estudio.

En esos claroscuros, amplios grupos de la sociedad se apropiaron de la consigna de mejorar sus condiciones de vida. Así ocurrió también en mi familia, en la que fue echando raíz la idea de acceder a la universidad. Los estudios de grado no se concebían por fuera de la militancia, y allí la brasa de lo creativo y del arte prendieron mi fuego para arder en lo colectivo del teatro popular.

Utopías y exilio

Desde sus inicios, mi trabajo artístico estuvo ligado a la militancia. Organizamos el primer sindicato de Actores: SI.TRA.TEA, con el que convocamos a festivales por la liberación de Chile, en contra del golpe militar de Pinochet. Mi primer núcleo creativo fue “La chispa”, uno de los grupos que marcó el quehacer del teatro popular cordobés. Obras como “La huelga en las salinas” o “Feliz Brasil para todos”, fueron experiencias de creación colectiva que mostraban la mirada y los intereses populares, la preocupación por las condiciones de trabajadores y trabajadoras, las injusticias y la lucha por un mundo mejor.

Cuando el terrorismo de Estado se impuso en nuestro país, llegó el exilio para desahogar las pérdidas y las frustraciones de una utopía imposible. Partimos sin saber cómo ni cuándo podríamos volver. Entre el asombro del viaje a un país desconocido, la premura y la ignorancia de la magnitud del hecho en la conciencia, llegamos a México. Ese pueblo nos contuvo, nos cobijó como hijos pródigos, nos incluyó, nos maternó cuando nuestro país no podía hacerlo, cuando las violencias habían encarcelado a la democracia.

El exilio nos permitió crecer como artistas: investigar, formarnos y ser mejores en la comunicación del arte popular. Hicimos cursos, talleres, participamos de festivales y encuentros. Empezamos a vivir del teatro, con giras y funciones en escuelas y municipios. Compartimos nuestra profesión e intercambiamos con compañeros de México, Chile, Uruguay. Armamos “Otrarte Latinoamericano” denunciando los golpes militares en el Cono Sur. Allí nació “Banda Caminantes. Compañía de teatro y títeres” que sigue siendo hoy mi espacio creativo.

Eso que llaman feminismo

En aquel nuevo universo, las mujeres venían creciendo y luchando, se organizaban para combatir la violencia y el machismo y ¡para acompañar a otras a abortar! Allí pude ponerle nombre a la incomodidad. Esa que sentía al ver el esfuerzo de mi madre sola por darnos a cada quien lo que necesitaba; esa que me embargaba cuando tenía que hacer alguna tarea doméstica “por ser la mujer en la casa”; o la que vivía al tener que representar personajes de mujeres degradadas, sometidas, normalizadas en la sumisión. Cuando pude nombrar la incomodidad, supe qué era el feminismo.

De regreso en Córdoba trabajé como docente de teatro y titiritera en la gestión cultural pública y privada.  En el ‘91, durante el viaje al Encuentro Nacional de Mujeres en Mar del Plata, conocí a Susana Gómez Melchionna, quien es hasta hoy mi compañera. Juntas decidimos crear un espacio donde ofrecer un servicio cultural. Nos instalamos en un galpón que luego se transformó en sala de teatro independiente. Así, en calle 9 de julio al 4300 de barrio Las Palmas, nació Almazenna con el objetivo de descentralizar el arte y sus expresiones para enriquecer e incluir nuevas miradas en una cultura para todos y todas.

Desde 1994 (hace ya 27 años), Almazenna sostiene su trabajo incentivando la creación artística, la inclusión y la diversidad en todas sus expresiones y posibilidades. Nos propusimos la reflexión permanente y el fortalecimiento de las identidades, ofreciendo un espacio para la creación, la formación y la exposición artística y cultural como derechos sociales.

Propusimos talleres y producciones con temáticas netamente feministas, como las obras para público adulto “Faena” y “Brechtianas”. Pero también le hablamos a la niñez con “Cuentos Chinos” y “Zampoña perdió su hechizo”, por “Banda Caminantes” y Laboratorio Teatral “Shuto”. Además, con el colectivo de “Artivistas Resistentes”, organizamos intervenciones junto a la Campaña por el Aborto Legal, durante manifestaciones y en fechas claves, y dispusimos un museo a cielo abierto pintando los muros del barrio con nuestras imágenes y colores.

Formamos parte de las organizaciones que articulamos con el Centro de Acción de las Mujeres (CAM), coordinado por Adriana Spila, participando en las comisiones de los Encuentros Nacionales de Mujeres, elaborando textos de reflexión teórica, marchando y promoviendo pañuelazos. En fin, la lucha se volvió cotidiana.

Parte del mar

Asistimos hoy a la expansión de la “marea verde”. El/los feminismos proponen la mayor revolución pacífica del siglo XXI, atravesando todos los órdenes de nuestras vidas. Podemos mirarnos en otra realidad, ser más libres como mujeres. Antes era impensable hablar no sólo de nuestros derechos, sino también de nuestras sexualidades, del derecho al placer, al goce sexual y estético, de la liberación de tabúes y modelos parentales patriarcales de convivencia y de constitución familiar. Imposible pensar en relaciones afectivas que no fueran las monogámicas, heteronormadas por la asimetría del poder inclinado hacia los varones.

Poder reflexionar y repensar nuestro deseo nos hace un poco más libres para disfrutar/nos en nuestro goce. La lucha sigue para que el Estado continúe presente en la legitimación de nuestros derechos. Las leyes de Identidad de Género, la de Interrupción Legal del Embarazo y las que vendrán, nos permiten transformar la cultura y la sociedad para que las discriminaciones, los tabúes y los “deber ser” se caigan a pedazos, como los muros de la inconciencia colectiva. El arte y su capacidad de sublimación y representación es un arma incondicional. Los y las artistas tenemos el compromiso de mostrar, de vivenciar y posibilitar las experiencias sensibles para trasmitir herramientas de transformación colectiva y social. Para el buen vivir de todas, todos y todes.